Homilía del cardenal Osoro en la eucaristía de acción de gracias por la beatificación de los mártires vicencianos

por | Dic 10, 2017 | Formación, Mártires 2017 | 0 comentarios

El cardenal Osoro presidió la eucaristía de acción de gracias por la beatificación de los mártires vicencianos que tuvo lugar en la basílica de La Almudena (Madrid) el 12 de noviembre. A continuación transcribimos su homilía:

Hermanos y hermanas:

Comenzamos el Año Litúrgico y damos gracias a Dios por este nuevo tiempo que nos regala para acercarnos más Él y buscar el ser más fieles testigos de la alegría del Evangelio. Un tiempo de esperanza se abre en nuestras vidas y un tiempo de gracia para realizar esa conversión que siempre, cuando ponemos nuestras vidas delante del Señor, anhelamos y queremos. Os gradezco vuestra presencia hoy aquí para dar gracias conmigo también al Señor porque el día 19 de este mes de noviembre el Papa Francisco creó cardenales para ayudarle en su ministerio como Sucesor de Pedro y entre ellos me eligió a mí.

Doy gracias a Dios por esta elección. Bien sabéis vosotros que el cardenalato no significa una promoción o un honor, ni siquiera una consideración, es sencillamente un servicio que exige ampliar la mirada y ensanchar el corazón. Ayudar al Sucesor de Pedro, al Papa Francisco, mirando como el Señor las necesidades de todos los hombres que habitamos esta casa común que es toda la tierra y ensanchando el corazón para que puedan recibir la buena nueva sin retirar a nadie, teniendo el corazón de Cristo, que mandó a los discípulos entre los que se encontraba Pedro: «Id por el mundo y anunciad a todos los hombres el Evangelio».

Este es el honor y la ayuda que el Papa Francisco me pide en estos momentos, que como comprenderéis y como en otras ocasiones os dije de otra manera supone trasplante de ojos y trasplante de corazón. Ayudar a Pedro que es el Papa Francisco a ver con la mirada y con el corazón de Jesús a todos los hombres y ayudarle a vivir su ministerio hasta dar la vida por el Jesucristo.

Hoy a todos quiero deciros:

1. Gracias por compartir conmigo esta alegría y esta misión. Como nos decía el Papa Francisco en una carta que nos escribía a los cardenales recién creados, «que el Señor te acompañe y te sostenga en esta misión que hoy la Iglesia te encomienda […] Muchos fieles se acercarán para felicitarte y demostrar su alegría por esta designación […] acepta este gesto de tus fieles y de tus amigos […] Procura que este gesto luminoso de ternura no quede ensombrecido por ningún atisbo de mundanidad, de alegría mundana […] la mundanidad es engañosa y apolilla el corazón, privándolo de la solidez y la ternura que debe tener un pastor […] Deseo que tu servicio a la Iglesia sea luminoso, humilde, servicial y, sobre todo, un testimonio para el bien del pueblo fiel de Dios». Gracias por ayudarme a vivir todo esto.

2. Perdón por las veces que, junto a vosotros, no he sabido decir y vivir lo que el Papa Francisco tan bellamente nos dijo a los cardenales recién creados en su homilía con cuatro palabras: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen y rueguen por los que los difaman (Lc 6, 27-36). ¡Qué tarea más bella! Exigidme el cumplirla, rezad para que lo haga. Como el Papa Francisco nos decía, nuestra época se caracteriza por fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial, surgen la exclusión y la polarización como únicas formas posibles de resolver los conflictos. El desconocido, refugiado o emigrante o se convierte en amenaza o le damos el título de desconocido.

La fuerza y el secreto de Jesús se esconde en que nos dice siempre que en el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos y nosotros si acogemos a Dios tenemos hermanos. ¡Qué bien nos viene recordar a nuestra madre Santa María en esta advocación entrañable de la Almudena, pues nos ratifica que lo nuestro es «haced lo que Él os diga», es decir, quitar muros, romper distancias y barreras. Dios nos ama aun cuando seamos enemigos suyos. Pedid por mí, para que nunca se cuele en mi vida el virus de la polarización y enemistad en las formas de pensar, sentir, y actuar.

3. Iniciemos el camino de la Esperanza y Conversión, que se convierte en compromiso. El tiempo de Adviento que hoy comenzamos así nos lo recuerda. Iniciamos un nuevo año litúrgico que nos dice que lo hagamos viviendo tres etapas: a) Caminando; b) Conversando y meditando y c) Con coraje de existir, es decir con esperanza. Las tres etapas hay que hacerlas al tiempo para poder vivir en esperanza y conversión permanente. 

