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Las Hijas de la Caridad y la pandemia del coronavirus

por | Oct 31, 2020 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

A los miembros de la Familia Vicenciana, en particular a las Hijas de la Caridad, les urge saber interpretar al Espíritu Santo, que habla por los acontecimientos del mundo; es un lenguaje que los vicencianos tienen que traducir. Las señales de tráfico establecen un diálogo con los conductores y sólo saben interpretarlas quienes las han estudiado. La pandemia del coronavirus es una señal de tráfico que Dios nos pone para que la interpretemos, y los Fundadores nos entregaron un código para saber interpretarla: las necesidades de los pobres.

La primera norma para hacer una lectura correcta del coronavirus es admitir que Dios no lo envía para castigarnos, que ha sido causado por la naturaleza o la libertad de los hombres, a quienes Dios les ha entregado la marcha del mundo. Y no vale acusar a otros y creer que Dios nos dice que fustiguemos a los culpables, con el peligro, como ya nos advirtió el papa san Juan XXIII, de convertimos en «profetas de calamidades». La crítica negativa es fácil, lo difícil es encontrar remedios. Sería doloroso que una Hija de la Caridad malgastara las energías en una labor negativa sin hacer nada para erradicar los contagios. Cuando santa Luisa se entera que algo ha sucedido en la vida de una comunidad, escribe: «Hermana, yo creo que el mal no ha llegado a tal extremo que no tenga remedio» (c. 15). Y cuando brota el rumor de que las Hermanas fallan en el servicio, avisa: «No debemos llamar a esto una aflicción. ¡Qué feliz comienzo! Tenéis motivos para consolaros. Dios asume a los afligidos» (c. 713) en un horizonte de esperanza, porque su intención no es «apagar la mecha que humea». La palabra de Dios siempre va dirigida a poner el Reino de Dios en los pobres, “miembros dolientes de Jesucristo». En agosto de 1636 san Vicente escribe al P. Antonio Portail que ante el empuje del ejército español en Picardía la gente huye a Paris. Y cuando en sus alrededores estalla la insurrección de la Fronda contra el despotismo de Mazarino, la gente se refugia en París, especialmente las mujeres jóvenes, carnaza sexual para los soldados. San Vicente y santa Luisa, ayudados por las Damas de la Caridad (AIC), dieron respuesta a aquella plaga y procuraron que las jóvenes no cayeran en la prostitución, acogiéndolas en conventos y residencias, o buscándoles lugares donde rehabilitarse. El lugar de aquellas jóvenes hoy lo ocupan los contagiados y el ejército que nos invade es el coronavirus. La Familia Vicenciana, en especial las Hijas de la Caridad, tienen que buscarles remedios a los contagiados. No hacerlo las convierte en náufragas egoístas, que solo buscan salvarse ellas sin preocuparse de los demás, aunque sean personas pobres. Ayudar a los contagiados puede chocar con nuestras preocupaciones, como le sucedió a santa Luisa entre ayudar a dos Hermanas necesitadas o atender a su vida interior (c. 128)

Para afrontar esta epidemia los gobiernos dan leyes sobre las reuniones y el uso de las mascarillas que todos debemos acatar. Es difícil compaginar autoridad y obediencia, derechos y obligaciones, también en las congregaciones religiosas. Aunque haya quienes por comodidad dejen toda la labor a los superiores, más frecuente es que algunos superiores todo lo quieran hacer ellos o por medio de compañeros de su agrado.

Las Hijas de la Caridad se comprometen en estos momentos a sacrificar sus intereses personales y comunitarios para luchar contra esta maldita epidemia. Se comprometen a ayudar a los enfermos y a evangelizarlos desafiando al contagio, pero con precaución; con entereza, pero sin descuidar sus obligaciones de Hijas de la Caridad; no suprimen los encuentros en la capilla, en el comedor y en la recreación ni las reuniones de acuerdo con sus Constituciones y Estatutos, pero acatan las leyes en cuanto a lugares, número, distancia de los participantes y uso de la mascarilla para evitar propagar el virus, mostrando a quienes las ven que saben sacrificarse. Fernando de la Calle, médico de la unidad de Enfermedades Tropicales del Hospital La Paz-Carlos III de Madrid ha estallado en redes sociales ante la pasividad de los jóvenes frente a la pandemia y los nuevos rebrotes que asolan España: «Salgo tres horas más tarde de mi horario por atender a pacientes de Covid-19 jóvenes y muy malitos… Saludos a los del botellón, a los del ansia viva por el copazo, arrejuntado a los de me besuqueo-achucho-comparto botellas a morro con mi gente». También las Hermanas deben suprimir todo lo que por imprudencia puede propagar la epidemia. Esto también es evangelizar y servir.

Dicen que se tardará uno o dos años en encontrar una vacuna eficaz contra el coronavirus. Mientras tanto, para vencer la pandemia, todos tenemos que unirnos por medio de la compasión. Si no mostramos compasión con los contagiados, quedamos derrotados. La expansión del coronavirus nos pide mostrar sentimientos, incluso lágrimas, y pedir a Dios que se compadezca de nosotros. La epidemia está destruyendo miles de puestos de trabajos, convirtiendo los países en estadios donde los hombres compiten sin compasión con los que pierden, rivales suyos. El coronavirus puede hacer realidad el adagio latino “el hombre es un lobo para el hombre”[1].

Siempre, pero más en esta pandemia, los vicencianos debemos acentuar la compasión y asumir lo que san Vicente indicó a las Hijas de la Caridad: que estaban “destinadas a representar la bondad de Dios” (IX, 915). San Juan Pablo II lo actualizó en 1997, cuando escribió a la Superiora General, Sor Juana Elizondo, que “las Hijas de la Caridad tienen por vocación ser el rostro de amor y misericordia de Cristo”. Frase provocadora, al decir que su vocación no es servir a los pobres sino expresarles el amor y la compasión de Jesús hacia los enfermos y pecadores. Hoy las Hijas de la Caridad están llamadas a expresar a los contagiados la compasión y la misericordia de Cristo y aliviarlos en su enfermedad. ¿Y cada uno de nosotros, de la Familia Vicenciana?

P. Benito Martínez, CM

Nota:

[1] El comediógrafo latino Plauto (+184 a. C.) escribió en su obra Asinaria lupus est homo homini, frase que popularizó el filósofo inglés Thomas Hobbes en su obra El Leviatán (1651).

Etiquetas: coronavirus

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