“Volveré y reconstruiré de nuevo la casa de David”
Hech 15, 7-21; Sal 95; Jn 15, 9-11.
Recuerdo con cariño el día que mi hermanito, llorando, dijo a mamá: “Me duele la cabeza y tengo frío”. Le tomaron la temperatura y tenía 38°. La fiebre avisó. La fiebre, las crisis, siempre denuncian que hay algo que curar. El médico puso el remedio y volví a ver correr y jugar a mi hermanito. Hubo fiebre porque el cuerpo se comportó normalmente.
La 1a Lectura nos narra el primer Concilio de la Iglesia, “que tenía fiebre”. Algunos cristianos pensaban que los paganos que entraban a la Iglesia debían circuncidarse y adoptar las costumbres de la Antigua Alianza. Pedro y los ancianos discuten, tocan la llaga del problema y con una mirada contemplativa descubren que “los paganos oyeron el Evangelio y creyeron. Dios, que conoce los corazones, les dio el Espíritu Santo igual que a nosotros y purificó sus corazones con la fe”.
El Papa nos dice: “Solo podremos renovar la Iglesia desde el discernimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida diaria. Empecemos reformando la Iglesia con una reforma de nosotros mismos… Sueño con una opción aún más misionera de la Iglesia, que salga al encuentro del otro sin proselitismo y que transforme todas sus estructuras para la evangelización del mundo actual.”
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: María Luisa Fuentes Quesada HC
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