“Ayúdame, Señor, a cumplir tus mandamientos”

1 Mac 1, 10-15. 41-43. 62-64; Sal 118; Lc 18, 35-43.

“Tu fe te ha salvado”. Las gracias del Señor se obtienen por la fe. El ciego recuperó la vista y acrecentó su fe en Dios. Él dejó que su fe fuera más grande que su desgracia. Su oración fue muy corta, bella y fervorosa: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mi”. ¿No sentimos la necesidad de repetirla, sabiendo la necesidad que tenemos de decidirnos a caminar hacia la santidad, hacia la luz?

A la hora que es preciso responder con generosidad a las exigencias de la vida cotidiana o en el momento de la prueba, de la tentación, hay que gritar con más fuerza: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mi”. Él nos escucha desde el primer momento pero quiere que mostremos nuestra fe obstinadamente. Como el ciego, también nosotros recobraremos la luz al seguir a Jesús.

¿Somos de los que ayudamos a otros a enterarse de que Jesús está pasando? ¿O más bien somos a los que molestan los gritos de los que piden a Dios su ayuda? ¿No estarán esos ciegos muy cerca de nosotros?

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Sor Carolina Flores H.C.

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