Gén 15, 5-12. 17-18; Sal 26, 1-9. 13-14; Filp 3, 17-4,1; Lc 9, 28-36.
“Este es mi Hijo, mi elegido, escúchenlo”
¡Qué bien se está aquí!, decía Pedro en la montaña ante la gloria de su Maestro… Se olvidaba de la Pasión que les acababa de anunciar (Lc 9, 22), y se olvidaba de las multitudes necesitadas de abajo.
«Cuando en mis viajes hablo a católicos por todo el mundo, –dice Ralph Martin– veo que muchos han llegado a mirar la realidad de una manera casi directamente opuesta a como Jesús dice que es”. Piensan o expresan: “Amplio y ancho es el camino que conduce a la vida y muchos van por esa vía. Estrecha es la senda que conduce a la perdición y casi nadie va por esa senda”». Pero Jesús dijo exactamente lo contrario (Mt 7, 13-14).
En este revelador relato de la Transfiguración, se oye la voz del Padre diciéndonos: “Este es mi Hijo, mi elegido, ¡escúchenlo!” Escúchalo –me digo– en tu interior, escúchalo en las heridas multitudes, escúchalo en este miembro de tu familia o de tu comunidad que está enfermo o desnortado, escúchalo en aquellos a quien nadie escucha. ¡Escúchalo”. Pero no para quedarme en teorías, sino para parecerme a él, para pedirle mucho que me parezca a él y abandone de una vez las vanas excusas. Él puede ayudarnos a transfigurarnos ya con él, como un día “él transformará nuestro cuerpo humilde en un cuerpo glorioso como el suyo”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, C.M.
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