La pobreza del miedo

El Papa Francisco, cuando anunció un Jubileo Extraordinario de la Misericordia con la Bula La cara de la Misericordia, añadió: “¡Cómo deseo que los años venideros estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios!” (MV, 5). Es lo más necesario para arrancar de las familias el miedo, uno de los mayores sufrimientos que amenaza a los pobres.

La sociedad actual, además de los pobres de siempre, además de los nuevos pobres de bienes materiales, aparecen otros que propiamente no son pobres vergonzantes, pero se les asemejan. Forman parte de la gente humilde que siente la pobreza del miedo. Las familias temen la degradación de la vida para sus hijos, temen que caigan en la droga, el sida, en abusos sexuales. Hay niños que tienen miedo del acoso escolar, ancianos que temen la soledad y mujeres aterradas por su ex marido o su ex pareja, y tienen que llevar escolta. La gente modesta tiene miedo de perder el trabajo y le falte el dinero necesario para vivir, y los jóvenes sienten el pavor de no poder colocarse con un contrato digno. Ven incierto su futuro, con la inquietud de no saber si sus estudios y su prepa­ración servirán para algo, al contemplar que solo triunfan los que tienen padrinos políticos, económicos o familiares influyentes, mientras que los débiles quedan al margen, y sufren, porque nadie se compadece de ellos, aunque las instituciones programen proyectos para los pobres, los partidos políticos lo tengan a gala y las leyes laborales se pongan por objetivo defenderlos. En algunos lugares se añade el terror por los atentados.

A esos pobres va la Familia Vicenciana. Si los pobres son su peso y su dolor, como lo fueron de san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y del beato Federico Ozanam, un vicentino auténtico asume sus miedos como propios. Si los contempla sin hacerlos suyos, aunque ayude a los pobres materialmente, no es auténtico vicenciano. Y no tiene disculpa, porque la edad avanzada de muchos Vicentinos pide que la forma de ayudar a infinidad de pobres que se sienten desencantados de la vida sea infundirles ilusión y confianza contra el miedo. La ilusión y la confianza que pedía Jesús a los apóstoles cuando en medio del lago crecía la galerna y él dormía junto al timón. Al despertarle, les tranquiliza: ¿Por qué tenéis miedo? (Mc 4, 40).

Navegar con miedo por el mar de la vida

La Familia Vicentina se coloca frente al drama de la gente humilde que se mueve entre el miedo y la confianza, entre el oleaje y la calma. Tiene que navegar por el lago de la existencia, ocupando el puesto de Jesús en el timón e infundiendo valor para que boguen sin miedo hacia un nuevo futuro. En la travesía habrá inseguridades y problemas. Son momentos en los que los pobres pierden el control de la existencia, y creen que su familia carnal se hunde, mientras la Familia Vicentina duerme, y le piden que despierte y los salve.

El pobre ve en un vicenciano que se ha revestido de la compasión de Jesucristo, no a una mujer o a un hombre, sino a Jesús y siente que sus apuros están solucionados, pierde el miedo y “ve a Dios”. Rema mar adentro, porque sabe que un vicentino siempre estará despierto a su grito y nunca lo abandonará. Para el necesitado, el vicenciano se ha convertido en Jesús, tal como cuenta la escena de la tempestad calmada. El evangelio dice que el miedo se apoderó de todos, porque Jesús “estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: ¿Maestro, no te importa que perezcamos?” El evangelio opone el sueño relajado de Jesús al miedo de los discípulos. El sueño del vicenciano es tranquilo porque su persona reposa en Dios, según decía santa Teresa de Jesús: “nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Jesús confiando en el proyecto de su Padre, no tuvo miedo a morir. Tampoco los vicentinos. Pasarán por situaciones de miedo, pero sin llegar a paralizarlos en la misión que les ha encomendado el Señor.

Los discípulos le despiertan y le reprochan su indiferencia: ¿por qué se desentiende?, ¿ya no le preocupan? Preguntas que brotan en muchos momentos. Pero Jesús no está dormido. Lo malo es que, cuando le despertamos, le exigimos que calme de inmediato los tropiezos y los choques. Y Dios pone a prueba nuestra fe: ¿Por qué tienes miedo? ¿No tienes fe? Jesús habla de la fe como confianza que apaga el miedo. El miedo agiganta los problemas y despierta la añoranza de una situación tranquila del pasado, cuando veíamos a Dios en todo; el miedo ahoga la alegría, lleva a culpabilizar a otros de los males, a buscar salvarse y a olvidarse de que otros también están en peligro.

Fe significa confiar que Jesús no está en la barca, sino que es la barca. Y el que tiene fe no teme remar mar adentro, porque, si Jesús es la barca, no puede naufragar. Tampoco Jesús sabiendo que su vida estaba en manos del Padre, tuvo miedo a morir.

Cuando santa Luisa de Marillac pasó aquella Noche mística de temores y angustias (E 1), experimentó que Dios la invitaba a no tener miedo y a superarlo con esperanza. Abrirse al futuro supone un peligro, como el del labrador que se atreve a sembrar el grano que necesita su familia para comer, pero al sembrarlo, ve ya la cosecha futura. Llenarse de ilusión no significa despreciar la realidad que puede ser dura. Al contrario, es ahí donde surgen muchos pequeños milagros y donde se siente la presencia del Espíritu Santo que habita en la persona y está en medio de la comunidad (san Juan Pablo II).

A veces, nos invade el miedo porque esperamos a un Dios que no existe. Esperamos a un Dios que nos resuelva los problemas y apacigüe las galernas cuando nosotros queramos y de un modo aparatoso, si fuera necesario, a un Dios que conceda un trato privilegiado a quienes se han entregado a él. Pero la lógica del Dios que entra en la historia por el pueblo de Belén y lo matan en las afueras de Jerusalén no se parece en nada a la lógica humana. La lógica de Jesús lleva a superar el miedo con la esperanza en un Padre que es el único Dios existente.

La solidaridad quita el miedo

Para quitar el miedo la sociedad ha convertido la solidaridad en un objetivo. Los partidos políticos prometen en las campañas electorales no disminuir las aportaciones sociales y las instituciones religiosas proponen caminos para promocionar un estado de bienestar que favorezca a los pobres. Si se desprestigia la caridad, confundiéndola vulgarmente con la antigua beneficencia de limosnas, es porque no sabemos actualizarla y olvidamos que las nuevas necesidades de los pobres exigen formas nuevas de caridad. La Familia Vicenciana no va a cambiar la sociedad ni a erradicar el miedo a la pobreza, pero puede actualizar el mensaje que le ha legado san Vicente de Paúl, como lo hicieron Federico Ozanam y sus compañeros presentando una caridad creativa y agradable. La Biblia, la historia de la salvación, presenta a los profetas como instrumentos del amor de Dios para quitar el miedo al pueblo escogido, y para quitar el miedo Jesús se presenta anunciando el amor del Padre en parábolas y con milagros.

La fe dice a los continuadores de san Vicente, santa Luisa y del beato Ozanam que si están poseídos por el Espíritu Santo no tengan miedo cuando ayudan a los pobres, rezan o se reúnen. Aunque la sociedad abandone la fe y rechace a Dios, los vicentinos manifiestan con san Juan que el amor de Dios es la raíz de la vida: «Amemos nosotros porque él nos amó primero. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 19).

P. Benito Martínez, CM

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