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Mis ojos han visto la gloria (1 Cor 10,31)

por | Feb 28, 2021 | Formación, Reflexiones, Thomas McKenna | 0 comentarios

Los conferenciantes especializados en motivación intentan incrementar los diferentes incentivos que tienen las personas para hacer cosas. Infunden energía en nuestros propósitos y así aumentan la probabilidad de que emprendamos alguna acción. Un entrenador de fútbol que entusiasma a sus jugadores con las grandes tradiciones de su ciudad natal es un ejemplo. También lo es el líder de los derechos civiles que pinta un cuadro escalofriante de los males que sus oyentes deberían intentar superar.

Si alguna vez hubo un orador motivacional, es nuestro propio san Pablo. Escribiendo a la gente de Corinto, toca lo que quizá sea el incentivo para toda acción cristiana: «Ya sea que comas o bebas, o cualquier cosa que hagas, hazlo todo para la gloria de Dios» (I Cor 10,31). ¿Cómo es que la gloria de Dios suministra la motivación, da el impulso para levantarse y hacer algo? Más fundamentalmente, ¿qué queremos decir con la frase «la gloria de Dios»?

La palabra hebrea para gloria, kavod, connota pesadez, solidez, peso (como por ejemplo usamos en la expresión «una opinión de mucho peso»). Se refiere a algo que tiene peso y sustancia, lo contrario de lo que es frívolo o superficial.  «Gloria» señala el núcleo y la esencia de Dios, la sustancia propia de la deidad. Y como atestiguan tanto la tradición judía como la cristiana, ese núcleo es la bondad amorosa: Dios es Amor; Dios es el Bien.

La gloria de Dios se refiere a estas cualidades «de peso» de Dios, pero tal como se manifiestan en la vida terrenal. En la naturaleza, podría ser el contraste abrasador del blanco y el oscuro en una colina cubierta de nieve. Más bien se trata de su aparición en la vida humana: los rasgos propios de Dios se revelan a través de las actitudes y comportamientos de las personas, no sólo en sus palabras, sino sobre todo en sus acciones. Para glorificar a Dios, una persona pondría la carne de este mundo en la esencia de Dios, literalmente «encarnaría» algo del carácter de Dios.

¿No es eso exactamente lo que hace Jesús durante toda su vida, «encarnar» quién es Dios? A la pregunta «¿cómo es la divinidad?», el cristiano responde: «Fija tus ojos en este Jesús. Observa su forma de vivir, sus instintos y puntos de vista, sus inclinaciones y actos reflejos… y presta especial atención a su misión subyacente». Él es la Gloria de Dios caminando por nuestro mundo, el Verbo hecho Carne, la mirada amorosa del propio Dios clavada en nosotros.

Cuando Pablo nos llama a hacer todo para la gloria de Dios, nos está diciendo que hagamos (y seamos) lo que sea necesario para revelar las cualidades de Dios a través de nuestra humanidad. «Por la forma en que vives», nos entrena Pablo, «irradia algo del carácter de Dios en tu entorno cotidiano».

¿No es esto lo que hacen los santos? Está santa Catalina Drexel, que llevó la luz de la educación a la gente que estaba en la oscuridad. Y san Juan Neuman, que mostró tanto amor y cuidado por todos aquellos inmigrantes desprotegidos que acababan de llegar a nuestras costas. Vicente de Paúl, por supuesto, que exudaba la preocupación de Dios por los pobres y los abandonados. En nuestros días, el mártir salvadoreño san Óscar Romero, que pagó con su vida por decir la verdad al poder en nombre de los oprimidos de su tierra.

Hacer las cosas así es mostrar la gloria de Dios, dar alabanza a Dios. Dios es glorificado cuando dejamos que el peso y la santidad de la presencia de Dios se haga más evidente en el aquí y ahora. Dios es glorificado cuando traducimos estas cualidades divinas en la materia, la carne y la sangre, de lo cotidiano.

Uno de los himnos sagrados de nuestro país proclama: «Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor». Cuando miro a mi alrededor, veo destellos del amor y la veracidad de Dios, brotes de la generosidad y la fidelidad de Dios, y destellos de la luz de Dios, por ejemplo, en las melodías tranquilizadoras de una sinfonía, en los ritmos sutiles de un poema, o en el contraste sorprendente de una nube contra un cielo azul. Pero especialmente en la carne de la experiencia humana, encuentro la presencia de Dios cuando:

  • Veo que se produce el perdón;
  • veo a los padres sacrificarse por sus hijos;
  • oigo proclamar la verdad con valentía;
  • me encuentro con casos de paciencia duradera; y
  • soy testigo de la fidelidad a largo plazo.

Todos estos son ejemplos de personas que «glorifican a Dios», permitiendo que aspectos del propio Ser de Dios se muestren en este mundo.

Volvemos a nuestro orador motivacional, Pablo de Tarso. «Todo lo que hagáis, hacedlo para la gloria de Dios». Que nuestras motivaciones se basen en este proyecto, el proyecto de Jesús, para dejar que la bondad, la fidelidad y la verdad de Dios brillen en la creación y en la vida cotidiana.

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