Caridad, justicia, acción social y el coronavirus

por | Jul 19, 2020 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Un día cesará la epidemia del coronavirus, o se hará endémica, y entonces nos  preguntaremos: “y ahora ¿qué?” La respuesta será distinta si la da un increyente o un cristiano comprometido. Y, si a nadie le interesa dar una respuesta, quiere decir que la solidaridad es una farsa. Pero si interesa, la primera respuesta debe ser que haya justicia, porque “las cargas caen sobre los que tienen menos medios para llevarlas”, se quejaba santa Luisa (c. 311), y una Hija de la Caridad protestó porque unos ricos se libraban de los impuestos y se los cargaban a los pobres (IX, 188). En una sociedad justa, la solidaridad exige que cada uno apor­te según su capacidad y reciba según sus necesidades.

Los políticos prometen leyes en favor de la justicia, pero las leyes pueden ser injustas, cuando se legisla en detrimento de los débiles. En este caso, cumplir esas leyes es una injusticia; la justicia se corrompe y hace exclamar a la gente, ante ciertas sentencias dadas de acuerdo con la justicia legal: ¡no es justo! Santa Luisa buscaba la justicia verdadera en los contratos y en el sueldo de los obreros (c. 443). Justicia no es lo mismo que caridad. La justicia es dar a cada uno lo que es suyo, mientras que caridad es dar al otro lo que es mío y va más allá de los derechos del otro: aquello que no tengo obligación de dar por justicia, lo doy por caridad. Cierto que si falta la justicia no hay caridad, pero sin caridad, la justicia se corrompe, de ahí que la justicia sea el primer peldaño de la caridad. San Vicente decía que “no puede haber caridad si no va acompañada de la justicia” y corregía con dureza que “al socorrer a los pobres, estamos haciendo justicia y no misericordia”, pues “los deberes de justicia son preferibles a los de caridad”, y es un desprecio “dar por caridad lo que se debe dar por justicia” (II, 48; VII, 90, 525).

La justicia se guía por la mente, mientras que la caridad brota del corazón. La justicia puede llegar a ser fría y cruel, mien­tras que la caridad lleva el calor de la cordialidad. ¡Qué atrayente se muestra santa Luisa cuando aconseja a las Hermanas Sirvientes de los hospitales que tengan en cuenta la justicia, pero también la caridad, cuando den de alta a enfermos que no están restablecidos del todo o a las jóvenes que no tienen a donde ir! ¡Qué encantadora aparece, cuando amenaza a una mujer que abandonó a su hijo, pero en secreto “para no difamarla” (c. 38, E. 47)! Un día exclamó: “¡Qué bueno es sufrir por la justicia!” (c. 433).

También hay diferencia entre caridad y acción social. La caridad se dirige a la persona necesitada, mientras que la acción social se orienta primeramente al conjunto de la sociedad. También son diferentes los motivos. La Hija de la Caridad parte de la vocación de estar llamada por el Espíritu divino a liberar a los pobres, mientras que la trabajadora social se apoya en el puesto de trabajo que ha obtenido por su titulación. La persona caritativa ayuda gratuitamente y la asistente social, ordinariamente, está asalariada.

La acción social puede parecer mejor organizada y más eficaz, pero la caridad es más humana, y, sin caridad, la acción social humilla. En el mundo moderno la caridad es insuficiente para liberar al pobre, se necesita la acción social pública dotada de medios financieros más abundantes. Pero la acción caritativa también emplea técnicas modernas y, en realidad, es acción social. Obras sociales fueron las obras de los hospitales, galeotes, ancianos, escuelas femeninas y niños abandonados que establecieron y organizaron san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac. Cosa que no comprenden los defensores de la acción social pública que pretenden ser los únicos dueños de toda acción social.

Puede ser una trampa en la que caen las organizaciones de la Iglesia, atacando toda iniciativa privada de caridad que no esté controlada por las instituciones eclesiales. La caridad se convierte en acción social y los centros caritativos en oficinas. Se investiga las necesidades y se descubren las trampas de muchos pobres, pero también sus intimidades que pueden humillarlos. Al prohibir a los particulares ejercer directamente la caridad, se ahoga el amor del corazón. Sólo se contempla la efectividad material de quien recibe y no el amor de quien da.

P. Benito Martínez, CM

Etiquetas: coronavirus

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