Sab 13, 1-9; Sal 18; Lc 17, 26-37.
“Acuérdense de la mujer de Lot”
No te distraigas. Si compras o vendes o te casas o vas a un banquete, no te distraigas. Atiende en todo y con alegría a lo único necesario. Cuando Lot salió de Sodoma, el fuego acabó con todos. “Así será el día en que se revele el Hijo del Hombre”. Ya no habrá tiempo para recoger las cosas que tenías en la casa. Por eso, mantenla limpia y acogedora.
Los filósofos griegos aseguraban que “ni siquiera los dioses tienen el poder de cambiar el pasado”. Nosotros, como la mujer de Lot (Gén 19, 26) podemos mirar el pasado con indócil curiosidad superficial o para alimentar su extravío o sólo para lamentar nuestra imagen rota. Nada de esto lo cambia. Pero hay otra manera de mirarlo, y Jesús nos asegura que hasta el mayor pecador pude hacerlo.
El arrepentimiento –la gracia del arrepentimiento– es la divina manera de cambiar el pasado. Cuando alguien, física o espiritualmente cae de rodillas, reconoce su pecado y pide perdón de verdad, el desierto del pasado se convierte en un prado primaveral. Lo que era un montón de tristeza y desperdicios se trueca en júbilo y gratitud. ¡Feliz culpa que me llevó a conocer y a saberme amado por mi Salvador! La vida perdida ha sido recuperada.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, C.M.
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