Han terminado las fiestas de Pascua y Pentecostés, nos toca reflexionar qué hacer en adelante

El movimiento de Jesús

En tiempo de Jesús había movimientos que esperaban la venida de un Mesías. Unos eran políticos, como los saduceos y los fariseos; otros eran armados, como los celotes, para liberar la nación judía del dominio de los romanos; pero había también movimientos mesiánicos religiosos que daban esperanza a los sectores populares marginados. De estos últimos eran considerados los movimientos de Juan Bautista y de Jesús.

También hoy existen movimientos mesiánicos políticos en forma de partidos que prometen un futuro esperanzador, su objetivo es el poder; hay también movimientos armados, llamados terroristas, aunque ellos se consideran guerrilleros o libertadores de su pueblo, y hay movimientos proféticos que se proponen ayudar a los oprimidos. La Familia Vicenciana es uno de estos. Sería interesante que sus miembros meditaran lo que hizo Jesús con su grupo y cómo lo hizo, antes de lanzarlos a socorrer las miserias.

Jesús inicia un movimiento profético anunciando un Reino de Dios que llegue a los pobres. Mientras existan miseria y opresión no puede haber Reino de Dios. Jesús, que pertenece al pueblo llano, toma partido por los pobres, se identifica con ellos y crea un movimiento libertador. Es un movimiento popular, considerado peligroso por el sistema establecido que lo persigue. Los signos que expresan la peculiaridad de ese movimiento son: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 22). Jesús sabe que él solo no puede realizar la revolución y que no perdurará, si no elige a unos compañeros que vayan por el mundo anunciando la Buena Noticia. A estos discípulos les pide embarcarse en una aventura peligrosa que puede acarrearles la misma suerte que al Maestro.

Este movimiento nació de una experiencia contemplativa que tuvo Jesús en el desierto, donde sintió a Dios como un Padre presente entre los pobres, mientras que el movimiento de los ricos saduceos decía que Dios estaba en el templo y el de los fariseos, que estaba en el cumplimiento de la ley. Quiere inaugurar una nueva forma de sociedad donde también los pobres puedan ser felices.

San Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y el beato Federico Ozanam con siete compañeros pretendieron hacer una copia de este plan con los grupos de hombres y mujeres que se les unieron. Tanto la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad como la AIC y la SSVP son movimientos parecidos al de Jesús, anunciando el Reino de Dios a los pobres y declarando que la pobreza impide la llegada de este Reino. Al igual que el movimiento de Jesús, los movimientos vicencianos fueron sospechosos y perseguidos por el estamento oficial civil y eclesiástico. Mazarino receló de san Vicente y la Compañía de las Hijas de la Caridad tuvo dificultad para ser aprobada por la Iglesia y el Estado. La AIC fue impedida en Macon y la SSVP creció en medio de la incredulidad.

Los fines de todos los movimientos vicencianos son la liberación, promoción y evangelización de los pobres, debido también a una experiencia divina que tuvo san Vicente durante varios años, considerada como una duda de fe, que se materializó en Folleville, Châtillon y en el encuentro con Margarita Naseau. La mujer más importante en los grupos femeninos vicencianos, Luisa de Marillac, había llegado a la misma conclusión también después de una experiencia contemplativa llamada “Noche mística”. Y la SSVP es el resultado de unos estudiantes dedicados al estudio y a la oración.

De acuerdo con las bienaventuranzas

Las personas que deciden unirse a la Familia Vicenciana también reciben en una experiencia de Dios el carisma o vocación de ayudar a los pobres viviendo de acuerdo con las bienaventuranzas. Modernamente tanto los escrituristas como los teólogos están divididos sobre las bienaventuranzas en cuanto programa de vida. Pero, acaso no sean ningún programa de vida, sino un reflejo de la situación en que quedan los que optan por vivir el mismo estilo de vida de Jesús, soltando las amarras y navegando mar adentro. La primera bienaventuranza, dichosos los que eligen ser pobres y la última dichosos los que se mantienen fieles a esta elección son el escenario en el que se desarrollan las otras seis.

