La insolidaridad convierte la tierra en un glaciar inhabitable

por | Abr 26, 2019 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

La sociedad dual de ricos y pobres ha existido siempre. También en tiempos de san Vicente de Paúl y con más amplitud que hoy día, pues la parte marginada abarcaba dos categorías de personas por el mero hecho de existir: los pobres y las mujeres. En el siglo XVII la sociedad comprendía, por un lado, a los nobles y burgueses, y por otro lado a todos los demás. También hoy la sociedad es dual, pero de otra forma: por un lado, los marginados y excluidos y por el otro, todos los demás.

En teoría los pobres no estaban excluidos de la sociedad. Los únicos que quedaban marginados eran los vagabundos sin clase (“les sans-aveu”) o insociables peligrosos. Pero en la práctica todos los pobres estaban en peligro de convertirse en mendigos, en vagabundos con un pie dentro de los llamados grupos peligrosos para la salud por extender las enfermedades contagiosas o por ser alborotadores del orden público, que se marginaban ellos o eran marginados por la sociedad.

Ese pueblo bajo, el más numeroso, formado por artesanos, jornaleros, sirvientes, campesinos con propiedades o sin ellas y por mendigos, comprendían las tres cuartas partes de los franceses y constituían el “Cuarto Estado” sin representación real en los Estados Generales de la Nación. Y al estar excluidos de los organismos de decisión, lo estaban de las normas que regulan la riqueza. Pues si eran los ricos y nobles los que organizaban los impuestos, los pobres quedaban marginados de la vida social, pasando a ser explotados y excluidos. Sobran y no se cuenta con ellos, se los considera parásitos que ni producen ni apenas consumen ni pagan impuestos. Suelen vivir segregados en viviendas y lugares concretos. Son las “viles criaturas” que desempeñan las “viles tareas”, la “hez del pueblo”, como no dejan de decir los que tienen títulos, dinero y poder”[1]. En algunos lugares se les prohíbe casarse antes de cierta edad para no engendrar nuevos pobres que serían gravosos para los municipios[2]. Esos pobres “que no tiene más medios para vivir que su trabajo o su habilidad espiritual o corporal”[3] cobraban por día trabajado, que, descontado el gran número de fiestas, sólo eran unos 280 días laborables al año, que el mal tiempo solía reducir a 180, suponiendo que se les contratara.

San Vicente se entrega a salvar a los pobres

San Vicente de Paúl se hizo sacerdote para ganar dinero y ayudar a su familia a subir de categoría. Es la parte social, pero legítima de la vocación, ya que Dios llama a través de las mediaciones sociales y familiares de cada tiempo. Por la urgencia de ganar dinero y falsificando la fecha de nacimiento, llegó a ser ordenado sacerdote a los veinte años. Por el afán de adquirir dinero le apresaron unos piratas musulmanes y lo vendieron como esclavo en Túnez. Junto con un renegado francés, se escapó y aparece en París, de nuevo afanado en buscar la fortuna. Acusado de robo, es condenado a difamación pública. Es inocente y no encuentra más apoyo que en otro sacerdote, Bérulle, que le aconseja la oración y la confianza en Dios. Y ahora, cuando se entrega a Dios, encuentra la fortuna: es nombrado capellán de la reina Margot, preceptor en casa de los Gondi, párroco de Clichy y de Châtillon, abad de varias abadías, y por sus manos hasta que muera van a pasar miles de millones de la moneda de entonces. Pero nada irá a su familia, a no ser la renuncia a su herencia, y las 1000 libras que le dará el señor De Fresne para que los socorriese en su desgracia. Mientras buscaba su bienestar y el de su familia, no veía como primer objetivo a los pobres que andaban por la calle, pero cuando descubrió a Dios en los pobres campesinos de los señores Gondi, y en Paris, fue a buscarle en los enfermos, visitándolos en el hospital de la Caridad.

