Si no nos perdonamos, no hay convivencia

por | Ene 29, 2022 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Los enfrentamientos que estamos viviendo entre los partidos políticos, al pueblo le parece puro teatro y pide olvidar las acusaciones y hacer borrón y cuenta nueva. Está cansado y asqueado de tantos enfrentamientos partidistas y quiere que los políticos afronten lo que verdaderamente importa a la gente humilde y a la pudiente: el paro, la migración, los ocupas, los alquileres de viviendas y locales comerciales, porque estos problemas son lo que de verdad afectan a la vida diaria de las familias y ocasionan roces y molestias. Dicho de una manera muy conocida: perdonarse y cuenta nueva en familia y en la calle. Perdonar los roces y molestias de la vida, no se puede decir que sea siempre un acto de perdón, más bien, suele ser un acto cívico de urbanidad que no se corresponde con el perdón cristiano reflejado en el perdón que da Jesús desde la cruz, disculpando a quienes le crucificaban.

Algunos dicen que perdonar es propio de caracteres débiles, y puede ser que ciertas formas de perdón lo sean, pero el perdón sincero no lo es, más bien, por el esfuerzo que se requiere para perdonar, es propio de temperamentos fuertes. El perdón sincero es el aire que respira la convivencia. También afirman que el perdón es incompatible con la justicia, que la justicia está por encima de todo. En el fondo hay dos principios inapelables: Uno, la justicia es la base de la convivencia, otro, el amor supera a la justicia. El poderoso defiende la justicia, el pobre reclama el amor. Porque quien pide justicia no suele tener en cuenta las circunstancias de las personas ni sus necesidades ni su pobreza ni el arrepentimiento, sólo tiene en cuenta el «rigor de la justicia». Pero también es cierto el aforismo latino Summum ius summa iniuria que popularizó Cicerón (Marco Tulio Cicerón, De officiis Liber primus, 33) y que se traduce por «exigir el derecho supremo es la suprema injuria», en el sentido de que aplicar la ley al pie de la letra puede convertirse en el mecanismo para establecer una injusticia.

El paso del tiempo lo cura todo y quien desea perdonar tiene que esforzarse por olvidar. Pero, aunque uno se esfuerce en olvidar, no siempre se puede, porque la memoria funciona independiente de la voluntad. Y hasta algunas veces es conveniente no olvidar para no repetir los mismos errores. Sin embargo, más comúnmente con la frase perdono, pero no olvido se quiere señalar que el rencor o el deseo de venganza perviven en el corazón y pueden salir a flote en cualquier momento. Perdonar sin olvidar puede llevar a tener continuamente presente el recibo de lo que se le debe y estar dispuesto a pasar factura en la primera ocasión que se presente. Un corazón que anida el veneno del resentimiento, del rencor, de la venganza o del ansia de castigar ni es humano ni da el perdón cristiano.

Sin embargo, el castigo no está reñido con el perdón. No castigar es clemencia, se perdone o no se perdone. Una madre siempre perdona a sus hijos, aunque los castigue. El rencor es lo que nunca tiene justificación, mientras que el castigo puede justificarse como un aprendizaje que nos da el pasado, el escarmiento para el presente y los argumentos para no cometer en el futuro los mismos errores.

El perdón está en el interior del ser humano; perdonar es no guardar en el corazón rencor ni odio ni ansia de que el ofensor sea castigado. Perdonar es intentar encontrarse con el hermano al que se puede corregir sin desear exterminarlo de la tierra de los vivientes. Perdonar, como Jesús lo enseñaba en Parábolas y lo practicó cuando estaba clavado en una cruz, es la mejor manera de relacionarse y demostrarle el amor a quien obra mal. Buscarse subterfugios o motivos falsos para hacerlo de otra manera, no es perdonar.

Benito Martínez., C.M.

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