Una manera útil de comprender mejor lo que creemos es volver a los tiempos de los primeros cristianos e intentar imaginar cómo llegaron a apreciar los principios de nuestro Credo actual. Para ello es fundamental la creencia en la Trinidad, la convicción de lo trino en la única Divinidad, lo Divino como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En aquellos primeros siglos no existía una doctrina trinitaria elaborada. Aún no se habían pensado ni formulado nuestras distinciones y precisiones de credo, acerca de cómo el Hijo procede del Padre y cómo nace el Espíritu Santo de ambos. Aun así, aquellos primeros creyentes darían sus vidas en testimonio de esta naturaleza trinitaria en Dios. Si su creencia en la Trinidad no surgió de una teología técnica elaborada, ¿cómo surgió?

Los escritores nos dicen que las convicciones de estos primeros cristianos acerca de la Trinidad surgieron de su experiencia religiosa, lo que llegaron a saber de Dios en sus corazones y mentes a través de las diversas formas en que Dios tocó sus vidas cotidianas.

Si le preguntásemos a san Pablo cómo «conocía» a Dios, podría decir: «Dios es el creador, el que comenzó todo y lo continúa». Además, testificaría que el Dios Creador no es solo un motor primigenio, sino que ha revelado maravillosamente su «rostro» (sus características, sus movimientos humanos) en esta persona, Jesús de Nazaret. Pero, en tercer lugar, Pablo podría seguir diciendo: «Después de que Jesús murió y resucitó y fue a su Padre, Dios no nos dejó huérfanos. Dios envió a su Espíritu, el corazón y el alma de su propio Ser, para estar con nosotros, cerca de nosotros, a nuestro lado, y de hecho, hemos sentido y disfrutado esa cercanía». Como Pablo lo puso en su carta a los Romanos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado«. De nuevo, si a esta primera cohorte se le preguntara cómo se encontraron con Dios, podrían decir: “Experimentamos el Ser de Dios de tres maneras: como creador-origen (Padre); como revelación de quién y cómo es realmente Dios (Jesús); y como la cercanía actual, la presencia divina que impregna nuestro mundo y vive en el aquí y el ahora (el Espíritu)».

Volver a este testimonio de primera generación nos ayuda a apreciar que, debajo de todo el lenguaje técnico, la Trinidad es, ante todo, una experiencia, el evento íntimo de Dios que aparece en nuestras vidas. La imagen no es tanto un rompecabezas matemático (cómo tres surgen de uno y luego se revierte) sino que es un encuentro. La creencia en la naturaleza trinitaria del único Dios surge de la fe vivida de aquellos que siguen a Jesucristo, el Hijo del Padre y en el Espíritu. Para ellos Dios es creador (principio y sustentador); Dios ha mostrado las intenciones de Dios en el rostro humano de este Dios, la persona de Jesús; y Dios se ha acercado enormemente a nosotros y a nuestro mundo en el propio Espíritu de Dios: un solo Dios, experimentado de tres maneras.

Una palabra que se dejó aquí deliberadamente es «misterio» (Misterio de la Trinidad), porque tiene al menos dos significados. El primero, como en «El misterio del asesinato»: no sabe quién lo hizo, pero la última página revela la verdad total. El sentido más profundo de Misterio, sin embargo, es de algo tan vasto y cavernoso que, no importa qué tan profundo vayas, siempre hay más profundidad para sondear, más distancia para viajar. Esto es: saber algo, pero nunca todo. Es insondable en el sentido de que no importa cuánto sondees hacia abajo, nunca llegas al fondo. La Trinidad es precisamente este tipo de Misterio: la expansión desbordante, interminable y abarcadora que conocemos como el amor de Dios visto en Cristo Jesús y derramado en nosotros y alrededor de nosotros a través del propio Espíritu de Dios.

Un último pensamiento viene en una carta de Vicente, quien aunque podía recitar fácilmente las fórmulas ortodoxas, revela cuán «íntimo y personal» fue su sentimiento por Dios. «Rezo para que Su Divina Bondad lo acompañe, sea su consuelo en el camino, su sombra contra el calor del sol, su refugio en la lluvia y el frío, su suave cama en su cansancio, su fuerza en su esfuerzo y, finalmente, el Él pueda traerle de vuelta en perfecto estado de salud y lleno de buenas obras».

El nombre en el que creemos es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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