La lancha en la mar de un mundo sin fe

En una Asamblea General las Hijas de la Caridad sacaron un lema que sonaba punzante y atrevido: remar mar adentro, y lo plasmaron en las Líneas de Acción animándose a ir más allá, más lejos, más alto que nunca. “Remar mar adentro” está sacado del evangelio y refleja una alegoría que compara el mar con el mundo en que vivimos y la lancha con la comunidad.

El mundo moderno es el mar en donde navegan los hombres, de donde sacan la pesca para vivir, donde se bañan, se divierten y en cuya orilla viven. Hay días serenos y en calma, pero también hay temporales y galernas que meten miedo. Y a pesar de todo, Jesús les dice a los discípulos que remen mar adentro. Les propone dejar la orilla segura y desafiar el porvenir, atravesando las dificultades del mar abierto y tropezando con otros barcos que les disputan la pesca. El mar abierto implica encontrar días en los que domine la debilidad y la duda en medio de los temporales.

Y la barca de las Hijas de la Caridad se adentra en ese mar por donde navegan los pobres. Para hacer segura la travesía se aplican lo que el Concilio Vaticano II dijo a los sacerdotes, que, teniendo presente las alegrías de la vida consagrada, no pueden olvidar las dificultades en que se ven en las actuales circunstancias de la vida. Los nuevos impedimentos que obstaculizan la fe pueden debilitar los ánimos, viendo la esterilidad del trabajo realizado y el acerbo rechazo que sienten en medio de la sociedad (PO, 22). Lo que más duele es el rechazo de la gente por ser mujeres consagradas a Dios mientras navegan en una débil barquichuela por la mar encrespada.

Se habla mucho de la crisis de fe, de la indiferencia religiosa que ha alcanzado niveles altos entre los jóvenes y los lleva a sentir que Dios no es problema, que ni ocupa un lugar en sus vidas ni les preocupa. Es el fruto de la secularización que trae aneja la ausencia de Dios, desapareciendo incluso los símbolos religiosos que nos remitían a Dios: campanas, crucifijos en las escuelas, imágenes en las casas, santiguarse al ir de viaje. Se ve normal que las fiestas religiosas se vivan como fiestas civiles y que los sacramentos se conviertan en celebraciones sociales. El mundo que en épocas anteriores traslucía a Dios, ahora parece opaco y ha dejado de hacer preguntas sobre la otra vida. A este mundo envía Dios a las Hijas de la Caridad.

Al buscar las claves para comprender esta situación, aparece que la razón humana se ha convertido en la única fuente de conocimiento y muchos están convencidos de que la mente humana -sin necesidad de acudir a Dios- es la única que tiene la solución a los problemas que aquejan a la humanidad. La razón y la libertad que constituye al hombre en persona y es una conquista del mundo moderno para reconocer los derechos y la dignidad de las personas. Sin embargo, hay muchos que adoran la libertad como a un dios, la convierten en excusa para rechazar todo criterio ético y la convierten en insolidaria en defensa de quien sólo se interesa por él y los suyos.

Las Hijas de la Caridad descubren que esta sociedad moderna desacralizada ha terminado por ignorarlas. Acoge y alaba el servicio que hacen a los pobres, pero molestan y las rechazan, porque son mujeres de Dios. La gente frecuentemente aprueba lo que hacen como personas particulares, pero no como institución sagrada. Y esta postura las desilusiona y las hace sentirse frustradas. Se dan cuenta de que las Hijas de la Caridad son mujeres débiles que no tienen poder para hacer milagros ni cambiar la sociedad, y a veces se sienten en una ciudad sin Dios a la que tienen que hablar de Dios o en un desierto en el que no hay oyentes. En medio de una sociedad poderosa, viven en plena tempestad en una barca de madera con la mentalidad machacona de remar mar adentro para servir a los pobres y sienten más que nunca la debilidad de la lancha; y Jesús duerme en popa. Hay que despertarlo para sentir su presencia y su ayuda.

Ser profeta de Jesucristo en esta sociedad supone aceptar la marginación, la indiferencia y a veces el rechazo. Lo mismo le pasó a Jeremías, y a san Pablo en el Areópago de Atenas, y aún les pasa a muchas misioneras, especialmente en países de religión islámica, hasta con peligro de sus vidas. En estas circunstancias una Hija de la Caridad no sabe cómo provocar que Dios sea aceptado en el servicio que hace, no sabe si el débil barco soportará la galerna y si queda todavía fe en este mundo. Esta situación puede provocar cierta crisis en algunas Hermanas, incitándolas a buscar identidades alternativas para no aparecer como “monjas”. Y no porque no amen la vocación, sino porque rehúyen el choque, no quieren provocar y desean inculturizarse. Quieren evitar dos tentaciones, la del pesimismo descorazonador que desconfía de la ayuda de Dios, y la del optimismo angelical que se olvida de que hay que trabajar con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente en un mundo que Dios no transforma si no es por medio de las Hijas de la Caridad, decían Vicente de Paúl y Luisa de Marillac[1].

