“Enséñanos, Señor, el camino de la vida“
Dn 12, 1-3; Sal 15; Heb 10, 11-14. 18; Mc 13, 24-32.
A lo largo de nuestra existencia vamos caminando en un peregrinaje hacia la vida plena, en la presencia de Dios. En esta tierra todos somos migrantes y, al final del camino, salimos de este mundo para ir en busca de nuestro mayor bien. Mientras vamos de camino hacia la promesa amorosa de entrar al Reino de Dios, cada quien, a su modo y a su manera, se esfuerza por vivir en fidelidad a Dios.
Así como la higuera florece en verano, también la vida diaria está llena de signos de la naturaleza que nos rodea. Al mostrarnos su imponente fuerza y esplendor, podemos ver en la misma naturaleza cuan inmensa es la grandeza de Dios, creador de todo lo visible e invisible.
El evangelio de hoy nos habla de signos y señales que se dan en la naturaleza. A partir de ello, veamos en nuestra persona la presencia de Dios que nos habita y que da vida a todo lo creado. Reflexionemos sobre la forma en que vivimos, porque al final, lo que importará es cómo hemos vivido, más que cómo hemos dejado este mundo.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Seminaristas del Seminario Vicentino de Tlalpan, Ciudad de México
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