David M OConnell

Tomado de The Monitor, periódico de la Diócesis de Trenton, New Jersey:

Soy un sacerdote vicenciano, miembro de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl (CM). He pasado toda mi vida adulta en esta comunidad.

Mi viaje a la vida consagrada es un proceso que se inició en la escuela primaria, cuando comencé a leer sobre San Vicente de Paúl y la congregación que fundó en 1625. Desde que tengo uso de razón, siempre quise ser sacerdote. No ha habido otros sacerdotes o religiosos en mi familia, que me pudiesen dar ejemplo o con los que poder hablar de lo que significa servir a Dios y a su Iglesia en la vida consagrada. Fui a la escuela católica en la Arquidiócesis de Filadelfia, donde enseñaban las Siervas de María Inmaculada (IHM). Estas grandes religiosas fueron las que me inspiraron con su palabra y testimonio. Fui monaguillo y cercano a los sacerdotes diocesanos que servían en mi parroquia. Estos grandes hombres, sobre todo mi párroco, me inspiraron con su palabra y testimonio. Aquellas hermanas y estos sacerdotes fueron los que primero pusieron en mi mente el deseo de servir desde la vocación sacerdotal, más por lo que hicieron y la forma en que lo hicieron que por cualquier palabra que dijeron.

En los años 1950 y 60, la parroquia y la escuela parroquial católicas desempeñaron papeles sumamente importantes en la vida católica. Eran los lugares donde sucedían todas las cosas: Misa, bendiciones, bautizos, bodas y funerales; estudios, danzas y deportes; voluntariado, caridad, eventos sociales y, también, ¡bingos! Cada año, el Club Serra patrocinaba un «Día de la Vocación» en mi escuela parroquial; entonces, representantes tanto masculinos como femeninos de cada orden religiosa conocida llegaron se reunían en el gimnasio para tratar de llamar la atención hacia la vida religiosa a niños y niñas jóvenes e impresionables. Vestidos con los hábitos que los distinguen a unos de otros, estas hermanas, hermanos y sacerdotes distribuían carteles y folletos y hablaban con nosotros sobre sus vidas y ministerios con entusiasmo. Me recuerdo viajando en el bús escolar, de regreso a casa con mis compañeros de clase, charlando acerca de llegar a ser una hermana o un sacerdote y de ir como misionero a alguna tierra exótica.

Por supuesto, estos recuerdos son de días que ya han pasado. Pero siguen tan frescos en mi mente como si hubieran sucedido ayer. Eran buenos días. Nos hicieron pensar en la vocación y nos presentaron algunas posibilidades para nuestras vidas. Fue durante una exposición como estas cuando primero oí hablar de los Misioneros Paúles y conocí a un sacerdote vicenciano. Algo quedó, algo que me impresionó de la obra de San Vicente de Paúl con los pobres en las calles de París y en toda Francia. Algo me hizo imaginarme a mí mismo trabajando juanto a sacerdotes como aquél que conocí. Los Misioneros Paúles no usaban hábitos especiales; se vestían igual que mis párrocos. No eran muy conocidos en los Estados Unidos. De hecho, yo nunca había oído hablar de ellos con anterioridad, aunque su Casa Madre local estaba en Filadelfia. Pero la idea de ser misionero y viajar por el mundo en lugar de servir en una diócesis me intrigó —lo suficiente como para escribir solicitando más información, lo suficiente como para desear visitar su seminario, lo suficiente como para que me uniera a ellos de joven. Y el resto es historia.

Los Misioneros Paúles no son una orden religiosa, a la manera de los franciscanos o los jesuitas. Se trata de una «Sociedad de Vida Apostólica»: sacerdotes y hermanos con votos simples de pobreza, castidad y obediencia, que viven juntos, en comunidad, y trabajan como misioneros, maestros y predicadores; como capellanes en cárceles, hospitales e universidades; y párrocos en las diócesis de Estados Unidos y del mundo. Es curioso, pero mis sueños adolescantes de unirme a la Congregación de la Misión para convertirme en misionero nunca se materializaron. Dios tenía otros planes. Pero, a través de todos los ministerios que he tenido, incluyendo el actual de obispo diocesano, nunca he perdido o renunciado a mi deseo de seguir a San Vicente de Paul y a sus cohermanos; de ser consciente de los pobres y los necesitados; de amar y servir a los sacerdotes; y de predicar el Evangelio en cada momento y circunstancia de la vida. Ser vicenciano realmente influye en la manera en que vivo y en mi ministerio como obispo. Estoy feliz de celebrar este «Año de la Vida Consagrada (2014-15)» como obispo diocesano, firmando con las letras «CM» después de mi nombre. Son un recordatorio diario delugar donde comenzó mi camino y de cómo debo vivir mi sacerdocio. Rezo para que otros jóvenes busquen convertirse en sacerdotes, en la vida consagrada, en los Paúles y en la diócesis de Trenton. «Y tú, ¿por qué no? ¿Por qué no ahora?»

Traducción: Javier F. Chento

Pin It on Pinterest

Share This