Si Cristo ha resucitado, nunca debiéramos estar tristes, porque la fe le da a nuestra vida la base firme de que seguir a Cristo lleva a la felicidad eterna. Durante la Pascua en el Prefacio entonamos: «con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría». El Evangelio es un mensaje de alegría que anuncia la Buena Noticia de que estamos invitados a vivir el amor y es posible vivirlo aquí y ahora, porque Jesús nos amó primero naciendo, muriendo y resucitando. En la Anunciación el ángel invita a María a vivir la alegría mesiánica: “Alégrate, llena de gracia”. Y Jesús llama felices a los discípulos porque sus ojos ven y sus oídos oyen que ha llegado la Buena Nueva de la salvación universal y llama dichosos a los que cumplen la voluntad de su Padre.

Los motivos de este gozo los señalan los Prefacios en la liturgia de todo el ciclo pascual: «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida; porque en la muerte de Cristo y en su resurrección hemos resucitado todos; porque él no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos ante ti; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre; porque en él fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba caído y renovada en plenitud la salvación; porque ofreciéndose por nuestra salvación, quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar».

La alegría emoción humana

La alegría, junto con el miedo, es una emoción del ser humano. Por eso es imposible definirla. Sólo se la puede conocer por experiencia. Si alguien nunca la ha experimentado, jamás sabrá lo que es estar alegre, por mucho que se le quiera explicar. Lo bueno es que todos la hemos sentido. ¿Quién no ha sentido alguna vez que interiormente está satisfecho y que este estado de alegría le produce un bienestar general ante un episodio pasajero de alcanzar un deseo o evitar una desdicha, o ante algo estable, como es descubrir los aspectos positivos de la vida diaria? Cuando la alegría es algo estable solemos afirmar que estamos contentos, como lo estamos cuando comprobamos que Dios cuenta con nosotros y le somos útiles en la salvación de los pobres. Es la llamada a la alegría que hacían los fundadores a las primeras jóvenes que entraron en la Compañía por haber sido llamadas por Dios para servir a los pobres, alcanzando con ello la salvación en esta vida y en la otra, si los servían con alegría.

No es una exageración afirmar que la alegría es el denominador común de todos los valores. Y comprendemos que san Vicente insistiera a santa Luisa, cuando comenzó a dirigirla, que buscara la alegría o que estuviera alegre. Porque toda persona busca la alegría y la felicidad, sin identificarlas, ya que la felicidad nunca se da sin alegría, mientras que la alegría puede darse sin felicidad. Es la experiencia que llevó consigo santa Luisa durante toda su vida de sufrimiento, al tiempo que animaba a Sor Isabel Martin y a Sor Magdalena para que vivieran alegres en medio de sus enfermedades y dolores.

La formación ha de ser para la alegría, y el aprendizaje de la alegría debe ser una de las asignaturas primordiales de la formación, con la consecuencia de ayudar a los formadores y a las Hermanas Sirvientes a ser personas que vivan la alegría que van a enseñar y a contagiar, porque la felicidad con su ropaje de alegría está arraigada en el corazón del hombre y va unida a la búsqueda de dar sentido a la propia existencia. Así lo demuestra la experiencia de tantos como buscan infructuosamente esta felicidad en las múltiples ofertas de la cultura del mundo, y son también tantos los que la buscan en el Dios presente en el mundo. Para estos la esperanza cristiana es la fuente de la alegría. Y de la tendencia a la alegría surgen el optimismo, la conciencia positiva, la seguridad, la autoestima y la satisfacción por la obra bien hecha. Esta tendencia fundamental del hombre a la felicidad y a la alegría se sustenta en el convencimiento de que es posible alcanzar lo mucho bueno y valioso que hay en el mundo. Es lo que llamamos un optimismo realista; los idealistas no tienen por qué ser optimistas y hasta pueden ser pesimistas, pues la vida está construida con altibajos de alegrías y tristezas, de gozos y sufrimientos. Sólo hay verdadera alegría si aceptamos esta realidad que nos lleva a disfrutar de las cosas sencillas de la vida, a pesar de que haya situaciones dolorosas.

Es vital aprender a estar alegres, viendo lo positivo de cada persona y de cada cosa, según los consejos que daba santa Luisa a las Hermanas para que hicieran unas recreaciones amenas, o el medio que les daba san Vicente para que hubiera un trato cordial: “Tenéis que procurar tener siempre, en vuestro trato, ese respeto cordial, que testimoniaréis por medio del rostro alegre. Pero, ¿qué es lo que tenemos que hacer, me diréis, para aparecer con el rostro sonriente, cuando el corazón está triste? Hijas mías, que vuestro corazón esté alegre o no, importa poco, con tal que vuestro rostro esté alegre. Esto no es disimulo, porque la caridad que tenéis con vuestras hermanas está en la voluntad; si tenéis la voluntad de agradarles, esto basta para que vuestro rostro pueda manifestar alegría”.

