“Amarás al Señor con todo el corazón… y al prójimo como a ti mismo”
Gal 1 6-12; Sal 110; Lc 10, 25-37.
Al escuchar la parábola del Buen Samaritano nos damos cuenta que no hay límites para vivir el mandamiento del amor, pues toda aquella persona que necesite de nosotros es nuestro prójimo. Ante la desdicha de mi hermano, tiene que haber una respuesta de un amor espontáneo y desinteresado.
Jesús nos invita a tener la capacidad de salir de nosotros mismos, de nuestros propios intereses y exigencias, para ponernos en lugar del que sufre, y pasa necesidad, viviendo en la fragilidad o en la marginación en todos los sentidos. Y San Vicente de Paúl en relación al necesitado acentúa, que entre más grotescos y groseros sean, con tanto mayor amor debemos acogerlos y recibirlos. Porque la Misericordia de Dios no tiene condiciones ni límites.
Señor, dame la sabiduría y el amor para descubrir y actuar, buscando el bien de los demás, en las diversas situaciones de mi vida cotidiana. No permitas que el ajetreo de mis pendientes me haga pasar de largo y no ver a esa persona que necesita que me detenga a platicar con ella para darle consuelo o simplemente una sonrisa.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Jaime Reyes Mendoza C.M.
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