Y es que la solidaridad abarca varias etapas: primero ver a los pobres. “Yo los he visto con mis propios ojos”. “Yo he visto a estas pobres gentes tratadas peor que las bestias”, decía (IV, 427; IX, 749). Segundo hay que compadecerlos y colocarlos en primer lugar, antes que la misma Compañía, Congregación o cualquier ONG y antes que las mismas normas y leyes. Contra normas civiles y eclesiásticas san Vicente fundó a las Voluntarias (AIC), a los Paúles y a las Hijas de la Caridad, y Ozanam fundó las Conferencias contra las ideas del siglo XIX. San Vicente exclamó un día: “Ruego a Dios e incluso muchas veces al día, que nos aniquile si ya no somos útiles para la salvación de los pobres” (XI, 698, 808; III, 88). Tercero, sentirse en cohesión con los pobres por pertenecer a la misma humanidad y ser hijos del Padre y hermanos suyos. Cuarto, comprometerse con la salvación corporal y espiritual del hombre con el esfuerzo de los brazos y con el sudor del rostro (XI, 733). Y quinto, agruparse para hacer más efectiva la ayuda a los pobres. San Vicente en Chatillon comprende que él solo no puede solucionar el problema de la pobreza, acude a las señoras de dinero y funda las Señoras de la Caridad con sólo mujeres; intentará después reunir a los hombres, pero fracasará. La sociedad no estaba aún preparada para ellos. Habrá que esperar la llegada de Federico Ozanam, uno de los mejores intérpretes de san Vicente, que asumiendo sus ideas fundará, animado por la Beata Rosalía Rendu, las Conferencias de San Vicente de Paúl. En Gannes y en Folleville san Vicente descubre la miseria espiritual de los pobres campesinos y funda los Paúles. Después fundará las Hijas de la Caridad para solucionar las miserias de los excluidos de todos los lugares a cualquier hora del día. Los continuadores de su espíritu y misión forman la Familia Vicenciana integrada oficialmente por las Voluntarias de la AIC, la Congregación de la Misión, la Compañía de las Hijas de la Caridad, la Sociedad de San Vicente de Paúl y la Asociación de la Medalla Milagrosa.

Caridad y solidaridad

No hay que confundir caridad con solidaridad. La caridad es una virtud, la solidaridad es un hecho, como el hecho de ser hermanos, que crea unas relaciones entre las personas que tienen conciencia de pertenecer a la misma humanidad y asumen la obligación moral de ayudarse mutuamente. San Vicente no usa nunca la palabra solidaridad que comenzó a emplearse en Francia hacia el año 1693; y sólo cuatro veces la palabra solidariamente, dos en sentido espiritual y dos en sentido jurídico. Modernamente la palabra caridad está desgastada y desprestigiada con el sentido de lástima. Mientras que la solidaridad se ha convertido en sinónimo de igualdad, en una mezcla de justicia y generosidad, y es más actual en una sociedad marcada por la defensa de los derechos humanos. Los mismos Papas sustituyen a veces la palabra caridad por solidaridad[4].

Si la solidaridad no es una virtud, sino un hecho, puede existir mucha solidaridad entre los miembros de una banda de malhechores y nada de caridad. Es conocida la solidaridad que en tiempo de san Vicente existía entre los miembros de las clases sociales, pero también la poca caridad que tenían con los que no pertenecían a sus clanes, como lo demuestran las despiadadas normas que determinaban los impuestos. San Vicente alabó a una Hija de la Caridad que se encaró a unos ricos que se esforzaban en librarse de los impuestos cargándoselos a los pobres (XI, 188). ¡Qué poca caridad con los sufrimientos de los galeotes o el drama incomprensible de los niños abandonados! San Vicente, pide que se le nombre Capellán General de los presos que irán a remar en las Galeras y humaniza las prisiones por medio de las Hijas de la Caridad y de las Voluntarias, porque eran hombres como él y miembros dolientes de Jesucristo. Funda casas para acoger a los niños abandonados en la calle y, contemplando el hambre que pasaban los pobres debido al mal tiempo, se desahoga diciendo que la Congregación no le preocupaba tanto como los pobres, pues los paúles podrían ir a pedir pan a otras comunidades o a servir de Vicarios en las parroquias. Y añade: “En cuanto a los pobres, ¿qué harán y a dónde podrán ir? Confieso que ellos son mi peso y mi dolor. Me han dicho que en los campos la pobre gente dice que, mientras tengan restos de la cosecha, vivirán; pero que después no tendrán que hacer más que sus fosas y enterrarse vivos. ¡Qué extremo de miseria! Y ¿el medio para remediarla?”[5]. Porque san Vicente tenía presente que “no hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre… Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables” (XI, 725). No dudaba que, al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Qué verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Iréis diez veces cada día a ver a los enfermos, y las diez veces encontraréis en ellos a Dios. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios (IX, 240).

Todos los hombres somos interdependientes, de tal manera que lo que le sucede a uno debiera repercutir en todos. Modernamente se habla mucho de la globalización. Globalicemos la caridad con el nombre de solidaridad. San Vicente lo señalaba con la expresión ir a ayudar a los pobres por todas partes, acudir a quitar la miseria como se acude a apagar un fuego (IX, 750s). Si no compartimos el paro, es porque no nos sentimos interdependientes con los parados y entonces la solidaridad es una farsa, pues falta el amor. San Vicente se preocupó de los pobres de Polonia, Escocia, Túnez, Argel, Madagascar, pero también de los de su alrededor. La asignatura pendiente de la Familia Vicenciana es aprender a leer el fenómeno de la solidaridad globalizada que abarca desde el vecino de al lado, nativo o extranjero, hasta los habitantes del país más lejano.

