La acusada y los acusadores

Los movimientos feministas parece que están en expansión y los vemos manifestarse por las calles, reivindicando igualdad. El Papa Francisco en una reunión de jerarcas de la Iglesia celebrada en el Vaticano afirmó que “a fin de cuentas todo feminismo termina siendo un machismo con faldas” (Segunda jornada el 22 de febrero de 2019 sobre “abusos a menores”). Ello me ha animado a reflexionar sobre varios pasajes de los evangelios que tienen por protagonistas a las mujeres. El primero, ya comentado la semana pasada, es el encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42), el segundo es el encuentro con la mujer adúltera. Un episodio en el que Jesús exige que nos perdonemos unos a otros, como él perdonó a la mujer adúltera (Jn 8,1-11).

La mujer adúltera no es distinta de la samaritana, que tuvo cinco maridos y vivía amancebada con un sexto hombre. A aquella se la llama adúltera porque ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Es un momento clave de la vida de Jesús sobre un tema que había expuesto varias veces de palabra: para convivir en comunidad es imprescindible el perdón mutuo. Lo hace de una manera solemne, en el templo y sentado como un maestro de la ley. Le presentan a una mujer sorprendida en adulterio para la cual está prevista la lapidación. Pero lo que quieren es coger a Jesús en contradicción: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices? Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle”, enfrentándole a Moisés o a la ley del amor y del perdón que él predicaba.

En comunidad las Hermanas están en los tres lados. En el lado de la adúltera, porque todas cometen faltas, en el lado de los acusadores, porque es fácil ver las faltas de las compañeras y en el lado de Jesús, porque todas tienen buen corazón y perdonan.

Si el Apocalipsis dice que la Iglesia, la Comunidad es la esposa del Cordero Cristo (Ap 19, 7; 21, 9), también puede decir que cada Hermana es su esposa, y adúltera siempre que lo abandona por otros placeres mundanos, y las demás Hermanas pueden acusarla de ser infiel a su marido. Pero Jesús nos acusa a su vez: Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

La fatiga de vivir en comunidad con personas que no han escogido para vivir como en una familia y hacerlas felices, hay que tenerlo presente, cuando se ve que una compañera no ha sido fiel a la comunidad. Si se profundiza, se encuentra el pecado en todas, y se comprende que ninguna puede tirarle la primera piedra. Antes de acusar a la compañera habría que ver si la acusación nace del Espíritu divino o del espíritu humano, porque, si la lámpara del cuerpo es el ojo, cuando el ojo está sano, todo el cuerpo está luminoso; pero cuando está malo, el cuerpo está a oscuras… (Lc 11, 34-36).

Perdonar es amar, acoger y cargar con los pecados de los demás

Perdonar es un acto de amor que lleva a la Hermana que perdona a participar del corazón único de la comunidad. Para perdonar hay que amar, pues si se ama a las compañeras, se las ve como amigas que necesitan ser rescatadas. Y contra la infidelidad de la compañera que no cumple está la medicina de acogerla como a una amiga que se convierte en hermana por el perdón. El perdón vuelve a crear un espacio para que exista la amistad en un grupo de amigas que se quieren y te llaman aún cuando tú te alejas.

Perdonar es acoger a quien ofende, porque el pecado está dentro de todos, aún del mismo que perdona. Y si se mira desde este lado, el perdón es fruto del amor cuando la compañera y amiga descubre la necesidad que tiene de corregirte, y desciende contigo al vacío de tu pecado y te abraza sin condenarte, pues Dios no ha mandado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo (Jn 3, 16).

Jesús sufrió con el pecado de la adúltera y cargó con él. San Vicente decía a los superiores que debían cargar con los pecados de la comunidad y santa Luisa cargaba con los pecados de su Hijo y los de las Hermanas hasta convertirlos en complejo de culpabilidad. Es la luz que hace pasar al otro lado del muro que lleva a identificar a la Hermana con su pecado, cuando ella con sus faltas es una amiga que llora sus debilidades. Quien perdona se transforma en Cristo y encuentra la felicidad en comunidad. 

Las Hermanas de comunidad, como esposas de Cristo están encadenadas unas a otras. Si una desciende a las tinieblas de la soledad o el aislamiento, quien la perdona desciende con ella, llevando una antorcha encendida que ilumine el camino para volver a la luz. Convertida en Cristo, desciende como él a los infiernos para sacar a los que allí están. Santa Teresa de Jesús, enloquecida de amor, decía que, también ella, por un alma estaría dispuesta a ir al infierno.

