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Los derechos de las mujeres

por | Jul 3, 2021 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

En España, tras las movilizaciones multitudinarias del 8-M y las violaciones grupales de ‘la Manada’, el feminismo se impuso como noticia. La pandemia que sufrimos lo ha relegado sin eliminarlo, y de vez en cuando salta al centro, porque el feminismo no es una moda, aunque esté de moda, es mucho más, es exigir y defender la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Santa Luisa de Marillac en las visitas que hizo a las Caridades descubrió el estado lamentable de las niñas y estableció escuelas para niñas pobres. Era el camino para lograr un trabajo. Los padres, cuanto más pobres, menos ilusión mostraban por enviar a sus hijos a la es­cuela, ya que, además de tener que pagar las clases, sabían que sus hijos nunca saldrían de pobres. Preferían que aprendieran un oficio. En peor situación estaban las niñas. Las familias consideraban un lujo las escuelas femeninas. Lo más útil para ellas y para las madres que trabajaban en el campo, era emple­arlas en las faenas domésticas. La situación de las mujeres era lamentable. El abad Michel de Pure pone en boca de la heroína de su novela La Précieuse: “Yo fui una víctima inocente, sacrificada como una esclava, atada, aplastada, sin tener la libertad de manifestar mis deseos, de poder elegir… y me sepultaron viva en el lecho del hijo de Evandro”[1]. Lo dice una protagonista de novela, pero lo podría haber dicho María de La Noue, mariscala de Temines, casada a los 13 años con el señor de Chambret, de 55 años, brutal y cubierto de úlceras, y tantas mujeres como cita Tallement des Réaux.

La mujer raramente podía actuar como persona libre. No se la permitía instruirse, ya que podría avergonzar a su marido, si estaba más instruida que él. Desde que nacía pertenecía a un hombre, padre, marido o tutor y formaba parte del patrimonio de uno de los tres. La muerte del marido ocasionaba duras consecuencias, a no ser que la viuda tuviera título o dinero. Considerada como una menor podía ser golpeada por el marido como lo había sido por el padre. La mujer adúltera era encerrada en un convento o condenada a muerte, mientras que el adúltero era condenado a pagar una multa o al destierro temporal. Indigna el caso de Jacques Chevallier, casado, que tiene por amante a su sirvienta Gillette de la Vigne, soltera, que le ha dado seis hijos. Acusado de adulterio es condenado a un año de destierro y a una multa de 400 libras, y ella, condenada a muerte y ejecutada. Y como la matriz no transmite nobleza, la aristócrata que se casaba con un plebeyo perdía la nobleza, pero la conservaba el noble que se casaba con una plebeya.

En 1586 Juan Bodin declaraba: “a las mujeres se las mantiene al margen de mando, juicios, asambleas públicas y consejos, de modo que sólo presten atención a sus ocupaciones domésticas”[2], y a dar hijos al marido. Para eso no necesita cultura. Lo más, aprender a leer y algo de cuentas, pero rara vez -por ser peligroso para la moral- aprender a escribir. Está dotada de un entendimiento inferior al hombre y si se le concede cierta igualdad en la instrucción es para que los maridos tengan con quien conversar dignamente y porque una mujer es una madre en ciernes que deberá educar a los hijos y enseñarles la lectura y el catecismo.

La diferencia sexual implica inferioridad para el sexo débil en una sociedad dominada por la fuerza física necesaria para la agricultura o la guerra. Esta situación era admitida por nobles, ricos y pobres. Aristóteles declaraba que la mujer es un varón frustrado, y santo Tomás de Aquino, que la mujer nace de un fallo de la naturaleza[3]. La Iglesia era más dura. La jerarquía eclesial masculina y los teólogos, frailes en su mayoría, tenían presente lo que afirmaba san Pablo: “El jefe de la mujer es el hombre, pues no fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre” (1Co 11, 3s), y encontraban en estas ideas una disculpa a la escandalosa inmoralidad de bastantes sacerdotes y religiosos, pobres ingenuos seducidos por las artes eróticas de la mujer, puerta del diablo, según Tertuliano. Desconfiaban hasta de las religiosas a las que había que encerrar dentro de altos muros con celosías en las ventanas[4]. La mujer decente debía estar casada o en un convento. La soltera quedaba marginada por el doble motivo de ser mujer y estar soltera. Un argumento que expone santa Luisa al Ayuntamiento de Paris para pedir la instalación de una fuente en el patio de la Casa de las Hijas de la Caridad fue escuchar insinuaciones sucias y groseras que los aguadores hacían a las Hermanas al considerarlas mujeres solteras (Df 721, c. 698).

Olvidándose de los hombres que las contrataban, las prostitutas formaban parte de los grupos ‘criminales’, como las brujas, que había que eliminar[5]. Lo componían obreras mal pagadas o en paro y chicas recién venidas del campo seducidas por sus patronos[6]. Los fundadores se ocuparon de estas mujeres. Empujado por la Marquesa de Maignelay y el arzobispo de Paris, san Vicente trabajó para que no desapareciera el convento de las Magdalenas o Arrepentidas y continuaran dirigiéndolo las Hijas de la Visitación, además de intervenir en la redacción de sus Constituciones. No se olvide que a la joven que por un tiempo fue nuera de santa Luisa se la encerró en las magdalenas[7].

