Escuchar en el diálogo

Se ha hecho famoso el Testamento espiritual de santa Luisa: “Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose unas a otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor” (p. 835). Porque la unión es tan esencial para la supervivencia de la comunidad de las Hijas de la Caridad que los fundadores le dieron como modelo nada menos que la unión trinitaria. Y para asemejarse a la Santísima Trinidad no deberían ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo espíritu como las tres divinas Personas, decía santa Luisa (E 55). Pero la unión entre las Hermanas de comunidad sólo será posible si viven unas relaciones basadas en el diálogo, convencidas de la necesidad de compartir las experiencias de Dios, las inquietudes apostólicas, las tristezas, gozos y esperanzas, como decía Pablo VI: “este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad con el nombre, hoy ya común, de “diálogo” (Ecclesiam suam, 26).

Lo más importante, pero difícil, del diálogo es saber escuchar. La importancia que daba san Vicente a la escucha, la plasmó en una frase a las Hermanas: “Llevad sobre todo los ojos y los oídos, pero dejaos la lengua en casa” (IX, 247). Parecido al adagio popular: Saber hablar es un don de muchos. Saber callar es virtud de pocos. Saber escuchar es generosidad de muy pocos. Si es urgente saber callar, más urgente es saber escuchar en actitud humilde. Sin embargo, la actitud de escucha es difícil en las comunidades y en la sociedad. En la sociedad actual los gobernantes solo escuchan a los de su partido y los políticos a quienes les dan votos sin admitir una crítica constructiva.

La escucha es el gran problema que se presenta en las relaciones entre nativos e inmigrantes. No se escuchan para comprender las posturas de cada grupo, para saber las causan de abandonar patria y familia, para conocer los motivos por qué pueden ser rechazados.

En la sociedad y también en comunidad, al compartir experiencias e informaciones, estamos pendientes de comunicar lo nuestro más que de escuchar a otros, de hacer monólogos sobre nuestras razones sin importarnos las de los demás. ¡Cuántas veces, mientras nos hablan, pensamos lo qué vamos a responder! ¡Cuántas veces interrumpimos a quien nos habla, cuántas veces rechazamos lo que está diciendo, cuántas veces nos creemos tan expertos que ya tenemos las respuestas al problema que exponen antes incluso de que hayan contado la mitad! ¡Cuántas veces tendemos a pensar que es el otro el que está equivocado, incapaces de ponernos en su lugar para comprenderlo, y cuántas otras escuchamos sólo las opiniones que coinciden con las nuestras! Escuchar a otra persona implica saber esperar pacientemente hasta que termine.

La escucha: acogida y amor

Si hubiera que dar una figura social a la escucha, la mejor sería la farmacia. La escucha se convierte en una farmacéutica que está a disposición de los clientes. Al escucharlos los invita a que confíen en ella y juntos superar las dificultades. Escuchar es acoger las recetas del que viene. Ella habla o se calla según lo que parece ser el gusto del cliente. Escuchar a uno es hacer suyos sus problemas. No se trata de oír, sino de prestar atención, de decirle al otro que le interesa lo que le pasa o lo que dice.

Si una Hija de la Caridad no sabe escuchar, está usando su vocación en bien propio, se encierra en sí misma, destruye el carisma y se empobrece. Dispuesta a escuchar a todos los que sienten necesidad de compartir sus alegrías y tristezas, siempre está dispuesta a escucharlos y llenarlos de esperanza. Una Hermana que está disponible, que escucha al pobre y a las compañeras, reconoce que escuchar a los demás es dejar entrar la luz y el aire fresco que regenere esa tendencia desbocada a buscar exclusivamente nuestros intereses asfixiantes. Para una Hermana que está disponible, escuchar al pobre y a la compañera cuenta tanto como la luz y el aire.

Sin embargo, no significa opinar o sentir lo mismo que el otro. Se trata de respetar sus ideas y emociones, de interesarse por sus problemas y querer ayudarle. Escuchar supone “meternos en la piel” de otra persona y hacerle saber que “nos hacemos cargo” de lo que siente y de que sea diferente y vea las cosas desde otro punto de vista. Necesitamos ser escuchados para sanar nuestro corazón, porque, si no nos confiamos a otras personas, podemos vivir encerrados en nuestros sufrimientos.

Cuando escuchamos, hacemos que las Hermanas de la comunidad se sientan valoradas, amadas y apreciadas. Como decía D. Bonhoeffer: “el primer servicio, que un miembro le debe a otro dentro de la comunidad, es escucharlo”. Es brindarle afecto, demostrando interés por lo que vive y siente, porque “tan sólo con escuchar aliviamos el dolor y el sufrimiento”. La escucha cura y ayuda a superar las dificultades, pues “quien no se siente escuchado se siente solo, aunque esté en compañía: se siente excluido, no interesante para los demás” (Bermejo). Y Arturo Graf: “Escuchad el consejo del que mucho sabe; pero sobre todo escuchad el consejo de quien mucho os ama”.

