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Entrar en la Compañía hace ser Hija de la Caridad

por | Oct 5, 2018 | Benito Martínez, Formación, Hijas de la Caridad | 0 comentarios

Primer cimiento: consagración a Dios

De los cuatro cimientos que sostienen todo el edificio de la Compañía de las Hijas de la Caridad sobresalen dos: entrega a Dios y servicio a los pobres. Aunque tenga­mos la costumbre de dar la primacía al servicio, la identidad de la Hija de la Caridad no puede ser el servicio a los pobres, que es obligatorio para todos los cris-tianos, o mejor, para toda la humanidad. Si sirven a los pobres es porque se han entre-gado a Dios en la Compañía. Por mucho que una mujer ame a los pobres y los sirva denodadamente, si no entra en la Com­pañía o si se sale de ella, no es Hija de la Caridad. Lo esen­cial en las Hijas de la Caridad es la entrega a Dios, la consagración que hace en el mo­mento de entrar en el seminario. Lo dijo santa Luisa: “Fue tal día como mañana, cuando las primeras comenzaron a entrar en la Compañía” (c. 39), lo confirma san Vicente que en todas las conferencias señala que son Hijas de la Caridad desde el momento en que entran en la Compañía, y lo dice el n. 5 de las Constituciones: “En el momento en que una postulante es admitida en el Seminaeio, pasa a ser miembro de la Compañía”. Una mujer se hace Hija de la Caridad para servir a Cristo en los pobres. Se entrega y se consagra a Dios para. Lo esencial es la entrega a Dios. El servicio es uno de los motivos por los que se consagra, o el fin para el que se consagra. Pero nunca el motivo o el fin pueden suplantar al ser. Para obrar primero hay que ser.

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad dicen que “el Servicio es para ellas la expresión de su entrega total a Dios en la Compañía y comunica a esa entrega su pleno significado” (C. 16). Alguien puede deducir que indirectamente señala que sin servicio no hay Hija de la Caridad. Y es así, pero no de manera exclusiva, pues excep-cionalmente una Hermana puede vivir fuera de la co­munidad por un tiempo y seguir siendo Hija de la Caridad (C. 42b; E. 29), y puede igualmente servir a los pobres sólo por medio de sus oraciones y enfermedades (C. 35b) o a través de la dirección de sus compañeras, y sigue siendo Hija de la Caridad, pero nunca lo será si no se entrega a Dios en la Compañía. El servicio es el ropaje de la entrega, y la entrega sin servicio está desnuda, le falta vestirse. Por eso añade que el servicio comunica a la entrega, su “pleno significado”. Si le da pleno significado, es que ya lo tenía, que lo esencial es la entrega a Dios en la Compañía, aunque sin servicio la entrega de las Hijas de la Caridad sea incompleta. Este es el primer cimiento de la Compañía: La consagración de las Hermanas a Dios no por los votos ni por los consejos evangélicos, sino por la entrega.

Segundo cimiento: seculares para el servicio

Santa Luisa de Marillac creía que los pobres abandonados no podían ser soco-rridos dignamente si no era por el servicio de estas buenas jóvenes que, abandonando todo interés personal, se entregan a Dios para el servicio espiritual y temporal de estas pobres criaturas (c. 14). Las Hijas de la Caridad son necesarias porque los hombres no cumplen la obligación de socorrer a los pobres. Esta unión entre pobres e Hijas de la Caridad estructura la Compañía sin votos públicos ni clausura, yendo y viniendo por los caminos y las calles. Esta es la secularidad de las Hijas de la Caridad.

La secularidad ha dado a las Hijas de la Caridad una característica que no conocen algunos sacerdotes, religiosos o gente del mundo: que, siendo mujeres consa-gradas, viviendo célibes en pobreza y en comunidad, no sean “religiosas” y que su espi-ritualidad no se apoye en los votos ni en los consejos evangélicos, sino en la entrega que las consagra a Dios el día en que entran en la Compañía para servirle en los pobres.

Sentir esta secularidad o esta manera peculiar de ser “monjas” ha dinamizado a las Hijas de la Caridad desde su fundación para ser creativas y afrontar en su persona y en el servicio tres especies de contradicciones. La primera: que, hasta mitad del siglo XX, las mujeres eran personas de segundo orden en la sociedad y en la Iglesia, subordinadas a los hombres y en su mayoría sin personalidad jurídica, sin embargo, a las Hijas de la Caridad les entregaban la responsabilidad de una dirigente. Más aún, en España durante el siglo XIX y primera mitad del siglo XX las instituciones civiles las consideraban, al igual que el ejército, la sanidad o la educación, como una institución gubernamental a la que entregaban toda la beneficencia estatal, provincial y municipal.

La segunda contradicción era que por esos años las jóvenes que entraban en la Compañía en su mayoría no tenían más cultura que la propia de la vida, y su religión era popular, teñida de supersticiones; sin embargo, se les encomendaba la enseñanza a las niñas y la evangelización de enfermos, muchos agonizantes respirando ya el aire de la eternidad, y otros convalecientes o esperanzados en volver a las calles, donde vivi-rían el recuerdo piadoso que les habían dejado las Hermanas.

La tercera contradicción brotaba del hecho de que las Hijas de la Caridad eran muchachas consagradas a Dios que vivían los consejos evangélicos, pero, no obstante, por primera vez en la historia se veían obligadas a ir y venir por las calles, mezclándose con el pueblo y con la muchedumbre de pobres.

En la actualidad, para la sociedad la Compañía no es lo que era. Hace años, el pueblo consideraba a las Hijas de la Caridad dedicadas por entero a recoger a los pobres que no podían pagar su salud ni su educación o no tenían con qué sostenerse. La Hijas de la Caridad era inseparable de los pobres. Los organismos civiles las veían como benefactoras de los pobres y les entregaban sus establecimientos de beneficencia. Algunos decían que por ser empleadas baratas, otros lo atribuían a que eran eficientes. Al abundar el trabajo, sus puestos eran despreciados por considerarse de poca categoría trabajar en la beneficencia desprestigiada y con salarios bajos. De ahí que su servicio fuera considerado como una obra social y se las dispensara de muchos impuestos. La sociedad ha reconocido su labor y con un aplauso generalizado, en 2005 el gobierno español les otorgó el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Hoy todo ha cambiado. La gente ni se fija en ellas y los gobiernos y la dirección tampoco las necesitan, pues los puestos de trabajo son ocupados al instante y su salario es equiparable al de otras operarias seglares que trabajan tan eficazmente como ellas.

Durante muchos años, sin técnica alguna sólo por entrar en la Compañía, con su entrega y buena voluntad las jóvenes se sentían seguras y se atrevían a recomponer la Iglesia de los pobres sin salir de la sociedad. Y este sentimiento de ser capaces por ser Hijas de la Caridad, es un sentimiento oculto que bulle en su interior, aunque se dan cuenta de que la sociedad ha cambiado y en la actualidad esa singularidad las obliga a prepararse en formación humana y cívica, en las técnicas de servicio de la formación profesional y en formación religiosa para la vida como cristianas e Hija de la Caridad.

Este es el segundo cimiento de su vida: El sentimiento de ser seculares, con una naturaleza y estructuras singulares, necesarias para ayudar eficazmente a los pobres.

Autor: Benito Martínez, CM

 

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