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«Magis» (Mateo 20,1-16)

por | Sep 25, 2020 | Formación, Reflexiones, Thomas McKenna | 0 comentarios

«¡Te he descubierto! Puedo predecir lo que vas a hacer, decir y pensar». No muchos se emocionarían al escuchar esas palabras. No importa lo bien que conozca a otro, mi conocimiento no puede abarcar la totalidad de ese individuo. Y a la inversa, las veces que he descubierto a alguien, pero lo he visto hacer algo tan inesperado que ha roto el esquema en el que lo había metido.

No sorprende que esta tendencia a subestimar al otro se traslade a nuestra relación con Dios. La Biblia es un impulso constante para expandir los límites de lo sagrado. Y en sus palabras, actitudes y acciones, el Señor Jesús está ampliando para siempre nuestro sentimiento de quién es Dios, ampliando nuestra conciencia de la identidad de su Padre. Especialmente a través de sus parábolas nos lleva a casa este punto: «Tu Dios es demasiado pequeño».

Tal vez la más clara de ellas sea la del capítulo 20 de Mateo, sobre los trabajadores contratados. Como todas las parábolas, ésta nos incita a profundizar en sus muchos significados.

Cuando nos encontramos por primera vez con ese grupo de la mañana, al que se pagaba lo mismo que a los rezagados, lo más probable es que nos pongamos de su lado. «¿La misma paga por una hora de trabajo al atardecer que por nuestras 12 brutales horas bajo el sol abrasador del desierto? ¡Injusto!»

Pero a medida que la historia evoluciona, llegamos a entender que el problema no es el salario. Se les pagó de acuerdo con el contrato. Lo que falta es su capacidad para comprender el tamaño del corazón del propietario. Están pesando en la balanza que «¡Trabajamos más tiempo que ellos!» El Amo está operando con un conjunto de medidas totalmente diferentes, que pagan el salario establecido pero que luego se desbordan en una bondad espléndida, una generosidad escandalosa.

El punto de vista de Jesús es que la estimación que ellos tienen de la amplitud del corazón del Maestro se queda corta. Tal franqueza es inimaginable y para comprenderla sus mentes y corazones tendrían que ser estirados mucho más allá de su tamaño actual.

Aunque haya otras lecciones en la parábola (por ejemplo, un Maestro preocupado por la gente que no puede encontrar trabajo), la de juzgar erróneamente la bondad de los dueños tiene un tono familiar.

Por un lado, está el lema jesuita en una palabra: «magis», que en latín significa «más», para recordarles que Dios es siempre «más que», siempre más grande.  ¿Pero mayor que qué? Más grande que cualquier noción que podamos conjurar de la altura y la profundidad de lo que Dios es realmente.

Observen las diferentes formas en que Jesús es representado en el arte. Viviendo en la Palestina del siglo I, sabemos que era un hombre judío y sin duda se parecía a ellos. Pero, hoy día, en todo el mundo, se le representa bajo la apariencia de muchas etnias diferentes —el Jesús chino, el africano, el latino, etc—. Este paleta de rostros diferentes resiste la tentación de limitar nuestra imagen de Jesús resucitado a un hombre blanco solamente.

Pero quizás lo más importante son los lugares en los que esperamos que Dios se muestre en nuestras vidas. Está la oración que hacemos y nuestra participación en la Eucaristía, pero ¿qué pasa fuera de estos tiempos formales? ¿Podría, por ejemplo, verse a Dios en un acto de generosidad, una mujer perdonando el préstamo que hizo a un pariente necesitado? ¿Podría el Espíritu de Jesús ser sentido cuando la percepción de alguien de quien realmente cuenta en nuestra sociedad se amplía para incluir a personas que siempre había considerado como forasteros? ¿O podría sentirse el toque de la mano de Dios durante una visita de san Vicente de Paúl al observar la forma en que una pareja trata a una familia empobrecida como si fuera la suya propia?

En su evocadora parábola del dueño de la viña, Jesús plantea la cuestión del «tamaño de mi Dios». Usando su frase del extravagante propietario, amplía nuestra percepción de dónde vive, entre nosotros, mientras avanzamos por el camino hacia la unión con su querido Padre… y de hecho con toda la creación.

Dios es «siempre más grande». El Señor está presente en «más» formas de las que podemos asimilar.

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