Se acerca la fiesta del Corazón de Jesús y, dejando de lado los descubrimientos modernos sobre el amor y el cerebro, el sentir popular pone el corazón como símbolo del amor. Ya en la Edad Media aparecen señales de alguna devoción al Sagrado Corazón de Jesús, como un símbolo del amor. Merece especial atención la visión que santa Gertrudis tuvo de san Juan Evangelista con la cabeza recostada en el costado herido del Salvador y escuchando los latidos de su corazón. A partir del siglo XIII la devoción al Corazón de Jesús estaba muy extendida como una devoción al amor que Jesús nos tiene. En el siglo XVII pasó con el mismo signo del amor a espirituales como san Francisco de Sales, las venerables carmelitas Magdalena de san José y Margarita del Santísimo Sacramento y la beata María de la Encarnación e incluso a la devoción de la jansenista Angélica Arnauld, y ha llegado a convertirse en una devoción popular con las apariciones a la visitandina santa Margarita María de Alacoque. En una de las apariciones Jesús le dijo: “He aquí el corazón que ha amado tanto a los hombres, que no se ha ahorrado nada, hasta extinguirse y consumarse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento no recibo de la mayoría sino ingratitud. Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en él las llamas de su ardiente amor, es menester que las derrame valiéndose de ti y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones”​.

Es una fiesta apropiada para hacer un balance sobre el amor a Dios, a los familiares, a las Hermanas y a los pobres; y es propicia también para sentir la presencia de un Dios bondadoso que nos ama porque nos ha creado, y nos ama tanto que se encarnó para ser humano como nosotros y morir crucificado por amor, pero, al mismo tiempo, nos pide que correspondamos con amor a su amor. Hay muchas frases de Jesús que podrían guiarnos en el amor. Sin embargo, viendo la autosuficiencia del hombre moderno, es actual la frase del profeta Isaías: “yo soy la arcilla, tú el alfarero, somos todos obra de tus manos” (Is 6,18). El Espíritu Santo modela la arcilla, suaviza imperfecciones y da forma a cada vasija para que quepa en ella el amor del corazón de Jesús.

La frase de Isaías no la encontramos en el beato Ozanam ni en san Vicente ni en santa Luisa, pero sí la idea. Ozanam se opuso tenazmente a que la SSVP cayera en manos de los partidos políticos, san Vicente suele decir que somos barro y Dios nos modela hasta hacernos una joya preciosa[1], santa Luisa prefiere hablar del abandono en Dios, de un abandono que, como muerta, dependa enteramente de él sin resistirle más de lo que hizo en su creación (E 12, 14). El abandono que pide santa Luisa es más exigente que la pasividad de la arcilla, exige desprenderse de ella y de todo lo que tiene, exige abandonarse totalmente al Espíritu Santo (E 87) que, como el alfarero, palpa la arcilla, fija su humedad, advierte las asperezas, dispuesto a empezar de nuevo y a poner algo de su amor en cada vasija. Puede darle infinidad de formas y tamaños y no la mete en el horno hasta que se adapta a los detalles que el corazón de Jesús tiene para que pueda contener su amor.

Jesús el alfarero de la Hija de la Caridad

Jesús atiende a los pobres por medio de sus discípulos, instrumentos dóciles en sus manos. “Anonádese delante de Dios, reconociendo que no es usted más que un instrumento inútil y capaz de estropearlo todo”, decía san Vicente a un misionero (VII, 468). Y santa Luisa concretaba a sus hijas que “para ayudarse a ese amor que deben al prójimo, piensen que, al verse reunidas, el vínculo de su amor mutuo es la sangre derramada del Corazón de Jesús” (E 90). Somos la arcilla de una vasija y Jesús modela con cuidado los detalles de cada vicentino y lo mete en el horno del amor para hacerlo conforme a su corazón. Si el vicentino no se deja introducir en el horno del amor, nunca tomará resistencia.

