Hebr 6, 10-20; Sal 110; Mc 2, 23-28.

El que tiene una nube en un ojo todo lo ve nublado, y le sucede como a al señor Segismundo Freud que declaró un eclipse general. Sus complejos le sirvieron para achacarlos a los demás y así él ya era uno más de la normalidad. ¡Gran novelista don Segismundo! Los fariseos de este evangelio (y todos tenemos alguno dentro) están hechos de materia nublada. Se escandalizan porque los discípulos de Jesús se ponen –en sábado– a desgranar espigas para mitigar su hambre. Y Jesús –el nuevo y eterno sábado– les dice: “El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”.

La mirada es el mejor resumen de nuestra biografía. Puede ser hija del egoísmo, de la envidia, de la soberbia, del rencor, o puede ser hija de un corazón misericordioso. Las manchas ajenas no son capaces de nublarle los ojos, y en todos es capaz de descubrir hijos de Dios y hermanos suyos. Pero el fariseo que llevamos dentro no termina de entender. Necesita, antes, convertir el corazón. Sólo así amanecerá en él una mirada nueva. Ésa que nace de mirar desde los ojos de Jesús.

Dame, Señor, que convierta mi corazón, para tener una mirada misericordiosa como la tuya. No quiero ya excusas, dame la gracia que hoy te pido.

Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, cm

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