Solidaridad y Acción social

Comparada con la acción social, a la acción caritativa se la define como la ayuda moral o material que una persona o un grupo de personas dan a un necesitado por el amor de Dios y porque el necesitado es un hijo de Dios y miembro doliente de Jesucristo. Mientras que la acción social puede hacer lo mismo, pero con vistas a mejorar la sociedad y las relaciones sociales. La caridad tiene por objetivo la persona necesitada, y la acción social el status social; se dirige, ante todo, al bien de la sociedad y no primeramente al de los individuos. Los motivos también son diferentes. La Familia Vicenciana ayuda a los excluidos por amor de Dios y de un modo gratuito, sin interés personal. Mientras que la trabajadora social trabaja ordinariamente por un salario.

La acción social puede estar más organizada y ser más eficaz y vistosa, pero la solidaridad es más humana, pues el amor ofende menos y da más calor. En un mundo moderno se necesita la acción social pública dotada de organización y medios técnicos y financieros más abundantes. Pero tam­bién la solidaridad emplea medios técnicos y, como la acción social, instituye y organiza empresas sociales.

La obra de san Vicente cae dentro la acción social, pues toda ayuda para mejorar a una persona produce un bienestar en las relaciones sociales de los ciudadanos, como lo hicieron las obras de los niños abandonados, de los ancianos, de los galeotes, los hospitales y las escuelas femeninas que establecieron santa Luisa y san Vicente. Cosa que muchas veces no comprenden los defensores de la acción social, tachando a la solidaridad de paternalista o de destruir una buena organización de las ayudas sociales y condenan toda acción caritativa privada que no esté controlada por los organismos públicos.

Trampa ladina en la que caen las mismas organizaciones de la Iglesia, atacando toda iniciativa caritativa de personas particulares o asociaciones privadas que no estén organizadas o controladas por Cáritas diocesana y parroquial. El resultado es que los centros caritativos se convierten en oficinas de papeleo. Se investiga la necesidad y ciertamente se descubren las trampas de bastantes pobres, pero también las intimidades vergonzosas de las personas necesitadas. Y es anticristiano prohibir a las personas particulares ejercer directamente la caridad, ahogando el amor del corazón. Tan sólo se contempla la efectividad material de quien recibe y no el amor de quien da.

La Familia Vicenciana ha sido instruida para saber integrar la caridad en la acción social. Cuando no se logra integrarla, se corrompe el cristianismo fundamentado en el contacto directo del amor entre personas. Ya no son las personas el cauce inmediato del amor, sino las oficinas. ¡Se acabó aquella idea genial de Vicente de Paúl de atender directamente al pobre en su casa! Ya no tiene explicación la parábola del Buen Samaritano ni se encuentra sentido a las palabras de Jesús sobre dar al que te pide. Y los tiempos no han cambiado, porque también en la época de Jesús estaban las “oficinas” del templo, y en tiempo de San Vicente abundaban las “oficinas de los pobres”. Bastantes años antes de nacer san Vicente las instituciones públicas habían creado las “Caridades” o “Ayudas sociales” para los necesitados y el Estado se había adueñado de casi todos los hospitales de Francia. La Cuna u orfanato para niños abandonados pertenecía a la Iglesia institucional. Se había oficializado la caridad. El gobierno pensaba hacer acción social creando un Hospital General para encerrar más que acoger a mendigos, mujeres de la calle, niños y ancianos. San Vicente estaba de acuerdo en su fundación, pero lo rechazó cuando vio que era simplemente una acción social, enfocada a controlar a una calaña peligrosa de alborotadores y a maquillar la cara de las calles, quitando de la vista a los pordioseros que tanto molestan. No era una obra caritativa para los pobres, como lo era la residencia de ancianos “El Nombre de Jesús”, organizada por él y santa Luisa.

En Mâcon, al este de Francia, el ayuntamiento llevaba años intentando solucionar el problema de los pobres y mendigos. No lo lograron hasta que pasó por allí el sacerdote Vicente de Paúl y en unos meses por medio de las Señoras de la Caridad (AIC), dio la solución acertada al problema[6]. Fue caridad y acción social.

