“Escucha hijito mío… Mi muchachita, mi niña”

Sir 24, 23-31; Salmo 66; Gal 4, 4-7; Lc 1, 39-48

Se dicen cosas maravillosas de la imagen de la Virgen de Guadalupe. Se descubren en ella símbolos y significados, algunos muy razonables y bien razonados, otros, jalados por los cabellos.

Hay quien no se quiere ‘mojar’ y habla del “hecho guadalupano” como de un tsunami de devoción popular sin mucho fundamento histórico. Pero ni la devoción, ni la misma imagen son entendibles sin aquel 12 de diciembre de 1531 y sin la persona de Juan Diego.

Día memorable para la fe, cuando la Virgen María, Virgen del Adviento y de la esperanza, evocando su visita a su prima Isabel, visita este continente y sus pueblos, representados en la persona de un indígena, para mostrarles su solicitud maternal y su ternura.

Leyendo el Nican Mopohua, las expresiones que se intercambian la Virgen y el vidente en esos diálogos inigualables, que no se pueden explicar únicamente por el genio de la lengua náhuatl, se llega a la conclusión de que nadie pudo habérselas inventado. Provienen de dos corazones llenos de ternura.

Todas las protestas de Juan Diego nacen de un corazón humilde y hondamente filial. Él, como Isabel, pero con sus propias palabras, también expresó su asombro: ¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme? Más allá de toda curiosidad por el fenómeno de la imagen, dejémonos invadir por el asombro ante el amor de nuestra Madre, la Virgen.

Fuente: “Evangelio y Vida”, comentarios a los evangelios. México.
Autor: Miguel Blázquez Avis, CM

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