Mientras lo modela, Jesús le va comunicando el amor de su corazón compasivo que le capacita para servir a los pobres, pero también un corazón resistente para que no se rompa en el servicio. Jesús no es un alfarero descuidado que no advierta a tiempo la debilidad y las torpezas humanas y no complete la condición de vasija humana con un corazón tierno que perdona. Tampoco quiere que después de modelado vaya reduciendo el amor de su corazón con normas minuciosas sin tener en cuenta el bienestar de los pobres. Son ideas esparcidas continuamente en las cartas y escritos del beato Ozanam, san Vicente y santa Luisa. Esta inculca a las Hermanas que guarden lo mejor que puedan sus reglas, sin perjuicio para los pobres, ya que su servicio siempre debe ser preferido (c. 316)

El corazón de Jesús nunca abandonará a quienes le siguen, aunque les mande cruzar las aguas de los sufrimientos, pero las separa para que pasen a pie enjuto, les ordene cruzar el desierto, pero da compañeros que proveen de comida. Aunque su corazón perdona los pecados y jamás los recuerda, también se enfurece contra quienes endurecen el corazón en provecho propio sin tener en cuenta a los débiles.

Cada vasija es única

La vasija tiene que ser consciente de su singularidad, de que Jesús no la ha repetido, que no ha sido clonada. Será vasija pequeña o grande, esbelta o ancha, pero es ella con su forma de amar, pues el corazón de Jesús le ha comunicado su imagen para que sea la obra maestra de su taller y exclame como santa Luisa: “Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo y, como tales, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, ya no más pensamientos que en Jesús, en fin, ya no más vida que para Jesús y el prójimo, para que en este amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, y por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios a sus criaturas, alcance de su bondad las gracias que su misericordia quiere hacerme” (E 69).

Cuando hacemos un regalo, entregamos algo que agrade. La Familia Vicenciana es una vasija modelada con cariño por Jesús para regalársela a los pobres. Que ellos la vean como el mejor regalo que les ha podido hacer su corazón y la pongan en el centro de la estancia, para que todos se sorprendan al verla. La Familia Vicenciana es una vasija preciosa que decora el lugar donde está para que los pobres, los empleados y quienes la ven la pongan en el centro de su mundo, como testimonio de amor auténtico. Pero todas las vasijas no se hacen para adornar una estancia, también se hacen para cumplir un objetico, generalmente contener agua. Por eso suelen ser de arcilla porosa para que el agua se mantenga fresca al ser evaporada por el aire. Los vicentinos no pueden ser tan compactos que su corazón no pueda ser aireado por el corazón de Jesús.

San Vicente le indica a la señorita Le Gras cómo ser arcilla y cómo dejarse modelar por el Espíritu Santo: “Le ruego, señorita, que piense un poco en el Hijo de Dios, que vino a este mundo no sólo para salvarnos con su muerte, sino para someterse a todos los deseos de su Padre y atraernos hacia él por el ejemplo de su vida. Todavía estaba en el vientre de su Madre cuando se vio obligado a obedecer a un edicto del emperador. Nació fuera de su país, en una época muy dura del año y en medio de una extrema pobreza. Poco después tuvo que padecer la persecución de Herodes y marcharse al destierro, donde sufrió sus propias incomodidades y por compasión las de la Virgen y san José, que padecían mucho por su causa. En Nazaret fue creciendo, sujeto siempre a sus padres… Y sin duda pensaba en usted. Y, si usted dirige los ojos a ese divino Salvador, verá usted cómo sufre, cómo reza, cómo trabaja y cómo obedece” (VII, 165).

Preguntas para meditar

  • El Corazón de Jesús pone algo de sí en cada vasija. ¿Estás satisfecho/satisfecha con el corazón que tienes? ¿Es acogedor, compasivo, tierno? ¿Das la paz que une?
  • El Corazón de Jesús modeló cada vasija con ternura y amor, y puso sus sentimientos en los vicentinos. ¿Los has convertido en perdón hacia compañeros y pobres? ¿O te has dejado llevar por la autosuficiencia y el protagonismo?
  • Toda vasija tiene su lugar, pero no todas están en la misma dependencia. ¿Has aceptado y estás contento con tu destino y el servicio que te han encomendado?
  • Toda vasija está llamada a saciar la sed. ¿Has evangelizado a los pobres compartiendo sus alegrías y sus penas? ¿Los has servido como servirías a Cristo?

[1]II, 296; IX, 721, 1078, 1087; X, 811; OZANAM, carta a Amando Chaurand  19-11-1838.

P. Benito Martínez, C.M.

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