Escuchar, pero sin responder con en un recetario de consejos, se quejaba un desconocido: “Cuando te pido que me escuches y tú empiezas a darme consejos, no has hecho lo que te he pedido, no respetas mis sentimientos. Cuando te pido que me escuches y tú sientes el deber de hacer algo para resolver mi problema, no respondes a mis necesidades. ¡Escúchame! Todo lo que te pido es que me escuches, no que me hables ni que hagas. Sólo que me escuches. Aconsejar es fácil, pero yo no soy un incapaz. Quizás esté desanimado o en dificultad, pero no soy un inútil. Por favor, escúchame”. Parecido escribe Borges: “No puedo darte soluciones para todos los problemas de la vida. Ni tengo respuestas para tus dudas o temores. Pero puedo escucharte y buscarlas junto contigo”. Y Michel Quoist: “Si sabes escuchar, muchos irán a hablarte. Tal vez, antes que pronuncies una palabra constructiva, el otro se habrá ido, feliz, liberado, iluminado. Pues lo que inconscientemente esperaba no es un consejo, una receta de vida, sino a alguien en quien apoyarse”.  

El mundo necesita escuchar, como escribía Fernández Barrajón: “¡Qué distinto sería todo si escucháramos! Podríamos oír con nitidez el llanto de tantos niños sin oportunidades ni futuro. Las lágrimas silentes de la madre que no sabe qué cocinar porque no tiene nada. El pálpito apenas perceptible del enfermo de sida que dormita tirado sobre una estera en los surcos de África. El estruendo de las explosiones suicidas a diario… Hay mucho que oír para que no nos deshumanicemos a fuerza de pronunciar hermosas palabras… Para hacerse oír, a veces hay que callar. A la luz de la Palabra tiene que abrirse paso una comunidad de fe más misericordiosa para que podamos ser creíbles” (VIDA NUEVA 30-08-2008).

Al escuchar nos miramos a la cara, y mirarnos a la cara es comenzar a amarnos. El Evangelio quiere oídos que escuchen: “El que tenga oídos que oiga”

Escuchar la Palabra

Dice Bonhoeffer que “el amor a Dios comienza por escuchar su Palabra”. Dios es un Dios que habla. Habló primero por los profetas y después, por su Hijo Jesús. Por ello, saber escuchar es la actitud fundamental ante Dios que nos habla por medio de la Sagrada Escritura, de las experiencias y de los acontecimientos de la vida. Al leer o escuchar la Palabra divina cada hombre o mujer siente la presencia del Espíritu Santo en su interior. Su Palabra es una semilla que guarda la vida y germina a lo largo de la historia de cada persona, iluminando su mete y animando su voluntad.

Oír viene de una palabra latina obaudire que significa obedecer. Y es el sentido genuino de escuchar, porque escuchar al Espíritu divino que nos habla nos lleva a obedecer su Palabra. No basta oír simplemente el mensaje, hay que escucharlo dispuestos a cumplir la voluntad de Dios. María es modelo de escuchar la palabra de Dios, que conserva y medita en su corazón, mientras que su Hijo Jesucristo se declara el Hijo obediente al Padre, dispuesto siempre a escucharle. En el Tabor el Padre nos invita a escuchar a su Hijo amado y sigue invitándonos a escuchar su Palabra para poder ser fieles al proyecto de salvación que tiene sobre nosotros, como dice Santiago: “recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas” (St 1, 21). Sin escucha, sin oyentes, aunque haya profecía, esta resuena en el desierto. En la cultura moderna de las prisas, hay que sentarse a los pies de Jesús, como María de Betania, saborear su ternura y transmitírsela a los pobres.

Escuchamos la Palabra para trasmitirla. El estado de caridad, al que están llamadas las Hijas de la Caridad, será realidad en la medida en que pasen la experiencia personal con Dios al servicio de los pobres. Lo decía el Padre Maloney: “Hermanas, andad en el amor de Dios. La santidad no consiste solo en ser piadosas, no consiste sólo en ser una trabajadora eficaz. Consiste en ’estar poseídos por Dios’.  La gente ‘palpa’ a Dios en ella. Ella irradia su alegría, su paz, su fortaleza”.

Es crucial escuchar amorosamente a Dios que os envía a los pobres, porque se-réis creíbles y significativas en el mundo actual. La experiencia de Dios y una vida interior profunda, será lo que impulse y dinamice todo nuestro ser y obrar. Von Baltasar señala que: “El que no escucha primero a Dios no tiene nada que decir al mundo”.

Indícame el camino que he de seguir

Es en el silencio interior donde tiene lugar la escucha de la Palabra del Espíritu divino convertida en oración. La mente está a veces tan llena de trastos, que difícilmente llega la voz al corazón. Hay que vaciarla para que quepa el Espíritu Santo. Ahí comienza la vida interior. San Vicente decía a los misioneros: “Buscad, buscad, esto dice, preocupación, esto dice acción. Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; buscadlo en vuestra alma, como en su morada predilecta; es en el fondo donde sus servidores procuran practicar todas las virtudes. Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo” (XI, 429). Resumiéndolo con aquella conocida frase: “Dadme un hombre de oración y será capaz de todo” (XI, 778)

La oración es, en realidad, un diálogo en el cual la Palabra de Dios asume la iniciativa, y nosotros escuchamos. Y esa escucha atenta y obediente nos remitirá con urgencia al servicio del pobre. Porque buscar a Dios significa encontrarlo en los sucesos que rodean a los pobres, sin dejarnos llevar por el activismo, que sería inútil si no va precedido de un tiempo de oración. Cuando escuchamos al Espíritu Santo en la oración, conocemos profundamente nuestras limitaciones, debilidades y valores.

Para poder escuchar la Palabra, es necesario hacer un silencio que nos permita saborear el gozo de sentirnos habitados por el Espíritu Santo. Desde la escucha interior podemos hacer que nuestro servicio a los pobres sea fidelidad al espíritu vicenciano de humildad, sencillez y caridad.

Autor: Benito Martínez, C.M.

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