Hch 3, 13-15. 17-19; Sal 4; 1Jn 2, 1-5; Jn 24, 35-48.

“Que la paz esté con ustedes”

El mismo Jesús que dice: “Bienaventurados los pacíficos, los hacedores de paz” es el que paradójicamente aconseja a los suyos que “se alegren cuando sean perseguidos por su causa”, y es el mismo que al resucitar trae a los suyos el mismo mensaje: “Paz a ustedes”. Y esa paz les llena de tal alegría que les incapacita para reconocer a su Señor.

Paz de saberse perdonado por el Señor de la vida que la ha dado por cada uno de nosotros.

Paz al saber que fue mayor la bondad del Señor que la traición de todos los suyos y que las negaciones de Pedro. Y tantas traiciones mías…

Alegría porque ninguno de nosotros, ni el más pequeño, está olvidado o aparcado por el Señor, como pudo ser Tomás el incrédulo.

Alegría porque ese Jesús a quien sus discípulos reconocieron como el mismo y como el nuevo, no es un fantasma para nosotros los que sin ver hemos creído, sino el autor de la vida que camina hombro con hombro con cada uno de nosotros.

No es la alegría mezquina del saber que nos hemos librado del castigo. Es la alegría ante la inmensa bondad de un Dios hecho hombre que desde la cruz pide por mí:“Padre, perdónale porque no sabe lo que hace”.

Abramos nuestra vida a la gracia de Jesucristo vivo. Dejemos que Él aclare todas nuestras dudas, nos haga conocedores de su plan de salvación.

Fuente: “Evangelio y Vida”, comentarios a los evangelios. México.
Autor: Juan Rodríguez Gaucín, cm

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