Dedicado a la niñez víctima de la mortalidad infantil en Guatemala.

Juanita, la pequeña del ataúd blanco,
escuálida princesa sin atuendos,
sin cetro, diadema y carroza de calabaza,
pies desnudos sin zapatillas de cristal,
la que ha muerto al despuntar el alba.

Contaba dieciocho meses de existencia,
vientre que fue devorado por parasitismo,
herida por la miseria del abandono estatal,
sin el auxilio de los sacramentos de iniciación,
¿Dónde quedó el acompañamiento cristiano?

Una vida breve que se trunca en lo cotidiano,
una niña venida de la miseria de este pueblo,
yace tendida para cuestionar nuestro silencio,
féretro que clama a los poderosos del mundo,
los que sustraen los bienes a los pobres.

Gritos y lamentos se escuchan en Ramá,
el hambre, la agonía, muerte de los inocentes,
y los satisfechos revolcándose en sus placeres,
derrochando los recursos de la tierra,
se burlan impunemente de los justos.

Y no estamos en Asia o África mía,
se nos queda lejos la Amazonía,
es una vecina de esta periferia,
que apenas estaba dando pasos,
en los cinturones de pobreza.

Víctima de la estructurada ignorancia,
producto de la social indiferencia,
se suma a otros hechos de ignominia,
que enluta a nuestras abatidas familias,
que arranca los sueños de esperanza.

Como ángel llegaste al paraíso,
aunque sin rito de bautismo,
a la Iglesia se le olvidó la oveja,
ni cuenta se dio de tu existencia,
encerrada en sus consejos y rezos.

A la entrada nos vas a juzgar,
con cetro de oro en tu brazo,
delante de ti desnudos vamos a estar,
omisión y complicidad, negligencia,
todos ocupados en intereses vanos.

¿A los políticos qué les importa?
sólo buscan curules y salarios altos,
disfrutar de dietas y lujosos viajes,
comprarse la última moda en trajes,
mientras el pueblo agoniza de hambre.

Delante de tu sepultura a suelo,
nos queda todavía la vergüenza,
los discursos no mitigan el hambre,
slogan que no transforman sistemas,
un montículo que llama a la conciencia.

Juanita, ojalá escuchemos tu voz,
algún día veamos frente al sol,
se abra la mente y el corazón,
se distribuyan los bienes,
se acabe con la miseria.

Mi niña, la que no vuelve,
semilla escondida bajo la tierra,
la que nadie llora y conoce,
la que cargó la pobreza,
Hija despojada de mi pueblo.

Un pueblo que está cansado,
de ser engañado y robado,
un pueblo que se levanta,
contra los corruptos mentirosos,
para defender su dignidad.

Sor Floridalia Noguera. H.C.,
Guatemala.

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