Comer y beber para la vida eterna

por | Jun 11, 2020 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Jesús nos da de comer y de beber. Nos sacia de su carne y de su sangre para dar fuerzas a los que peregrinamos camino a la vida eterna.

Jesús les dio a comer su cuerpo a sus discípulos, y les manda hacerlo en su memoria. Luego, les dio a beber su sangre, y de nuevo los ordenó hacerlo en su memoria. Sí, debemos recordar. Y debe hacerlo también el pueblo de Israel: «Recuerda …»; «No olvides …».

Es por eso que el Sagrado Banquete, en el que se nos da a comer a Cristo, recuerda su pasión. Y el recuerdo nos llena de gracia y nos da también una prenda de la futura gloria. Es decir, por el Espíritu Santo, Jesús vuelve a pasar por nuestro corazón. Y así logramos sentir y saborear su presencia, como si ya estuviéramos en el cielo.

Nos importa, sí, el recuerdo de las buenas noticias, de Jesús, sus palabras y obras (véase también Unchain the Word though Memory y El recuerdo de Jesús). Pero también nos da mucha pena el recuerdo de la pasión de Jesús. Pues nos descubre la inhumanidad del hombre para con su semejante.

Pero cuanto más chocante la crueldad monstruosa del hombre tanto más sobresaliente el amor sobremanera admirable de la víctima de la crueldad. Es amor hasta el extremo. Y es por eso que no puede haber mayor amor, ni mejor prueba de que Dios es amor.

¿Comer a los demás o dejar que nos vayan a comer ellos?

Están delante de nosotros el amor que humaniza y la crueldad que deshumaniza. Nos toca solo eligir o la una o la otra. Pues no hay término medio; no nos basta ni con no ser cruel solamente, ni con no amar simplememente.

¿Por cuál optamos? ¿Ser fuertes? Y aliarnos con los malhechores para comer apresurada y vorazmente a la gente como pan. O, ¿ser débiles y, por eso, fuertes, y despojarnos de nosotros para realizarnos? En otras palabras, estar del lado de Jesús que nos da a comer su carne y a beber su sangre.

Así de inventivo es su amor que urge aun a los que no entienden, para que no se ganen la desgracia eterna (SV.ES XI:65-66). Sino que vivan y formen parte de un solo cuerpo, por comer del mismo pan.

Indudablemente, es cuestión de bendición o maldición, de vida o muerte.

Señor Jesús, tu Padre dio de comer y beber al pueblo peregrino. A tu vez, sé tú nuestra comida y bebida de vida. Y danos tu Espíritu que se convierta, dentro de nosotros, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 11; 7, 38-39). Así los peregrinos tendremos fuerza para llegar en el monte santo. Allí el Señor del universo tiene preparado para todos los pueblos un festín de manjares exquisitos y de vinos refinados (Is 25, 6).

14 Junio 2020
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)
Dt 8, 2-3. 14b-16a; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58

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