Aprender a estar alegres

«Aprender a estar alegres» es un objetivo constante en las Hijas de la Caridad. Con la alegría no se topa nadie de improviso, hay que fomentarla día a día en nuestro corazón, en la comunidad y en la calle, intentando sonreír y disimular las posturas molestas o caras largas de las compañeras y de los pobres. San Vicente decía que la actitud necesaria para dar alegría era mostrar cordialidad unas a otras, gracias a la alegría que se siente en el corazón y que se refleja en el rostro; pues cuando una persona siente alegría en su corazón, no la puede ocultar, sino que la manifiesta en el rostro. Es la actitud válida para hoy y que san Vicente y santa Luisa pedían a las Hermanas, desmenuzada de acuerdo con las situaciones en las que se pueden encontrar las Hijas de la Caridad ante las cosas sencillas y cotidianas presentes en todos los momentos de la vida, conversación, trabajo, amistad, conscientes de que la búsqueda ansiosa y descontrolada de los gozos conduce a la pérdida del equilibrio interior y a la tristeza.

Estar alegres supone aceptar las propias posibilidades y limitaciones, viviendo con alegría lo que somos y lo que tenemos, sin renunciar a mejorar; reír con frecuencia y contagiar la alegría es bueno para «pasarlo bien» todas juntas en la comida, recreación, fiestas y salidas. No se necesita mucho ingenio ni se trata de hacer cosas muy especiales, sino de hacer «especial» el estar juntas. Es el pilar que sostiene el edificio de una comunidad de amigas que se quieren y no tienen la atención centrada exclusivamente en lo que les falta. Lamentarse o quejarse de lo que ha ocurrido y ya es irremediable, mata la alegría, mientras que descubrir que las Hijas de la Caridad y las gentes son buenas, hace una fuente de alegría de sus ocupaciones, como expresión de su aportación a la sociedad, al tiempo que se valoran y experimentan que son útiles. San Vicente decía que había que pasar del amor afectivo al amor efectivo, al ejercicio de obras de caridad, al servicio a los pobres emprendido con alegría, entusiasmo, constancia y amor.

El sentimiento de tener que morir no quita la alegría

El sentimiento de morir no tiene por qué quitar la alegría. Si el sentimiento de saber que moriremos nos quitara la alegría, equivaldría a considerar la vida como una tragedia imposible de soportar. Pero, si es cierto que morimos, ¿cómo podemos estar alegres? La respuesta es sencilla: con la fe en el resucitado y la esperanza de que también nosotros resucitaremos. Aunque haya momentos de felicidad en esta vida, son pasajeros y hay que renunciar a la felicidad permanente y definitiva en esta tierra, pero hay que aprovechar su presencia cuando está ahí, en el despertar una mañana y sentir que la alegría es posible. Algunas veces habrá que echar mano de lo que Freíd llama el «trabajo del duelo». Has perdido al que amabas o a la que amabas más que a nadie en el mundo y la alegría te parece definiti­vamente imposible. La soledad y el dolor están presentes, pero la fe y la esperanza amortiguan y empujan hacia la alegría. Y sucede que seis meses o dos años después descubres que la alegría ha vuelto a ser posible, que incluso resulta real. Ese momento en que la alegría vuelve a ser posible atestigua el trabajo del duelo, que todo sufrimiento pasa, que después de la tormenta viene la calma, que la confianza en el Resucitado se ha cumplido y que lentamente renace la alegría. El duelo viene de la tristeza, pero con­duce a la alegría. ¿Qué quieres, resucitar sin morir?, decía santa Luisa. Somos mortales y no hay alegría sin la creencia en Dios como Padre y en Jesucristo como Salvador que nos llena de esperanza en la salvación eterna. En esta vida se cumple lo que decía Montaigne: «Toda alegría de los mortales es mortal.» Pero hay otra alegría que viene de Dios y es inmortal.

La alegría y el amor

Los que creemos en Jesús resucitado podemos mirar la alegría como el sentimiento agradable que nos causa la presencia de Jesús en los sacramentos y la presencia del Espíritu Santo en nuestro corazón y en medio de la comunidad. Jesús anima a sus discípulos: «Os he dicho esto para que participéis en mi alegría y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11). Quien experimenta la cercanía de Jesús, quien escucha y entiende sus palabras, siente la alegría, al experimentar que Jesús le ama. Y es que no existe un amor sin alegría. El amor al que nos invita Jesús brota de la fuente interior de la alegría. El amor de Jesús culminó muriendo por sus amigos, a los que encarga que se amen los unos a los otros tal y como él los amó. «El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos» (Jn 15,12ss). Esta es la verdad que nos llena de alegría.

El verdadero rasgo del cristiano es la alegría que da el amor. Al amor se le ha dado la connotación moralizante de la obligación de amar siempre y aún a los enemigos, cosa que parece imposible. Los discípulos sentían fascinación por la capacidad de amar que les dio el encuentro con Jesús resucitado, y esta fascinación los llenaba de alegría. No les importaba tanto la exigencia moral de amarse los unos a los otros, sino cómo ser capaces de este amor. La exigencia del amor no se encuentra en primer plano, lo que se encuentra en primer plano es la experiencia gozosa de un amor que da a nuestra vida el sabor divino de la alegría. Si nuestra vida consiguiera reflejar este amor, tal como lo describe san Lucas, la espiritualidad cristiana ejercería una nueva atracción también hoy en las personas que buscan la alegría. No es un ideal lo que cuenta san Lucas, sino la expresión de una realidad que vivían unos cristianos que se amaban y se sentían alegres: “A diario asistían juntos al templo, celebraban en familia la cena del Señor y compartían juntos el alimento con sencillez y alegría sinceras; alababan a Dios, y toda la gente los miraba con simpatía. Por su parte, el Señor aumentaba cada día el grupo de los que estaban en camino de salvación” (Hch 2, 46s).

P. Benito Martínez, C.M.

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