A. Caminando: No tengamos miedo, escuchemos al Señor que nos ha dicho «venid», «subid», convencidos de que Él nos instruirá en nuestros caminos, en lo que hagamos. Él tiene respuestas y salidas para todo y para todos. Pero no vayamos por cualquier senda, hemos de marchar por sus sendas. En este camino, todo lo cambia; de espadas hace arados para remover la tierra y que produzca más y puedan comer todos los hombres, de las armas para defendernos de los demás, de las lanzas, hace podaderas, es decir, va fraguando de tal manera nuestra vida que quita de ella todo lo que estorba al crecimiento humano que en definitiva es verdadero cuando nos hace ser más imágenes reales de Dios y con más capacidad para servir, para entregarnos, para vivir siempre mirando a los otros con la mirada de Jesús y con el corazón de Jesús. (cfr. Is 2, 1-5).

B. Conversando y meditando: Dándonos cuenta del momento que vivimos, de las necesidades y urgencias que tienen todos los hombres, de la necesidad de construir un mundo de hermanos, donde los más necesitados estén en primer lugar, donde Dios esté presente, ya que es el único que nos pregunta siempre: «¿Dónde está tu hermano?». Despertemos del sueño y veamos que la salvación se acerca, está a nuestro lado, cada día más cerca. La salvación es Jesucristo, que vino y se hizo hombre, ha resucitado, pero volverá. De Él es el día, no la noche ni las tinieblas. Por eso, conversemos con Él, escuchemos su Palabra.

Dejemos que su Palabra, su presencia, su perdón inunde nuestra vida y nos haga ver que «el día se echa encima», que hay que «dejar las actividades de las tinieblas» que son las que implantan el egoísmo, el desentendernos de los demás, el no dejar sitio para los otros sea quien sea, el no descubrir que esta tierra es de todos y para todos. ¡Qué ánimo nos da el Señor! Al iniciar el Adviento, nos dice: «Pertrechémonos con las armas de la Luz», es decir, el mismo Jesucristo, ya que solamente Él es el Camino, la Verdad y la Vida. La invitación de san Pablo es clara, pues nos invita a «vestirnos del Señor Jesucristo».

C. Con coraje de existir, es decir, vivir con esperanza fundada en Jesucristo: Recordemos la profunda crisis económica y de paz, que lo es de valores, que estamos viviendo. Seguimos viviendo frívolamente en la manera de enfrentarnos con la vida. Dejemos que nos siga haciendo la pregunta Jesucristo, ¿vivimos despiertos o amodorrados en la rutina de cada día? El Señor nos invita a no vivir distraídos. No es que nos acuse, pero nos advierte: «Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela». A veces estamos distraídos de lo que es esencial. Y Jesús quiere que no nos distraigamos que «Él puede venir en cualquier momento o en cualquier situación».

El Señor nos invita a vivir con coraje, a tener esperanza, la que Él nos da. Y nos pone dos ejemplos para que lo entendamos: el descuido de los contemporáneos de Noé y el descuido del amo de la casa, es decir, la llegada imprevista del diluvio y la del ladrón. Estas llegadas provocan ruina y destrucción. El Señor nos invita a vivir y a descubrir en este tiempo de Adviento conscientes del anhelo de paz, de justicia, de solidaridad, de la Vida que Dios ofrece en cada instante; nos invita a eliminar la cultura de la superficialidad. Nos invita a reaccionar con coraje y viviendo de una manera lúcida, abiertos a todos.

Sí, «es hora de despertar del sueño», atrevámonos a vivir, a ser diferentes, a tener coraje de existir, con la existencia de Cristo. El Evangelio es una llamada a la esperanza en el Hijo del Hombre que viene. Se nos invita a renovar nuestra esperanza. En el mundo hay un oscurecimiento de la esperanza, hay mucho desorientado e inseguro, marcados por la nada, el sinsentido o la cultura del vacío que se manifiesta en el individualismo, en la vida intrascendente, la apatía, la frivolidad, la falta de utopías. El Papa Francisco nos decía que «la crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo».

Que este tiempo de Adviento nos abra a la Luz que es Cristo, que cuando entra en nuestra vida la renueva. Digámosle con todas nuestras fuerzas: ¡Ven, Señor Jesús! Necesitamos que llenes nuestro corazón de esperanza y fortaleza, de tu Amor y de tu Alegría. Amén

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