Dn 7, 2-14; (Sal:- Dn 3; Lc 21, 29-33.
Se llamaba Catalina Labouré. Hoy celebramos su fiesta. No salió en los periódicos de su tiempo. (Menos en Facebook que no existía). No hizo cosas extraordinarias. No fue conocida. Vivió en el silencioso cuidado de los ancianos. Limpió los orinales de los viejitos, remendó y planchó la ropa para vestirlos de limpio, cuidó los animales de la granja, pasó incomprensiones y aprovechó toda oportunidad para dar testimonio de Aquél a quien amaba.
Perseveró en ese amor, y consiguió la vida.
Hay santos que nos parecen inalcanzables. Catalina Labouré es el rostro cotidiano de la santidad. Podríamos acogerla en nuestra casa y veríamos que sólo hacía cosas ordinarias. Sólo que las hacía con esa clase de amor que no pasa recibos y que se sabe, con existir, recompensado. No fue santa por el regalo de las apariciones de la Virgen, a la que tanto amaba. Lo fue por su fidelidad en servir a Jesucristo en los pobres ancianos a los que dedicó su vida, tal como se lo enseñaron San Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Así lo dice Jesús y sólo él nos lo puede decir. Y sus palabras son vida y se cumplen dando vida. Santa Catalina –sencilla, alegre y servicial– es una prueba de la Palabra que es Jesucristo.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, C.M.
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