Hacía muchísimo frío. Acababa de salir del cálido abrazo de mi hotel y necesitaba un momento para adaptarme al frío que de repente llenaba mis pulmones. Era un día maravilloso. Cielo azul y sol de invierno. Una fina capa de hielo cubría el camino, con algunos puntos de nieve vieja congelada aquí y allá.

Bienvenido a Járkov, Ucrania. La segunda ciudad más grande del país después de la capital, Kiev. Más de 1,4 millones de personas llaman hogar a este lugar del noreste: un centro de cultura, educación e industria. Monumentos, iglesias ortodoxas y estructuras de la era soviética salpican la ciudad, intercalados con edificios cuya arquitectura atestigua su turbulenta historia.

Vine a visitar algunos servicios para personas sin hogar e indigentes. Una organización vicenciana comenzó su trabajo hace aproximadamente 10 años, luchando contra todos los obstáculos interpuestos por el gobierno. Estoicamente, el equipo completó montones de papeleo, no una vez, sino a diario, para garantizar que pudieran salir y servir a los más pobres. Cumplieron, incluso, con los requisitos más insólitos, como dar mantenimiento semanal a sus vehículos. Y aceptaron, sin rechistar, todas y cada una de las frecuentes inspecciones que buscaban cómo poner fin a su trabajo.

Sin embargo, de una forma auténticamente vicenciana, el equipo perseveró. Y ahora, una década después, se han convertido en uno de los proveedores de servicios más conocidos de la ciudad. Las autoridades los contactan para pedir ayuda; y las personas sin hogar saben que pueden acudir a ellos para obtener cualquier cosa, desde alimentos y asistencia médica hasta asesoramiento legal y refugio. Constatar el compromiso del equipo alegró mi corazón y supe que hacen todo lo posible para asegurarse de que estas personas vulnerables son atendidas.

Pero hubo una escena en particular que nunca olvidaré.

Habíamos llegado a una de las paradas de su Servicio de Extensión y se había formado una cola de unas 60-80 personas. La mayoría de ellas con gruesos abrigos de invierno, sombreros calados hasta las cejas, y los brazos pegados al cuerpo tratando de mantener el calor. Mi mirada deambuló y hasta pararse en un hombre sentado en un pequeño taburete de plástico rojo al lado de la camioneta. Me miró. Lo miré. Algo en sus ojos me dijo que me acercara y allí fui.

Y luego vi su pierna izquierda desnuda.

Se la habían amputado hasta justo debajo de la rodilla. Congelación. Y ahora estaba sentado allí, con los puntos de sutura aún frescos, para que le cambiaran los vendajes. El viento frío mordía la herida. Cuando la enfermera le administró lo que parecía ser un desinfectante, me miró. Sus ojos gritaban de dolor. Mi mano se posó su hombro en un intento desesperado de ofrecer fuerza, su mano cubrió la mía como si dijera «Lo sé».

Allí estaba sentado. Un señor de unos 60 años. Un hombre al que imaginaba con una vida plena a sus espaldas, con sus altibajos, dificultades y alegrías. Un hombre que podría explicarme mucho sobre el mundo y que tendría una anécdota para cada desafío al que me pudiera enfrentar.

El invierno en Járkov de tarosys

Y me miró con lágrimas en los ojos y, sin necesidad de palabras, parecía preguntarme “¿Por qué?”

Ese momento sigue vivo en mi corazón. Y las emociones. Me sentí terriblemente fuera de lugar. Y, francamente, avergonzada. Sentí como si lo hubiera decepcionado, como si todavía no hubiera hecho lo suficiente para asegurarme de que no necesitase borrar esa angustia.

Tiempo después, este recuerdo se convirtió en un motor de mi trabajo, preguntándome constantemente qué más podría hacer. San Vicente dijo: «Los pobres tienen mucho que enseñarle, y Usted tiene mucho que aprender de ellos”. Una gran verdad para mí. Sin intercambiar palabras, este hombre me recordó mi compromiso con los pobres y me mostró que era necesario hacer más. Urgentemente.

Para tu reflexión:

“Por amor a Dios, mi querida hermana, practica una gran gentileza hacia los pobres y hacia todos. Intenta dar satisfacción tanto con palabras como con acciones. Eso será muy fácil para ti si mantienes una gran estima por tu prójimo: los ricos porque están por encima de ti, los pobres porque son tus amos”. (Santa Luisa de Marillac, T.L.)

Diarios Vicencianos analiza algunas de las experiencias más personales de los/as vicentinos/as que trabajan con personas sin hogar, residentes de barrios marginales y refugiados/as. Arrojan luz sobre los momentos que nos inspiraron, las situaciones que nos dejaron boquiabiertos y conmocionados, y las personas que se cruzaron en nuestros caminos y nos mostraron que se aún debe hacer más.

Lo que los conecta es el compromiso vicentino con los más pobres entre los pobres, y la esperanza de que, como Familia, todavía podemos hacer más.

Anja Bohnsack, Responsable de investigación y desarrollo
Fuente: https://vfhomelessalliance.org/


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