Vida trinitaria (Juan 16,12-15)

por | Jun 19, 2022 | Formación, Reflexiones, Thomas McKenna | 0 comentarios

El misterio de la Trinidad es indudablemente eso: un misterio cuya profundidad y alcance nunca podremos siquiera acercarnos a penetrar. Pero una de las vías de acceso a su significado proviene de la pregunta: «¿Cómo se relaciona Dios con nosotros?». La doctrina de la Trinidad arroja luz sobre tres formas diferentes en las que la Divinidad entra en nuestras vidas.

El libro del Génesis relata que Dios está con nosotros como nuestro Creador. Dios es ese cierto Alguien, allí en el principio, que hace que todas las cosas no sólo sean, sino que continúen siendo, que se sostengan y crezcan. Poniendo un broche de oro a esto, el libro de los Proverbios proclama que el Creador no sólo nos mira, sino que se «deleita» en su creación, «juega en la superficie de la tierra» (Proverbios 8,30-31), Dios se regocija en los seres humanos que ha creado.

Una forma de responder a este «Dios creador» es entrar en su deleite: tomarse el tiempo para maravillarse con el mundo natural, dejarse llevar por el espectáculo de las estrellas y los amaneceres y los estallidos de flores en primavera. Conozco a una persona que agradece esto cuando camina por la playa. Se maravilla ante las olas que se levantan y se encrespan y luego, en un instante, caen sobre sí mismas con un suave rugido. Su paseo matutino se convierte en una acción de gracias mientras camina.

Además del Dios Creador, existe también el Dios Compañero, el Hijo que, al compartir nuestra humanidad, viene a rescatarnos. Este, por supuesto, es el Señor Jesús, cuya muerte y resurrección no sólo nos redime, sino que sus palabras, acciones y actitudes nos dan el modelo de cómo vivir como hijo de Dios. Nuestra vocación privilegiada es imitarle.

Por último, además del Dios Creador y del que llamamos Dios Compañero, está la presencia de Dios aquí y ahora, que conocemos como Espíritu Santo. El Espíritu es «Dios de cerca», Dios vivo en nosotros y a nuestro alrededor, que nos fortalece, nos conduce a la verdad y nos ofrece la promesa de una vida abundante que dura para siempre.

Esta es sólo una manera de acercarse al misterio de la Trinidad, imaginando a Dios como Padre y Creador, a Dios como uno de nosotros en Jesús, y a Dios tan cerca de nosotros ahora como la presencia del Espíritu Santo.

Un aspecto final —y crucial—. Dios es relacional. Es decir, el vínculo entre las tres personas no es otro que el amor que va y viene entre ellas. Cuando nos presentamos ante nuestro Dios, nos adentramos en este círculo de amor. Cuando «damos a Dios la gloria», entramos en esta presencia creadora y salvadora que reconocemos como la Santísima Trinidad.

En un discurso a las Hijas de la Caridad en el que las exhorta a vivir en armonía entre ellas, San Vicente las llama a «honrar la unión de la Santísima Trinidad por la que se ha hecho todo el orden del mundo… y a someterse a ella».

Dios Padre, Hijo y Espíritu es un misterio. Pero es un misterio inmenso al que todos nosotros estamos amorosamente invitados.

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