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En los Boletines de la Sociedad de San Vicente de Paúl se pueden encontrar grandes textos que son plenamente válidos en la actualidad, aunque provengan de tiempos ya lejanos. Es el caso del texto que presento a continuación, de un discurso del presidente de la SSVP en España en 1858, en una de las Asambleas Generales:

Consagrémonos pues, al Pobre: esto será consagrarse verdaderamente a Dios, a quien hay muchas y verdaderas maneras de consagrarse. Que, a los auxilios que llevemos al desgraciado, acompañe siempre nuestro corazón, y esto será, para él, alivio verdadero y, para nosotros, un adelanto en el camino de la gracia. Por tanto, pues, comprendamos en toda su extensión, y repitamos siempre, estas palabras de nuestra oración, que nunca deberían caérsenos de la boca: Derrama [Señor] el mismo ardor caritativo sobre tus servidores, para que, por tu amor, den voluntariamente a los pobres los bienes que posean, y acaben por darse a sí mismos.

Nos separan más de 160 años de aquellos consocios que, entonces tal y como se sigue haciendo hoy día, se reunían varias veces al año en Asambleas Generales para crecer en amistad, en santidad y en caridad. La SSVP era joven entonces en España: no había pasado siquiera una década desde que Santiago Masarnau creara en la parroquia de San Sebastián de Madrid la primera conferencia española (el 11 de noviembre de 1849).

En este breve párrafo hay varios detalles que merecen destacarse, y que nos invitan a vivir nuestra vocación vicentina con renovado impulso:

  • Lo primero que llama la atención es la palabra Pobre, en mayúscula, al mismo nivel que la palabra Dios. Para un vicentino no es un detalle sin importancia: el pobre es, para nosotros, auténtico rostro de Cristo sufriente, y, viendo su pobreza, sus llagas y su dolor, nosotros nos presentamos ante ellos como ante el mismo Jesucristo, como nos enseñaron san Vicente y el beato Federico:

«Los pobres son nuestros amos, son reyes, señores»[1].

«A los pobres los vemos con los ojos de la carne, están ahí, y podemos meter el dedo y la mano en sus llagas, y las huellas de la corona de espinas son visibles en sus frentes; aquí ya no cabe incredulidad, y deberíamos caer a sus pies y decirles con el Apóstol: vosotros sois nuestros amos y nosotros seremos vuestros servidores, vosotros sois para nosotros las imágenes sagradas de ese Dios al que no vemos, y, no sabiendo amarle de otro modo, lo amaremos en vuestras personas»[2].

  • Como dice el texto, hay muchas maneras de consagrarse a Dios en la Iglesia y en el mundo. Todos conocemos algunas de ellas. En la misma Familia Vicenciana, las sendas para seguir a Jesucristo, servidor de los pobres, son múltiples: hay religiosos, consagrados y laicos; hombres y mujeres; solteros y casados; niños, jóvenes y adultos. Todos compartimos la vocación de santificarnos en el servicio a los necesitados.
  • Pero no basta curar las heridas físicas y llenar los estómagos hambrientos. Nuestros «auxilios» han de ir acompañados de «nuestro corazón». Porque no somos meros administradores de ayudas. No somos, solamente, una ONG que lucha contra la desigualdad y la injusticia. Por supuesto que lo hacemos, pero nuestra vocación va más allá: Dios nos pide que entreguemos «nuestro corazón, alma y mente» al servicio y la promoción de los necesitados.
  • En este nuestro encuentro de tú a tú con ellos, nuestra vida se transforma de acuerdo al querer de Dios, avanzando en el «camino de la gracia». Ya el Reglamento general de la SSVP, que se publicó en España en 1853, indicaba como primer objetivo de la Sociedad «imitar el divino modelo, según lo permitan nuestras débiles fuerzas. Así que, el fin de nuestra Conferencia es, primero, observar sus individuos una vida cristiana, ayudándose mutuamente con sus ejemplos y buenos consejos». Pero, seguido, indica cómo se ha de realizar esto: visitando «a los pobres en sus casas, llevándoles socorros en especies y consolándoles piadosamente, acordándonos de aquellas palabras del Divino Maestro: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”[3]».
  • El anterior texto de 1858 finaliza con una oración que refuerza este sentimiento: que nuestra caridad nos muestre el camino de perfección; que nuestro «ardor caritativo», por amor a Dios, nos lleve a dar nuestros bienes «voluntariamente a los pobres»… Pero con un fin último: acabar dándonos a nosotros mismos, en totalidad: lo que tenemos y lo que somos.

Asombra descubrir cómo la Sociedad de San Vicente de Paúl, una organización que supera ya los 185 años de antigüedad, retiene tan celosamente la vocación a la que fue llamada por Dios, a quien los primeros consocios siempre atribuyeron la fundación de la Sociedad.

Conservemos, pues, este preciado tesoro que Dios ha regalado a toda la Familia Vicenciana, en la vocación de servicio a los empobrecidos. Vivamos con mucha esperanza y descubramos, en las palabras de nuestros hermanos que nos precedieron, el ánimo a seguir construyendo el Reino de Dios en la sociedad actual, tan llena de desigualdades y miserias.

Notas:

[1] San Vicente de Paúl, Correspondencia, IX, 1137.

[2] Carta de Federico Ozanam a Louis Janmot, del 13 de noviembre de 1836.

[3] Mt 4, 4.

Javier F. Chento
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