Jue 13, 2-7. 24-25; Salmo 70; Lc 1, 15-25.

O radix Jese: ¡Oh renuevo del tronco de Jesé

No es lo mismo saber que los milagros se dan, que creer que tú puedes ser el beneficiario de un milagro. No es lo mismo saber que para Dios no hay nada imposible, que Dios realice tu imposible deseo. Es como pensar que el brazo de Dios, poderoso en el pasado, ha ido perdiendo energía con el paso del tiempo. Algo así le debió suceder a Zacarías.

Él conocía la historia de su pueblo. Habría leído muchas veces, con emoción y temblor, la historia de Samuel y de Sansón (1ª lectura de hoy). Dios había hecho florecer el seno yermo de aquellas dos mamás. Su caso personal era muy similar y su oración y la de su esposa Isabel debió de ser muy fervorosa en un principio. Pero pasaron los años y la situación se hizo más grave: la vejez se hizo presente y la situación se convirtió en ‘imposible’. Como si Dios apuntara a lo “más difícil”. Y un día, esas súplicas, que cada día eran más desconfiadas, aunque nunca interrumpidas, fueron escuchadas. Dios asoció a Zacarías e Isabel a su plan salvífico. De esa pareja de ancianos, de esa carne marchita, Dios hizo nacer un niño. Juan es su nombre. Hijo de la vejez y del milagro. El bueno de Zacarías no se lo creía; ¿a poco el brazo de Dios seguía tan vigoroso como en el pasado?… Y se quedó mudo.

Y nosotros, ¿creemos que los milagros existen, pero que Dios ya agotó su cuota hace mucho tiempo? ¿No será nuestra fe la que se ha ido agotando?

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Miguel Blázquez Avis, CM

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