La primera, pobres de espíritu, es la principal. Espíritu en el sentido semita significa la fuerza vital, las disposiciones que empujan a un hombre a actuar como persona, a elegir vivir voluntariamente la pobreza en contraposición a la pobreza impuesta. Una vez convertida en Hija de la Caridad una joven vive ya el Reino de Dios que espera y será definitivo en la escatología. Lo esencial es pertenecer al grupo, a la Compañía. Las otras Bienaventuranzas valen si te incluyes en el número de quienes han optado vivir la pobreza radicalmente dentro de la Compañía. No es una pobreza impuesta por las estructuras, sino una pobreza voluntaria para sacar a los pobres de su pobreza desde dentro con la fuerza del Espíritu. De acuerdo con la última bienaventuranza, la Hija de la Caridad entra en la Compañía para permanecer y perseverar toda la vida sin abandonar nunca.

Las tres grandes ambiciones

Para pertenecer a la Compañía, viviendo la pobreza voluntaria, dice san Vicente, hay que consumirse por Dios y tener bienes y fuerzas solo para gastarlos por Dios, que es lo que hizo Nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre, echando fuera:

  • La ambición de tener: No es tanto el tener cuanto en la libertad de llevar una vida cómoda y segura. La pobreza en la Compañía se centra, más que en el poseer, en no poder disponer de los bienes, y su voto de pobreza se concreta en no disponer de nada propio, obligándose a pedir permiso para usar de sus bienes. Los fundadores lo tuvieron en cuenta y colocaron la humildad como centinela de la pobreza personal y comunitaria. Si la pobreza es la puerta por donde se sale al servicio, la humildad es la llave que abre la puerta.
  • La ambición de poder: En las relaciones sociales aprendemos que quien ambiciona la autoridad o la categoría social resulta insoportable. Jesús insistía en acoger la autoridad y el liderazgo como un servicio, pues él había venido para servir y no para ser servido, y a sus seguidores les contaba anécdotas prácticas sobre los sirvientes. También san Vicente y santa Luisa presentan a las Hijas de la Caridad como sirviertas, no sólo de nombre, sino por oficio y ministerio. Es el papel que desempeña la obediencia y la sencillez en el organigrama de su espíritu: nada de engaño, sino autenticidad en su categoría de sirvientas.
  • La ambición de prestigio, de querer figurar. Jesucristo advierte a sus discípulos del peligro de las oraciones, ayunos y limosnas hechas para que los vean los hombres, para ser reconocidos y no pasar por la vida como un ser indiferente, es querer perdurar, existir siempre al menos en los hijos. Las Hijas de la Caridad se comprometen con un voto de castidad en el celibato a renunciar a la descendencia que podría continuar el prestigio.

Una joven que ha dominado las tres ambiciones y elige la pobreza voluntaria para pertenecer a la Compañía y anunciar el Reino de Dios a los pobres, asume una forma de vida que la sumerge en unas situaciones que Jesús aclara de acuerdo con ese mismo Reinado del Padre en otras seis bienaventuranzas que tienen en cuenta las actitudes internas de las personas y las relaciones sociales en la que viven. Jesús no bendice las situaciones desgraciadas, sino a las personas que superan esas situaciones y luchan contra ellas:  Dichosos los sufridos o que lloran, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia, los mansos que no ejercen una violencia incontrolada, los que trabajan por la paz, los perseguidos. Jesús no anuncia que vaya a solucionar los problemas materiales de los pobres o de las comunidades, pero las Hermanas sentirán la alegría de estar a bien consigo mismas. Jesús no llama felices a los emigrantes, parados, presos, oprimidos o maltratados. Llama felices a los que luchan por sacarlos del agobio.

Autor: P. Benito Martínez, C.M.

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