Es verdad que en tiempos de san Vicente la sociedad estaba compuesta esencialmente por las familias, las aldeas y los pueblos, donde todos se conocían y se sabía quiénes eran ricos o pobres, mientras que ahora la sociedad reside en las ciudades, donde los hombres son unos desconocidos y donde forman clases sociales más que comunidades. El trabajo industrializado está distribuido, la educación y la sanidad controlada por los poderes públicos, y todo defendido por los sindicatos. El mérito atribuido a Vicente de Paúl fue organizar la ciudad en pequeñas comunidades de caridad alrededor de las parroquias y saber aunar solidaridad y acción social. Ideas que asimiló o le imbuyó santa Luisa de Marillac, que le escribió en los comienzos de las Voluntarias: “Yo había pensado, si a usted le parece bien, decirle que las señoras más deseosas de esta santa obra fuesen a ver al Sr. Cura y le dijeran que para empezar bien y perseverar necesitan que haya un buen número de personas de clase alta y de mediana posición que se asocien para que las unas contribuyan con su dinero lo más que puedan y las otras se entreguen con la mejor voluntad a visitar, cada una en su día, a los pobres enfermos; y para que nadie se moleste, ya se vería si es conveniente dividir la parroquia en dos sectores. Pero para trabajar útilmente, será necesario primero rogar al Sr. Cura que tenga la molestia de encargar a un eclesiástico, conocedor de sus feligreses, un informe muy amplio, y después, mandar hacer en su iglesia una predicación con tal motivo, al final de la cual se podría reunir a todas las señoras apuntadas, advirtiendo también en la Misa que todas de cualquier condición que voluntariamente quieran pertenecer, podrán asistir a la Asamblea en la cual se propondrá el Reglamento que rige en otras Parroquias” (c. 8).

Solidaridad y justicia

Podría definirse la solidaridad como la obligación que tiene cada hombre o mujer de apor­tar a la sociedad según su capacidad y recibir según sus necesidades. Y esto en justicia, porque, aunque en teoría todos nacemos y vivimos iguales en cuanto a los derechos fundamentales, en la realidad social nacemos y vivimos desiguales. Cuando san Vicente se había convertido ante los reyes, los nobles y el pueblo en el símbolo de la caridad, decía que “los deberes de justicia son preferibles a los de caridad”, que el mayor desprecio que puede hacerse al amor es dar por caridad lo que se debe dar por justicia, que “no puede haber caridad si no va acompañada de justicia”; y el santo corregía con dureza y claridad: “Hay que creer que al socorrer [a los miserables], estamos haciendo justicia y no misericordia”[7]. Porque san Vicente sabía que si no hay justicia no existe la solidaridad; que siempre hay que comenzar por la justicia como el primer peldaño de la solidaridad. Porque la solidaridad supera a la justicia. La justicia natural -no la legal que puede ser injusta- es dar a cada uno lo que es suyo, lo que le pertenece, mientras que solidaridad es dar al otro lo que no es suyo, sino mío, y se lo doy por amor, lo cual es más humano y más divino. Ya que, si el pobre nada tiene, la justicia nada le devuelve y siempre será pobre. La justicia se guía por la razón y el derecho, mientras que la solidaridad brota del corazón. La justicia puede llegar a ser fría y cruel, mien­tras que la solidaridad siempre se presenta con el calor del amor. Lo vemos en el actuar de san Vicente en el juicio que Richelieu emprendió contra Saint-Cyran o al pedir a Mazarino que hiciera la paz y se alejara de la corte o al prohibir, contra el parecer de un obispo, la entrada en un convento de la Visitación a una señora noble.

En la actualidad la globalización, aunque tiene muchas facetas positivas, como el sentirnos todos los hombres inquilinos del mismo apartamento del universo, la tierra, se identifica con la sociedad de pecado, como llamaba Juan Pablo II a nuestra sociedad, porque la organización y las estructuras económicas llevan al pecado, y aceptar esta sociedad en cierto modo es colaborar con el pecado, decía el Papa. Por eso san Vicente no se contentó con ayudar a los pobres, sino que quiso trasformar la sociedad. Fundó Caridades en la Corte y en la parroquia de la Corte, involucrando a la reina y a sus sirvientas nobles. Se ganó el destierro por pedir al primer ministro Mazarino que cambiase la política a favor de los pobres. Con la ayuda imprescindible de santa Luisa de Marillac, creó escuelas para niñas pobres, orfanatos, casa de reinserción para los presos y, con la ayuda de la Compañía del Santísimo Sacramento, presionó para que hubiera gente que vigilara a los funcionarios y no añadiesen más tiempo a la condena de los galeotes; creó la primera residencia de ancianos y la organizó por medio de santa Luisa, poniéndoles telares para que los ancianos se sintieran útiles, se valiesen por sí mismos y fueran actores responsables. “Se querría -escribía a un P. Paúl- que todos los pobres que carecen de tierras se ganasen la vida, hombres y mujeres, dándoles a los hombres algún instrumento para trabajar, y a las muchachas y mujeres ruecas estopa y lana para hilar, pero solamente a los más pobres. En estos momentos en que va a llegar la paz, cada uno encontrará donde ocuparse y, como los soldados no les quitarán lo que tengan, podrán ir reuniendo algo y recuperándose poco a poco. La reunión ha pensado que hay que ayudarles al comienzo y decirles que ya no podrán esperar otro socorro de París” (VIII, 66).  