Revestirse del Espíritu de Cristo lleva al perdón

El Espíritu Santo se apodera de quien perdona y del perdonado y los reviste de Jesucristo. Amar a las Hermanas hasta perdonarlas es una de las experiencias más emocionante de la vida comunitaria. Porque las cualidades que tienen las Hermanas y todos los dones que les da el Espíritu Santo son carismas para bien de la comunidad. Perdonar puede superar las fuerzas humanas, si no va movido por el Espíritu Santo. Pero quien perdona cuando el Espíritu Santo se lo inspira, está revestido del Espíritu de Jesucristo que descendió hasta lo hondo del pecado y lo hizo suyo. La Hija de la Caridad, transformada en Cristo, hace lo mismo con las compañeras y con los pobres.  

El Espíritu de Jesucristo que perdona y se hace maldición por nosotros, cargando con nuestros pecados, fortalece también a quien busca la oveja perdida y la moneda olvidada, porque la Hija de la Caridad se santifica sirviendo a unos pobres que se quejan de no encontrar perdón en la vida. Sin perdón no se encuentra a Jesucristo, y hay que encontrarlo en comunidad para anunciárselo a los pobres y a la sociedad entera. Las Hermanas necesitan el coraje de ayudarse en la salud y en la enfermedad, pero también son sirvientas de Cristo en los pobres y, como esposa fiel, aunque sean adúlteras, necesitan experimentar que son perdonadas y saben perdonar.

Algunos consideran que el perdón es incompatible con la justicia; la justicia es lo primero y el perdón se ve como una debilidad. La justicia es la base de la convivencia, pero el amor supera a la justicia. Y si se suprime el amor “la máxima justicia es la máxima injuria”

Perdonar no es olvidar, porque a veces es imposible olvidar y, aunque se luche por olvidar, no siempre se logra. Y algunas veces conviene no olvidar, aunque se perdone, para no repetir las mismas ofensas. Pero cuando se dice perdono, pero no olvido suele indicar venganza, si no hace nada por olvidar. No olvidar puede llevar a tener presente el recibo de lo que nos deben y estar dispuesto a pasar cuentas en la primera ocasión. Es el veneno del resentimiento, de la venganza o del ansia de castigo. El castigo no está reñido con el perdón. Una madre siempre perdona, aunque castigue. Puede ser aprendizaje, escarmiento o persuasión.

Perdonar es no tener en el corazón rencor ni venganza ni ansia de que el ofensor sea castigado. Buscar subterfugios para hacerlo de otra manera es no perdonar.

El perdón de Jesús a la adúltera, modelo de perdón

Jesús da a la adúltera un perdón total y sin condiciones, le ofrece el perdón gratuitamente, no como un intercambio de perdón por arrepentimiento. El odio es una tristeza interior que daña al que lo padece. Hay que combatir la mal­dad de los ofensores sin aborrecerlos. Jesús odia el adulterio, pero ama a la adúltera.

El perdón es siempre una apuesta arriesgada en favor de quien es perdonado, y un acto de confianza de quien perdona. Es un riesgo que asumen Dios y nosotros cuando perdonamos. Dios perdona y confía mil veces, dando nueva oportunidad al hombre. Y pide que hagamos como él. Jesús primero perdona, después pide arrepentimiento para que la mujer sienta el perdón. Porque el perdón humaniza la vida comunitaria. Apostar en favor de quien ha ofendido, supone confiar en él, al tiempo que él toma confianza en sí mismo, al sentirse perdonado y amado. 

Para perdonar es necesario comprender. Cuando Jesús comprende, la perdona y aleja el castigo, al verla separada, avergonzada y condenada. Es un momento tierno de la vida comunitaria como el de Jesús que se quedó solo con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. Seguramente la mujer, agradecida, le abrazó.

Cuando los acusadores comprendieron que eran pecadores, perdonaron. Hay que comprender que to­dos somos pecadores y el que no haya pecado que tire la primera piedra. Y, cuando son faltas re­pugnantes que sobrepasan la medida de lo común y en las que no se suele caer, también se exige la comprensión para poder perdonar. La comprensión lleva a examinar las circunstancias de la exis­tencia de la Hermana y del pobre. Si se comprende ya se perdona. Ya no se juzga. Hay que perdonar aún al que no perdona y comprender que está aplastado por una carga insoportable, pues algo que para unas personas es lleva­dero, para otras, por su sicología o su situación actual, es inaguantable. Hay que comprenderlo.

Benito Martínez, C.M.

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