El centro de la vida

por | Dic 26, 2021 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

María es alegría y es esperanza; la alegría inicial, la esperanza en un final que, de hecho, no lo es. Bendita sea porque ha creído. Siempre cerca de su hijo, dejándole seguir el camino que era el suyo, María nunca «sale de escena»: ni de la vida de Jesús, ni de la vida de la Iglesia, ni de nuestra vida.

La presencia de María en la narración bíblica es relativamente discreta: desde un punto de vista objetivo, María aparece pocas veces y tiene, junto al «protagonista» y otros personajes destacados, una importancia reducida, de personaje secundario. Sin duda, esta observación es también el resultado de la historia y la cultura: una historia contada por hombres y una cultura que daba poca relevancia a las mujeres, relegadas en la vida cotidiana a la esfera doméstica y confinadas a los relatos parahistóricos. A pesar de esta evidencia, cuyas razones y consecuencias no discutiremos aquí, hay otra que debería hacernos detener un poco: en su presencia como personaje bíblico, María es protagonista o testigo de momentos de alegría y esperanza.

El tono de interpretación literaria del párrafo anterior es sólo una estrategia retórica para la redacción de este texto; sé, sabemos, que la Biblia no es un libro de cuentos, una larga novela, ni un reportaje o una crónica historiográfica. Jesús, María, los discípulos, Juan el Bautista, Isabel, ninguna de las figuras bíblicas del Antiguo o del Nuevo Testamento son personajes de una historia de ficción. Por eso, la lectura de la Biblia va mucho más allá del ejercicio literario de la interpretación; la lectura de la Biblia convoca en nosotros la vertiente fundamental de la meditación, de la asimilación vital de la Palabra. Casi, casi, como María, que acompañaba a su hijo y guardaba todo en su corazón (cf. Lc. 2, 51).

María, la madre de Jesús, aparece en los Evangelios, en particular en el de Lucas, envuelta en dos palabras: alegría y felicidad. La narración de Lucas comienza con una sucesión de motivos de celebración: El anuncio de la maternidad de Isabel, que había perdido la esperanza de ser madre, la promesa de la llegada de Juan el Bautista, preparando la venida de Jesús; María visitada por el Ángel que la saluda con alegres deseos, la aceptación gozosa de María de concebir al hijo de Dios, María que se apresura a la casa de Isabel para alegrarse junto a su amiga… En las historias paralelas de estas dos mujeres de hace dos mil años, como tantas veces en la vida de otras mujeres hasta el día de hoy, el hecho de compartir tal condición, el embarazo, las lleva a querer estar juntas, a vivir juntas las angustias y la esperanza de esos meses de embarazo. María quiere estar cerca de Isabel, como estará cerca de su hijo, como está (por) siempre cerca de nosotros.

Nuestro primer encuentro con María es el fundamento de nuestra alegría inicial: es en ella donde la Buena Noticia se convierte en Vida para nosotros. La vemos de nuevo envolviendo a su hijo en pañales (Lc 7), presentándolo en el templo (Lc 2,22), percibimos su preocupación por no saber dónde está (Lc 2,44), imaginamos su deseo de ver a Jesús y comprendemos que ya no puede alcanzarlo (Lc 8,19) y escuchamos en María la voz de nuestra propia madre, interviniendo entre nosotros y el mundo (Jn 2).

Insisto, María es alegría y es esperanza; alegría inicial, esperanza en un final que, de hecho, no lo es. Bendita sea porque ha creído. Siempre cerca de su hijo, dejándole seguir el camino que era el suyo, María nunca «sale de escena»: ni de la vida de Jesús, ni de la vida de la Iglesia, ni de nuestra vida.

En su homilía del 1 de enero de 2015, solemnidad de María Santísima Madre de Dios, el papa Francisco recordó que «Cristo y su Madre son inseparables». Y si Jesús es el centro de nuestra eternidad, permítanme la audacia de apropiarme del final del poema «El precioso perfume» de José Tolentino Mendonça:

Siempre recordaré [a esa Madre]
la plomada perfecta
que señala el centro de la vida.

Inês Espada Vieira
Fuente: https://www.padresvicentinos.net/

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