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Buscar trabajo para los pobres afectados por la pandemia

por | Jun 5, 2021 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

La epidemia del coronavirus ha sacado a flote un tema sangrante: qué hacer con los pobres que piden en la calle. Hay mendigos que rechazan vacunarse, no se someten a las pruebas de PCR, propagan la epidemia y molesta su presencia en la calle. Como en otros tiempos se encerraba a los pobres en los Hospitales Generales (Hospital se llamaba a todo establecimiento que acogía como huéspedes a pobres, sanos o enfermos), hoy se los encierra entre paredes inmateriales de papeleo y averiguaciones. Las ciudades son el colector de los pobres, porque la ciudad tiene más recursos para remediar su penuria, pueden mendigar y tienen hospitales, si caen contagiados del virus.

En tiempo de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac se encerraba en el llamado Hospital General de cada ciudad, una especie de cárcel, reformatorio, taller y convento, a toda clase de maleantes, vagabundos, mujeres de mala vida, ni­ños callejeros y a los mendigos insociables. Hoy son los contagiados y los inmigrantes adolescentes, jóvenes y adultos que no pueden ser devolver en caliente a los países de donde vienen.

Para los gobernantes de entonces los únicos causantes de su miseria eran los mis­mos pobres: vagos, viciosos y simuladores de minusvalías, y había que encerrar­los para que trabajaran y no cometieran atropellos. En aquella sociedad cristiana se añadía la razón ética: la inmensa mayoría de esos pobres vivían como paganos sin religión ni moral. Al encerrarlos, se los podría evangelizar. Tendrían horas de trabajo, de catequesis y de piedad. En­cerrar a unos hombres que rechazaban el orden establecido era re­formarlos para que pudieran reintegrarse en la sociedad.

El ingreso era voluntario, pero a quien no ingresaba se le negaba cualquier ayuda social. Al poco tiempo se encerraba a la fuerza. Los Hospitales Generales no lograron sus objetivos, quedando reducidos a Asilos de ancianos, porque los mismos pobres lo rechazaban, porque la gente humilde los liberaba, porque los acogidos resultaban gravosos a los gobiernos y porque la mendicidad era una consecuencia del sistema social.

Un burgués de París entregó a Vicente de Paúl 100.000 libras para que las em­pleara en bien de los pobres. Después de reflexionar y orar, decidió levantar un edificio donde acoger ancianos sin recursos y mendigos. Fue un acierto o una inspiración divina, ya que los ancianos salían de casa sin saber si volverían o morirían en la calle.

Los misioneros paúles tenían una casa amplia llamada el Nombre de Jesús y san Vicente la reformó para acoger a 20 ancianos y a 20 ancianas. El capi­tal restante lo invirtió para que produjera una renta sufi­ciente para sostener a los 40 ancianos que ingresaban voluntariamente y eran libres de quedarse o marcharse. Si el Nombre de Jesús fue visto con simpatía por la sociedad y deseado por los ancianos, se debió al genio organizador de santa Luisa. Cogió papel y se puso a escribir: ventajas de hacer la obra, inconvenientes y manera de funcionar. Y resolvió instalar telares, la industria de entonces.

Pero aquellos mendigos y ancianos no sabían el oficio ni estaban acostumbrados a trabajar, e ideó una estratagema: “encontrar personas de buena condición que quisieran pasar por pobres y que su­pieran el oficio, aunque sólo fuera por seis meses para enseñar a los otros lo que sa­ben”. Éstos arrastrarían a los demás al orden y al trabajo. “La dificultad estaría – añade- en que a estas personas quizá habría que darles un poco de vino o de cerveza”. Y esto era peligroso, infundiría sospechas de la trampa.

Encontró gente honrada que se fingieron mendigos y los catalogó por oficios. Todos del gremio de tejedores. En cuanto a lo económico, no se ilusionó; sabía que “para poner el trabajo en marcha y que perdure no hay que mirar los gastos… Hay que dar por seguro que el primer año reportará pocas ganancias” (E 76). Llevó la contabilidad del trabajo de cada obrero con una minuciosidad y claridad que sorprende: gastos de comida con vi­no,  de luz y fuego, de ropa, de sábanas y de cubiertos, palanganas… (D 549). Valora el coste del material y el trabajo de cada peón, oficial y maestro, pues todo el que trabaja, por insignificante que sea su valor, debe cobrar, aunque sólo sea en forma de vino (D 551). Indaga a través de las comunidades de Hermanas, los lugares y las épocas en que puede adquirir los materiales a precios más baratos (c.427) y para no engañar a los obreros ni ser engañada, pregunta a Vicente de Paúl los salarios que se pagan en París, sospechando que, en las afueras, los jornales estarían más bajos (c.443).

Al examinar el ba­lance de entradas y salidas, se pregunta por qué los tejedores se arruinan. Encuentra las causas en “que los obreros cuestan mucho, los al­quileres de las casas son caros y las familias tienen hijos”. Ninguna de estas cau­sas concurre en el Nombre de Jesús. Más aún, aunque no hubiera ganancias valía la pena emprender la obra para dar empleo a muchas personas, como a jóvenes sin trabajo “a los que la necesidad y la ignoran­cia empujaban a ofender a Dios (D 550).

Después de unos meses de actividad, el éxito era patente y se firmó el contrato, ratificado por el arzobispo de París. Los padres paúles se encargaron del servicio religioso y san Vicente les dio algunas catequesis (X, n.85). Las peticiones de ingreso indican que los ancianos vivían contentos.

Las Señoras de la Caridad (AIC) miraban entusiasmadas el resul­tado y concluyeron que san Vicente era capaz de crear un Hospital General para todos los mendigos de Paris. ¡Unos 40.000! Pero la iniciativa levantó desconfianza entre los funcionarios, los miembros del Parlamento y la Compañía del Santísimo Sacramento que creían que una obra de tales dimensiones sólo podía ser ejecu­tada por hombres revestidos de una misión oficial. Criticaron el proyecto e in­tentaron parar las obras de la Salpetrière. No lo lograron, pero sí lograron que una obra tan ingente quedara bajo la autoridad del Estado.

Como resultado de la pandemia del covid dicen que aumentará el paro. Será un desafío a los vicencianos para inventar nuevos puestos de trabajos.

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