Mi querida Hermana: Suplico a Jesús venido a este mundo, que sea su fuerza y su consuelo en estos primeros días del nuevo curso. Hábleme de lo que hacen en el servicio de ese hospital y de los enfermos que hay por la ciudad y sobre lo que ya le he dicho acerca del catecismo. Temo que no haya sido bien comprendido el modo de hacer la catequesis que tiene Sor Juliana. Este verano se han convertido, en el hospital de San Dionisio, dos o tres herejes. Dios lo sabe y basta: Nuestro Señor prohibía siempre a los Apóstoles que dijeran lo que hacía. Si ha llegado el tiempo de que lo que las Hijas de la Caridad han venido haciendo hasta ahora con sordina, resplandezca a plena luz, ¡bendito sea su santo Nombre! En cuanto a los soldados convalecientes, hará bien en dejarlos en algún ángulo de las salas o en otro lugar, pero con una puerta de seguridad para no poder pasar a comunidad; ya sabe usted la importancia que dan las reglas y la prohibición que hacen de que estemos con hombres.

Les enviamos las estampas y máximas que la Providencia ha hecho les toquen en suerte; y le ruego, querida Hermana las reciba así y tenga, además cuidado en volver a leer nuestras apreciadas cartas, para recibir por su medio el espíritu de Jesucristo, sin el cual todo cuanto digamos y hagamos no es más que címbalo que retiñe (c. 716).

Carta en enero de 1660 a Sor Maturina Guérin que está en La Fère cuidando a soldados heridos.

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Reflexión:

  1. La Fère era una ciudad pequeña, pero situada estratégicamente en el sur de Picardía, en la frontera entre Francia y los territorios del Imperio austriaco continuamente en guerra. Los reyes de Francia habían establecido en La Fère un hospital para los soldados heridos en las incesantes batallas y para los soldados convalecientes que solían agruparlos en una de las esquinas de la sala.
  2. Los hospitales eran una sala ventilada por ventanas en lo alto de las paredes. Las camas se alineaban en tres filas, en las paredes y en el medio. En un extremo se levantaba un altar para celebrar la eucaristía y conservar el Santísimo, convirtiéndose en una especie de capilla. Y en las Iglesias solo podían hablar los sacerdotes y, por excepción, los hombres, pero nunca las mujeres. Y Sor Juliana rompió esta regla explicando el catecismo, con el consentimiento de santa Luisa de Marillac.
  3. Pero esta carta tiene otra gran importancia. Escrita solo dos meses antes de morir la santa que ya se sentía enferma, pero no había perdido las energías para programar el nuevo año que comenzaba.
  4. Organiza el servicio en el hospital y por las calles de la ciudad; organiza la catequesis, rompiendo sin miedo los tabús que dominaban la sociedad; se apoya en las estampas que dirijan los pasos de las Hermanas; rompe con el criterio vicenciano de hacer todo en humildad y sin llamar la atención; pero guardando siempre las Reglas, sobre las relaciones con los hombres, tan temidas entonces.
  5. Enseñanza firme para animarnos y organizarnos a todos los vicencianos en la convivencia y en el servicio apostólico de este nuevo curso 2017-2018 que comienza en setiembre.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Os reunís para programar el nuevo curso de 2017-2018? ¿Qué buscas? ¿el lucimiento personal, el alarde de la Asociación, el bienestar de los pobres o la gloria de Dios?
  2. Como buen vicentino, ¿te ocupas solo de la tarea que te encomiendan o de toda necesidad y de todo pobre que encuentras en la vida?
  3. En la rama vicenciana a la que perteneces ¿ves energía, ánimo e ilusión para continuar? ¿Qué te enseñan San Vicente, santa Luisa y el beato Ozanam con sus compañeros?

Benito Martínez, C.M.


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