Caminos para la paz interior

El evangelio de Lucas dice que María conservaba estas cosas en su corazón, indicando que, a pesar de las angustias, conservaba la paz que había recibido como un don del Espíritu Santo. Es difícil definir el don de la paz, más fácil es explicar los efectos de sentir alegría, contento, seguridad, y tener calmadas las inquietudes. Aunque sea difícil lograr la paz, santa Luisa de Marillac indica caminos para encontrarla “en todas las circunstancias que se presenten; pero podemos servirnos de dos o tres medios: habituarnos a recibir los pequeños motivos de descontento de la mano de Dios, que es nuestro Padre y sabe lo que nos conviene; pensar que la tristeza que sentimos no durará siempre; otro medio para conservar la paz en medio de nuestras pequeñas turbaciones es pensar que Dios ve nuestro estado; que, si lo amamos por amor de él y para cumplir su santísima voluntad, eso mismo que nos causa pena, se convertirá en consuelo” (c. 392).

Cuando Jesús se encontró con su madre mientras anunciaba el reino de Dios afirmó que para sentir paz hay que cumplir la voluntad de Dios: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen (Lc 8, 21). Y María que iba a buscarlo angustiada, porque le habían dicho que su hijo corría peligro, volvió a casa serena y en paz. Confiaba cumplir la voluntad de Dios, al igual que confió, cuando casada, sin haber ido a vivir con su marido, acepta concebir un hijo del Espíritu Santo, porque en la oración siente que Dios se lo pide. Confía en Dios de tal manera que sabe que él convencerá a su esposo de la verdad divina.

Santa Luisa decía que la esperanza de las rosas consuela a las Hermanas en medio de las espinas si confían en Dios, que es un Padre que las ama y sabe lo que les conviene. La vida está repleta de inquietudes, pero Jesús la llena de esperanza y aconseja: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). Jesús no suprime el yugo y el dolor, propios de la creación y de la libertad del hombre. Un mundo sin dolor sería inconcebible para los que viven en comunidad con amigos que no han escogido, y ayudan a seres que viven la pobreza, lo que dice es que llevemos el yugo con él, confiando en el Padre.

Actitudes para una paz interior

La zozobra de su embarazo le duró seis meses a María mientras atendía a su pariente Isabel, viendo que las señales se hacían claras. Isabel la confortaría y el Espíritu Santo le dio el don de fortaleza para presentarse delante de su esposo José, como se lo dará para aguantar tres días la pérdida de su hijo y unas horas, agarrada a la cruz en la que moría Jesús.

Cuando el sufrimiento sume al alma en una noche, también se puede encontrar la paz. Son tinieblas interiores que hacen temblar, pero el Espíritu da el don de fortaleza y ayuda a encontrar a alguien que consuele, como a María le puso a Isabel y luego el apóstol san Juan. El Espíritu Santo con el don de fortaleza, certifica que todo sufrimiento es pasajero. Luisa de Marillac que tanto sufrió lo entendía cuando decía a las Hijas de la Caridad que “la señal de que un alma posee la caridad es, con todas las otras virtudes, la de soportarlo todo” (c. 115). Y las animaba a aguantar el sufrimiento para comprender el dolor de los pobres: “¡Qué amor compasivo tendrá hacia los pobres enfermos, después de ese ejercicio de sufrimiento que espero habrá bendecido la bondad de Dios con su ayuda y consuelos!” Ella la acompañaría en su dolor: “dígame con toda franqueza sus sufrimientos, que yo leeré y entenderé todo perfectamente” (c. 31, 150).

María le dijo al ángel hágase en mí su voluntad y quedó con gran paz; en el Templo su Hijo le dirá que hay que cumplir la Voluntad del Padre, y cuando su Hijo iba de pueblo en pueblo y fue a buscarlo, Jesús le recordó que ella siempre había cumplido la voluntad del Padre, y la llenó de paz; en la cruz su Hijo le dijo que el apóstol Juan cuidaría de ella y, aunque destrozada por el dolor, lo aceptó y vivió la paz.

