re_011213_1090«¿Y no vemos también cómo el Padre Eterno, al enviar a su Hijo a la tierra para que fuera la luz del mundo, no quiso sin embargo que apareciera más que como un niño pequeño, como uno de esos pobrecillos que vienen a pedir limosna a esta puerta? ¡Padre Eterno, tú enviaste a tu Hijo a iluminar y enseñar a todo el mundo, pero ahora lo vemos aparecer de esa manera!» (SVdeP XI, 263)

Celebrar la Epifanía o Manifestación del Señor, es reconocer que Dios ha vencido la barrera de la exclusión y de la incomunicación con otros pueblos. Dios se revela como la salvación verdadera para toda la humanidad. Ya no más misterios en relación a los otros pueblos y a las otras culturas.
Desde el pasado, todos los profetas tienen un tema que va haciendo mella en la vida del pueblo de Israel. Dios suscitará al Salvador y Éste será como la luz que amanece y lo alumbrará todo y a todos. Desde siempre, hubo en el pueblo judío un sueño en el que se pone de manifiesto que, el Dios verdadero tiene un talante universal, que es mucho más amplio que el espectro de la religión mezquina que cerraba las fronteras de la salvación.
Con esta fiesta celebramos la concreción universal del Plan Salvífico de Dios. Jesús es manifestado como la verdad y total luz que ilumina todo y a todos.

Dios siempre tiene la iniciativa y eso es lo más maravilloso de la fiesta de la Epifanía. Dios mismo sale al encuentro del otro, del diferente, y revela su plan de salvación a todos los pueblos de la tierra. San Pablo nos lo recuerda de manera concreta en su carta: “Ahora ha sido revelado el misterio a los gentiles y Dios los ha convertido en coherederos de la salvación. ¡Qué misterio tan maravilloso!

La Epifanía que celebramos junto con el Misterio de la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios, nos debe recordar que Dios ha querido acampar en “nuestra tienda” y ha querido mostrarse a la humanidad entera sin reparo alguno. Jesús es presentado a todos los pueblos, en la figura de los sabios de Oriente, como el camino auténtico de salvación y como la plenitud de todo el Plan Salvífico de Dios.

Celebrar, pues, la Epifanía, tiene que exigirnos dentro de nuestra espiritualidad vicenciana, compromisos concretos de vida: No podemos seguir cerrando la puerta de la salvación a otros. Dios abrió las puertas de la gracia a todos, sin excepción alguna. Nuestras Conferencias, dentro de la Iglesia de Cristo, tendrán que ser la práctica religiosa de la inclusión, de la dignificación de toda persona humana. De lo contrario ¿dónde dejamos los enunciados: “El Señor me ha enviado a evangelizar a los Pobres” “La Caridad de Cristo nos apremia” “Sirviendo en la Esperanza”?

Hemos de revisar nuestras prácticas diarias del ejercicio de la caridad y desechar todo aquello que nos imposibilita el acercamiento a los demás. No podemos olvidar que Dios ensancha los límites de nuestra mente y nos convierte en personas abiertas capaces de comunicarnos con todos y descubrir en los demás las maravillas de la diferencia.

Hagamos el compromiso ante Dios, de dar este paso definitivo en nuestra vida de cristianos con aroma vicenciano.

«Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación.» (SVdeP VI, 144)

Tomado de la Sociedad de San Vicente de Paúl en España

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