Hech 11, 21-26; 13, 1-3; Sal 97; Mt 5, 13-16.

“Ustedes son la luz del mundo y la sal de la tierra”

El evangelio nos da una gran zarandeada y nos aconseja qué es lo que debemos hacer los seguidores de Jesús. Nos recuerda el evangelista que debemos dejar de vivir siempre pensando en nosotros y acordarnos también de los demás.

Jesús nos llama a ser sal de la tierra, es decir, a tratar que allí donde estemos se viva en igualdad, en paz, en armonía, comunión y justicia. Como verdaderos cristianos debemos ser sal y disfrutar la vida, pero desde la sencillez y no desde las grandes riquezas, desde la acogida y no desde el rechazo a los que piensan distinto a nosotros.

También nos invita a ser la luz que haga desaparecer todo tipo de tinieblas y deje aparecer la esperanza que nos anima a vivir llevando la alegría y el amor allí donde estemos.

En definitiva Jesús nos está invitando a no vivir encerrados, sino con las puertas del corazón abiertas y los brazos extendidos para recibir a todos y compartir con todos el amor y la vida que hemos recibido de Dios. Una vida sin fronteras, que ofrece al mundo la luz del evangelio y la sal del Reino, para que la vida de todos sea una vida con sabor, con sentido, con dirección y rumbo.

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Seminaristas del Seminario Mayor Vicentino de Tlalpan, Cd. de México

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