Una de las hermosas vidrieras de la iglesia de Santo tomás Moro, en el campus de la Universidad de St. John en Nueva York, muestra el relato de la Transfiguración. La mayoría de las mañanas me siento frente a esta escena y, a veces, captura mi pensamiento. Eso se vuelve especialmente cierto cuando las lecturas dirigen mi atención a este evento.

He reflexionado que una de las verdades de esta historia del Evangelio no es simplemente que Jesús haya cambiado ante los ojos de sus discípulos, sino el cambio que se produce en los mismos discípulos. Llegan a un reconocimiento más profundo de quién es realmente Jesús. Su forma habitual de verlo recibe una mejora. Están dotados de una visión más profunda de su conexión con sus Escrituras, mientras conversa con Moisés y Elías. La voz del cielo los llama a prestar más atención a lo que les dice. Podríamos esperar que estas experiencias influyan en la forma en que los discípulos se relacionarán con Jesús a partir de entonces. Pero eso aún está por verse. Los discípulos quieren aferrarse a ese momento, estableciéndose en la montaña y permaneciendo dentro de esta maravillosa experiencia. Sin embargo, eso no está acorde a la voluntad de Jesús. No vino a morar en la montaña sino en las calles y casas de su gente. Él desea llamar a sus hermanos y hermanas a un cambio de vida y una confianza más profunda en su Dios. Los discípulos deben seguirlo mientras desciende de la montaña.

Escucho la historia de la transfiguración como una invitación a mirar mi vida y mi trabajo de manera diferente. Reconocer la forma en que Jesús se hace presente en las personas y las tareas de mi mundo ofrece un desafío diario. Lo que vengo a descubrir y resolver en mi meditación y mi oración necesita encontrar una expresión concreta en la forma en que empiezo el día fuera de la capilla. Vicente alentó a sus seguidores a aprender de su oración diaria y a tomar decisiones sobre la forma en que vivirían el día. Entiendo la importancia de esa llamada.

La historia de la transfiguración nos convoca a aprender de la experiencia de los discípulos. Nosotros también recibimos la oportunidad y el aliento de tener una visión más profunda de la persona y la misión de Jesús. Con él, dejamos la experiencia en lo alto de la montaña para entrar en las cargas y aperturas de cada día. El desafío radica en nuestra voluntad de aprender de lo que hemos visto y oído, y permitir que esas bendiciones dirijan nuestras manos y pies.

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