En la historia cristiana existe este doble camino: el de la fe y el de las obras. La preocupación por si seremos salvos por nuestra fe o por nuestras obras existe, pues nada menos que San Pablo y Santiago fueron los que trajeron esas posiciones tan necesarias para el cristianismo. Vamos a comprender, en este artículo, que proceden de Dios tanto la fe como las obras.

San Pablo, en su carta a los Efesios 2, 8-9, nos dice: «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». En este pasaje, el apóstol coloca la fe como lo fundamental para la salvación de todo cristiano, y todavía escribe como don de Dios, para que nadie corra el riesgo de rogar para sí los méritos de su salvación.

Santiago, a diferencia de Pablo, concibe lo siguiente en la carta de Santiago 2, 14: «¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?». Con eso, Santiago destaca la acción como necesaria para alcanzar la salvación. Él llega a decir que la fe sin obras está muerta.

La voz del Pastor

Traigo a usted, estimado lector, la enseñanza de que el Papa emérito Benedicto XVI presentó a la Iglesia durante su pontificado, en 2008. En la audiencia general el 26 de noviembre, Benedicto XVI se refiere, en esta audiencia, a lo que el Papa llama «malentendido» en este doble entendimiento entre fe y obras. Él nos orienta para no caer en el mismo engaño de pensar que existe una contradicción entre ellas.

El Papa Benedicto XVI, antes incluso de tratar del tema fe y obras, hace referencia a la encíclica Deus caritas est (Dios es amor), recordando a los cristianos que, en el amor recíproco entre los hombres, se encarna el amor de Dios y de Cristo por medio del Espíritu Santo. Con eso, el Papa quiere dejar claro que, justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir el amor de Cristo en el prójimo.

Con esa orientación, logramos interpretar que la fe y el amor pueden ser entendidos como muelles propulsores para nuestras acciones. Si nuestras obras no tienen como telón de fondo el amor a Cristo y la fe en Dios, puede ser obras no de salvación, sino de perdición.

Encarnar la fe

Uno de los peligros, en el tiempo de Jesús y también hoy en día, es vivir una fe desencarnada. En la misma audiencia general, el Papa escribe: «Son desastrosas las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor, porque se reduce al albedrío y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos. Por eso, necesitamos la fe traducida en obras y digo más, en obras de amor al prójimo».

Sin la vivencia de una fe encarnada podemos preguntarnos, apropiándonos de las palabras de Santiago: ¿hay algún provecho en la fe sin obras? Sin embargo, notamos que la contradicción no puede existir, sino una completitud, ni sólo la fe ni sólo las obras.

El error fariseo y legalista

Consideremos, ahora, la exhortación hecha por Jesús, al corregir a los fariseos por quedarse ellos solo en las acciones, sin tener al amor como causa de sus acciones. En el Evangelio de San Lucas 11, 42: «Ay de vosotros, fariseos, porque pagáis el diezmo de la menta, de la arruda y de todas las demás hierbas, pero dejáis de lado la justicia y el amor de Dios». Como vimos anteriormente, el amor a Dios es también amor a los hermanos y necesita ser manifestado en las acciones.

Lo que Jesús reclamaba a los fariseos y maestros de la Ley no era el hecho de que ellos observasen los preceptos, como el pago del diezmo, sino que la Ley no estaba siendo encarnada en obras en la vida de los que más necesitaban. No podemos separar amor, obras y fe de lo cotidiano cristiano.

Por Cristo en el otro

La fe y las obras son las dos alas que capacitan a todo cristiano a heredar la salvación y alzar el vuelo, para configurarse a Cristo. La fe justifica las obras, y las obras, a su vez, dan testimonio de su fe. Son los frutos, las actitudes, y la vida de cada persona que hará posible decir: he aquí un auténtico cristiano.

Termino con la petición del Papa Benedicto XVI: «Dejémonos, pues, alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha dado en Cristo, por el amor ‘loco’ de Dios por nosotros: nada ni nadie jamás nos podrá separar de su amor (cf. Rm 8, 39). Vivamos en esta certeza. Es esta certeza que nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que realiza el amor».

Fuente: Francisco Fábio Nunes, misionero de la Comunidad Canção Nova
http://www.ssvpbrasil.org.br/

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