San Agustín decía que nuestro cora­zón está inquieto y no descansará hasta que encuentre a Dios (Confesiones 1, 1, 1; 3, 6, 11) y solo lo encontrará cuando cumplamos su voluntad, como aconsejaba santa Luisa: “Y nuestra amada Sor Brígida tiene que amar con perseverancia los sufrimientos para entrar en el cumplimiento de los designios de Dios sobre ella” (c. 119). Pues no seguir las directrices del Espíritu Santo atormenta con el pensamiento de haber fallado ante Dios. Ni en la Anunciación ni en el Templo ni cuando su Hijo se fue de casa ni cuando al pie de la cruz acepta que su Hijo muera por todos sus otros hijos, María se culpó de nada. Si un Vicentino está contento de sus cualidades, se acepta y se perdona cualquier defecto encuentra la paz interior. Perdonar en familia o en comunidad, contagia a los familiares y a las compañeras la ternu­ra y la misericordia y desaparece todo lo que quita la paz.

A pesar de las alabanzas que le dio el ángel, el Magnificat es un canto de humildad. Todo es de Dios, ella es su pobre sierva. Porque no sólo el dolor quita la paz, también puede quitarla el triunfo, si, como una droga, cuanto más se alcanza, más se ambiciona, y cuanto más alto se sube, más se desprecia a los otros. A veces, el triunfo se convierte en una droga que inquieta por el miedo a fracasar y a estar pendientes del criterio de los demás.

Caminos para la paz interior

La paz interior no es un don palpable como la salud o la riqueza, sino un don espiritual. De ahí la necesidad urgente que sentía santa Luisa de Marillac de buscar caminos para alcanzarla: “Es necesario trabajar por adquirir la igualdad de ánimo y la paz interior en todas las circunstancias que se presenten, lo que parece en extremo difícil, pero podemos servirnos de dos o tres medios: habituarnos a recibir los pequeños motivos de descontento de la mano de Dios, que es nuestro Padre y sabe lo que nos conviene. Otro medio es pensar que la tristeza que sentimos no durará siempre… Y el tercer medio para conservar la paz en medio de nuestras pequeñas turbaciones, es pensar que Dios ve nuestro estado; que, si lo amamos por él y para cumplir su santísima voluntad, eso mismo que nos causa pena, se convertirá un día en gran consuelo… No pensemos, pues, sino en obrar bien para agradar a Dios; porque ¿saben ustedes lo que hace Nuestro Señor cuando un alma está abandonada del consuelo y de la ayuda de las criaturas, al tiempo que es lo bastante feliz y animosa para hacer de ello el uso que acabo de decir? Se complace en ser la amada dirección de esas almas; y aunque ella no sienta esa asistencia, puede estar segura de que Dios no permitirá que haga nada que le desagrade, que es cuanto podemos desear” (c. 392).

Cuando el sufrimiento sume al alma en una noche también se puede encontrar la paz. El Espíritu Santo da el don de fortaleza y pone a alguien que consuele. Luisa de Marillac que tanto sufrió dice a las Hijas de la Caridad: “la señal de que un alma posee la caridad es, con todas las otras virtudes, la de soportarlo todo” (c. 115). Y las animaba a aguantar el sufrimiento para poder comprender el dolor de los pobres: “¡Qué amor compasivo tendrá hacia los pobres enfermos, después de ese ejercicio de sufrimiento que espero habrá bendecido la bondad de Dios con su ayuda y consuelos!” Y para no sentirse sola, se ofrece a acompañarla ella misma: “dígame con toda franqueza sus sufrimientos, que yo leeré y entenderé todo perfectamente” (c. 31, 150).