Mentalidad de san Vicente y santa Luisa

En tiempo de san Vicente ya aparecen voces contra esta injusticia en los salones de Me. Rambouillet y Scudéry y entre las llamadas preciosas (que tienen precio, que valen). Aparecen mujeres reclamando sus derechos como María de Gournay y María Guyart [María de la Encarnación]. Alrededor de los derechos femeninos gira la querelle des femmes o debate de mujeres. En algunos aspectos, también san Vicente y santa Luisa pueden ser considerados defensores de los derechos de la mujer. Solo en algunos aspectos, pues los dos aceptan la situación social y no se enfrentan a ella, especialmente santa Luisa. Para comprenderla hay que tener en cuenta que la señorita Le Gras era una viuda de la burguesía que debía defender los derechos de un hijo varón menor de edad y esto le daba autonomía. Por otra parte, también a ella la marginaron las leyes por tener un nacimiento oscuro. Tuvo que asumir las estructuras sociales y no se atrevió a rebelarse. Sola, sin un varón, padre o marido, que la protegiera, fue declarada mayor de edad al cumplir 19 años para poder defender sus pocos bienes. Cansada de luchar, se dio cuenta de lo indefensa que estaba una mujer y se apoyó en un hombre, su director Vicente de Paúl. Este fue uno de los motivos por el que exigía que el Superior General de la Compañía fuera Vicente de Paúl y pedía que las comunidades consideraran a los superiores de los paúles como sus superiores, si residían en el mismo lugar, y que las Caridades tuvieran a un hombre como procurador.

Este sentimiento de inferioridad femenina puede comprobarse comparando algunas frases de santa Luisa con otras parecidas de la feminista María Labé, medio siglo antes: “Habiendo llegado el tiempo de que las severas leyes de los hombres no impiden a las mujeres dedicarse a las ciencias y al saber, me parece que las que tienen facilidades deben emplear esta honesta libertad, que nuestro sexo en otro tiempo tanto ha deseado, a dedicarse a ello y mostrar a los hombres el perjuicio que nos hacían al privarnos del bien y del honor que de ello nos podía venir”. Luisa escribe algo parecido, pero distinto: «Es eviden­tísimo que en este siglo la divina Providencia se ha querido servir del sexo femenino pa­ra que aparezca que era ella sola la que quería socorrer a los pueblos afligidos» (E 71). Con este párrafo aceptaba la inferioridad femenina, ya que la divina Providencia ha elegido a la mujer por ser inferior al hombre y manifestar así que es ella sola quien socorre al pobre. Y en un proyecto de Hospital General que le encargaron las Damas de la Caridad escribe: «Si se mira la obra como política, parece que la deben emprender los hombres si se mira como obra de caridad, la pueden emprender las mujeres… Que sean ellas solas, parece que ni se puede ni se debe; por ello, sería de desear que algunos hom­bres de piedad… se les uniesen, tanto para los consejos, diciendo su parecer como una de ellas, como para actuar en los procesos y actuaciones de la justicia… Hay que desear que los hombres ayudantes no se desdeñen de este papel, aun­que, hablando humanamente, parece que esta manera de actuar no sea razonable» (D 558).

A los que decían que las obras de caridad son propias de hombres y no de mujeres, san Vicente respondía: “sepan señoras, que Dios se ha servido de vuestro sexo para realizar las cosas más grandes que se han hecho en el mundo” (X, 939, 945), y “puedo dar testimonio en favor de las mujeres, que no hay nada que decir en contra de su administración, ya que son muy cuidadosas y fieles”, prefiriéndolas a los hombres, ya que éstos “desean hacerse cargo de todo y las mujeres no lo soportan”. Y concluye: “fue necesario quitar a los hombres”. (IV, 71). Años atrás escribió a santa Luisa: “hay que evitar que el señor vicario guarde el dinero. La experiencia hace ver que es necesario que las mujeres no dependan de los hombres en la bolsa” (I, 141). En Mâcon intentará hacer las Caridades también de hombres, y fracasó. Lo logrará Federico Ozanam.

P. Benito Martínez, CM

Notas:

[1] En Pol GALLARD, Les précieuses ridicules. Les femmes savantes. Molière, Hatier, Paris 1979, p. 8. Viuda a los 18 años, se la volvió a casar con un octogenario que murió cinco semanas después (TALLEMENT DEX RÉAUX, Historiettes, II (annoté par Antoine Adam) La Pléiade, Paris 1961, p. 91).

[2] Citado por Natalie Zemon DAVIS, “Mujeres y política” en Georges DUBY y Michelle PERROT (dir.), Historia de las mujeres en Occidente. T. 3. Del Renacimiento a la Edad Moderna, (trad. de Marco Aurelio Galmarini) Taurus, Madrid 1992, p. 211.

[3] Sum. Theo. 1, q. 92, art. 1. (BAC Mayor, 1988, p. 823)

[4] SV.I, 222; VIII, 226s; IX, ps. 531,1176s.

[5] Sara F. Matthews GRIECO, “El cuerpo, apariencia y sexualidad”, en G. DUBY y M. PERROT p. 87.

[6] Eric A. NICHOLSON, “El teatro: imágenes de ella” en G. DUBY y M. PERROT (dir.), o. c. p. 324s; Jean-Pierre GUTTON, o. c. p. 48s.

[7] Pierre COSTE El Gran Santo del Gran Siglo. El Señor Vicente de Paúl, t. III, CEME, Salamanca 1992, p. 153-160; SV. I, 239, 279, 306, 316, 347; III, 278, 490; V, 301; VI, 506; SL. c. 32, 52, 131, 132.

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