Una solidaridad que dialoga y escucha

San Vicente se interesó en ayudar corporal y espiritualmente a los excluidos de la sociedad y en atenderlos con una acogida y un trato paciente y lleno de bondad. Son virtudes conocidas por la Familia Vicenciana ya que forman parte de su espíritu. Pero acaso las disposiciones más interesantes de la solidaridad en su aspecto humano, debido al fenómeno de las migraciones, imposible de frenar en la actualidad, sean las actitudes de diálogo y respecto. Van unidas. Sin diálogo nunca podremos respetar la mentalidad de los demás, y sin respeto el diálogo es inútil. Todos somos un tanto xenófobos porque consideramos al que ha venido de fuera como un invasor que nos quita trabajo, vivienda, ayudas sociales… Su cultura diferente molesta y, si son de religión diferente, como los musulmanes, nos quita la tranquilidad. Necesitamos conocerlos y saber el porqué de sus creencias y de su forma de vida, por qué han abandonado patria y familia y se han lanzado a los peligros de lo desconocido. Para saberlo hay que dialogar.

El diálogo es indispensable en esta etapa de la historia en la que están enfrentadas dos culturas: la occidental y la islámica. El arzobispo de Argel ha dicho con mucho tiento que la armonía de muchas de nuestras sociedades depende del éxito del diálogo islámico-cristiano. La armonía entre nativos e inmigrantes depende del diálogo para comprenderse y acogerse, para ser capaces de respetar, unos y otros, las ideas, las costumbres, la cultura y la fe de los otros. Sin diálogo nunca habrá paz. Respetar al otro es reconocer su autonomía y el derecho a ser diferente. Nadie necesita pedir permiso para ser él mismo. Lo cual no exige identificarnos con sus ideas ni con su modo de vida.

San Vicente puede ser un maestro para lograr la armonía en el mundo actual a través del diálogo y del respeto al otro. Cuando nació, su país estaba en guerra, católicos contra calvinistas, años más tarde fue hecho cautivo y vivió dos años en medio de los musulmanes en Túnez, después en Châtillon se alojó por unos meses en casa de un calvinista del que se consideró buen amigo, y finalmente acogió y organizó en Paris a miles y miles de refugiados inmigrantes que venían en busca de seguridad y bienestar. A un compañero le escribió que hay que obrar en Roma como en Roma y respetar las costumbres de los lugares, si no son viciosas (I, 385) y a otro le decía que son problemáticas y discutibles todas las cosas, a no ser las que determina la sagrada Escritura; fuera de eso, nadie es infalible en sus opiniones (II, 29). Y añadía que sólo tenemos que ser intolerantes con la maldad y la injusticia o por defender a un inocente (IV, 498; V, 364; X, 447).

La globalización y las migraciones son irreversibles y avanzan sin que la Familia Vicenciana pueda impedirlo. Su papel es luchar, como decía san Vicente, con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente.

P. Benito Martínez, CM

Notas

[1]  Pierre GOUBERT, El Antiguo Régimen. 1. La sociedad, Siglo XXI, Madrid 1980, p. 126s.

[2] Jean-Pierre GUTTON, Jean-Pierre GUTTON, La société et les pauvres en Europe (XVIe-XVIIIe siècles) FUF, Paris 1974,  p.68-69.

[3] Jean-Pierre CAMUS, Traité de la pauvreté évangélique, Besançon, 1634, p.5.

[4] Ved la encíclica Populorum progressio, ns. 48, 64, 80, y el n. 8 de la Laborens exercens.

[5] ABELLY, lb. III, cp. XI, p. 631

[6] SV. I, 324; Bernard KOCK, « Mâcon et le souci des pauvres. L’apport de Saint Vincent de Paul » en Cahiers Saint Vincent. Bulletin des Lazaristes de Francia, 190 (Printemps 2005) 21-38.

[7] SV. VII, c. 2984; II, c. 473; VII, c. 2644.

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