Pero teniendo en cuenta que analizar y descubrir los males y las situaciones deficientes de una comunidad no es pesimismo. Pesimismo sería concluir que o bien no encontramos respuestas a los problemas o bien no hay soluciones a los males. Pero no es pesimismo analizar la situación y denunciar los males, si se abren caminos de esperanza a los pobres, aunque no crean en Dios.

La Hija de la Caridad y el servicio materializado

Las Hijas de la Caridad quieren hacer el servicio de parte de Cristo, pero enlodadas en la pobreza, su servicio se materializa, porque el sufrimiento de los pobres es humano y parece que de parte de Dios sólo se siente el silencio, mientras que la Hermana ve que son los medios materiales los que liberan al pobre. El activismo puede introducir su vida espiritual en la flojedad y sentir su labor como un trabajo material con orgullo de sus dotes, capacidades y de los éxitos de su servicio, olvidándose que todo lo bueno procede de Dios.

Las Hermanas se sienten consagradas a Dios, y sufren cuando tienen la sensación de ser consideradas solo buenas empleadas. Este malestar se va traduciendo en un desgarro en su vida interior. Es urgente reconstruir una relación espiritual entre la persona, Dios y los pobres para proveer de esperanza espiritual a las Hermanas y ayudarlas a vivir su servicio confiando en Dios, como lo expuso Jesús en la parábola del sembrador. Muchos pobres, como una parte de la semilla, han caído en el camino y para que no se la lleve el diablo, las Hermanas van al camino, los cogen y los llevan dentro de la sociedad, al campo fértil. Otros viven dentro de la sociedad y parecen que pisan buena tierra, pero debajo hay una losa de piedra que no conserva la humedad, que no les da para vivir. Ellos pensaban que el progreso traería el final del mal y de la injusticia, pero el mundo no mejora e incluso surgen nuevas formas de opresión. Tan pronto como llega el calor de la crisis social, del paro, de la subida de precios, no aguantan y se secan en la religión y en las relaciones sociales. Muchos son pobres vergonzantes. Es duro ahondar en sus vidas, penetrar en la piedra que seca las raíces, pero las Hermanas no pueden abandonarlos ni estar indiferentes, aunque las rechacen.

Otros viven dentro de la tierra buena, pero rodeados de plantas malas que los ahogan: la riqueza, el placer, el orgullo, y perciben un vacío ético y falta de sentido moral que les hacen incapaces de reconocer lo que es bueno o malo y rechazan a las Hermanas que quitan las zarzas con humildad, sencillez y cariño para darles esperanza. También hay pobres que han caído en buena tierra y dan el 30, 60 o 100 por uno. Conservan el sentido de sacar adelante una familia, abrirse camino en la profesión, vivir holgadamente, gozar de los placeres abundantes, fuertes y rápidos de la vida. A estos hay que indicarles que esos frutos no tienen fuerza para dar razón de la existencia ni para dar respuesta al enigma de la muerte; hay que convencerlos de que el verdadero sentido de la vida es amar a los pobres y al Dios que los acoge como a sus miembros dolientes.

Ante esta situación, quizás el riesgo mayor que aceche a las Hijas de la Caridad sea el de la confusión, en lo que deben hacer ellas y los superiores ante las estructuras que no responden adecuadamente a los problemas nuevos. Comprueban que los medios tradicionales ya no dan el fruto de antaño ni han logrado ser recibidas como profetas de Dios. Han empleado demasiado tiempo en denuncias de los males sin abrir caminos de esperanza con propuestas evangélicas e incluso cambios estructurales valientes que las revistan de nuevos ánimos para responder al presente. Es un desafío, pero tienen medios suficientes para intentarlo. Sólo hace falta bogar con audacia mar adentro, como se lo pide su vocación.

La Hija de la Caridad tiene que percibir su vida de profeta como una vocación, y organizar su vida a partir del hecho de haber sido elegida para profeta en medio de una sociedad hostil. Una vocación que tiene como fundamento el amor de Dios a los pobres y, como máxima aspiración, vivir desde este amor, mediante el trato asiduo con el Señor, han de fortalecerla mediante su vinculación a la comunidad y a la vida sacramental.

Vivir vocacionalmente el don de profecía exige dejarse conducir por el Espíritu Santo a través del mar de los quehaceres cotidianos y del mar del encuentro personal con Dios. Es urgente preparar la tierra para aceptar la semilla y no tener miedo en anunciar el evangelio que presenta a Jesucristo como al enviado del Padre para cambiar esta sociedad en un Reino de justicia, de amor y de paz, sabiendo que no toda siembra de la Palabra está destinada a dar abundantes frutos.

 P. Benito Martínez, CM

Notas:

[1] SVP. IX, 442; XI, 120; SLM. c. 14.

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