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Carne y sangre de la nueva y eterna alianza

por | Ago 16, 2018 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Jesucristo nos ofrece su carne como verdadera comida y su sangre como verdadera bebida.  Si comemos su carne y bebemos su sangre, tenemos vida eterna.

Esta vez no provoca Jesús una crítica, sino una disputa.  Disputan entre sí quienes no se explican cómo puede él darles de comer su carne.

No deja de contestar Jesús a los que piden explicación.  Les advierte que no tienen vida en sí mismos los que no comen su carne ni beben su sangre.  Afirma, luego, que quienes comen su carne y beben su sangre tienen vida eterna.  Añade además que él los resucitará en el último día.  Y les ofrece otros motivos.

Queda claro que Jesús no retira su enseñanza controversial.  La reitera, más bien, resuelta e inequívocamente:  «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».  Deja, sin embargo, a un lado la cuestión de cómo.  En otras palabras, él no les da la explicación que buscan.

Y mejor que así sea.  Es que a los que desconfiamos, murmuramos, disputamos o rehusamos creer, a nosotros difícilmente nos resulta convincente una explicación.  Con frecuencia, nos obstaculizan nuestros prejuicios, presuposiciones o viejos conocimientos.  Da a entender esto que, para comprender, hay que creer.

Nos conviene, entonces, aceptar la invitación:  «Venid y veréis», o «Gustad y ved qué bueno es el Señor».  Después de todo, el movimiento se demuestra andando, o el apetito viene al comer uno.  Los que dan, probándole al Señor, recibirán de él bendición sin medida (Mal 3, 10).  Así verán ellos que dar es recibir.

Quienes aceptan la invitación de Jesús ven lo vivificadoras que son su carne y su sangre.  Logran comprender que morir significa vivir.   

Jesús revela el misterio de su persona a los que, dando el salto de fe, acuden a él.  Los hace ver que la necedad significa sabiduría, la perdición salvación, el anonadamiento plenitud, la cruz exaltación, la muerte vida.  Les abre, sí, los ojos, mientras comen ellos su carne y su sangre.  Así como les abrió los ojos a dos discípulos en Emaús.

Así como le abrió también Jesús los ojos al que finalmente se entregó resueltamente a él y a los pobres.  Éste, dejándose llenar del Espíritu y habitando en Jesús, se hizo místico de la caridad.  Amó a Dios y procuró que lo amasen también los demás (SV.ES XI:553).  Y consiguió reconocer a Jesús y declarar inequívocamente:  «Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo» (SV.ES V:511).

Señor Jesús, atráenos y haznos venir a ti.  Así captaremos el pleno sentido de tu enseñanza de que tu carne es verdadera comida y tu sangre, verdadera bebida.

19 Agosto 2018
20º Domingo de T.O. (B)
Prov 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58

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