Nuestro interior queda intranquilo cuando nos apartamos de Dios. San Agustín decía que nuestro cora­zón está inquieto y no tendrá paz hasta que encuentre a Dios en su interior y cumpla su voluntad. Tenemos miedo de lo que exige la Voluntad de Dios, sin embargo, santa Luisa aconsejaba: “Nuestra amada Sor Brígida tiene que amar los sufrimientos con perseverancia para entrar en el cumplimiento de los designios de Dios sobre ella” (c. 119). No seguir las directrices del Espíritu de Jesús supone atormentarse con el pensamiento de no haberse revestido de su Espíritu y de haberse separado del Padre compasivo que nos ama y nos ayuda; de habernos cansado sin ilusión.

Los tres medios que propone santa Luisa a las Hermanas de Angers implican las actitudes personales de perdonarse cada una a sí misma, aceptarse con todo lo que tiene y, ante todo, gustarse tal como es. Si una Hermana está a gusto de cómo es y contenta de sus cualidades y dones se acepta y se perdona cualquier defecto, ha encontrado la paz interior, y ya será capaz de perdonar a los otros para que desaparezcan los sentimientos que perturban el sosiego y la calma. Perdón en la sociedad, en el servicio, porque podemos desazonar a los débiles, y perdón en la comunidad para contagiar a las compañeras la ternu­ra, la misericordia y la paz.

Dad la paz

María, cuando entró en casa de Isabel, la llenó de paz. El Vicenciano es una persona a la que el Espíritu Santo envía a dar la paz, como los discípulos a los que envió Jesús, porque el pobre no tiene paz, mientras busca lo necesario para vivir con dignidad. Cada Vicentino da la paz con su persona, su servicio, su mirada, sus gestos y, sobre todo con su palabra y su escucha para unir y alabar, como María en el Magnificat. La devoción a María siempre ha sido fuente de paz interior.

María comprendía y meditaba todo lo que le sucedía a su Hijo. La comprensión sosiega a quien busca la paz, fijándose en las cualidades de los otros y disimulando sus defectos. Si alguien comprende su situación, la de sus familiares y compañeros, la del parado, del enfermo, del emigrante, no podrá quejarse, cuando le falte algo.

La paz es una tarea de todos los hombres y todos tienen que trabajar por traerla al mundo, pues el mundo es una aldea en la que todo repercute en todos. El Vicentino en cada lugar la alcanzará de una manera distinta, pero no puede ser indiferente a la ausencia de paz, y trabaja para que los hermanos sean felices y el mundo un poco mejor.

El Espíritu Santo ha entregado el mundo a los hombres para que lo trabajen y lo perfeccionen. Sin embargo, el mundo presenta a los pobres cada vez más pobres, con pérdida de valores, miedo, peligro de replegarse sobre sí mismo, un mundo complejo y tecnificado. Parece que ha fracasado y lo está haciendo mal. Sin embargo, la Providencia existe y la acción del Espíritu Santo está presente en el mundo que el Hijo redimió. Este mundo aún es su mundo y él es el único que puede redimirlo de nuevo. 

La paz, la solidaridad y el amor lucen en los vicencianos que intentan compartir los bienes. Cualquier bien que se hace favorece a todos y hacer daño a uno supone dañar a todos. Sin admitir esta verdad nunca habrá paz. Si es difícil una convivencia en comunidad o en familia, difícil será dar la paz al mundo. Habría que cambiar tantas cosas que la paz parece algo inalcanzable. Porque si aparece la injusticia social, la violencia estructural y la discordia, desaparece la paz.

María fue asunta al cielo por el Espíritu Santo, y allí intercede por nosotros. Lo vemos en las apariciones de la Milagrosa y sus milagros. Recemos: “¡Oh Dios! me has concedido pasar la noche en paz, en paz concédeme pasar el día. Que en todas partes vaya por el camino que Tú me indiques. ¡Oh Dios! vuelve derecho mis pasos. Haz que, hablando, no ceda a la calumnia, que, teniendo hambre, no ceda a la murmuración, que, estando satisfecho, no me vuelva prepotente” (oración etíope)

P. Benito Martínez, CM

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