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Vicencianos por Doquier: Mi viaje vicenciano hacia la simplicidad y concienciación

por | May 26, 2017 | Formación, Reflexiones | 0 comentarios

En el blog Meet me at the Mission [Encuéntrame en la Misión], de medium.com, la graduada de DePaul, Cece Metzdorff, escribe:

¿Cuándo obtuvo una connotación negativa la palabra «simple»?

Aunque el diccionario defina simple como «fácil», estoy en desacuerdo. Creo que la simplicidad es difícil. La simplicidad es difícil porque requiere acciones y elecciones deliberadas. Vivir con sencillez y humildad es un valor fundamental vicencianos, y uno que resuena profundamente en mí.

«Estad contentos con lo que tenéis; regocíjense por cómo son las cosas. Cuando se dan cuenta de que no les falta nada, todo el mundo les pertenece» — Lao Tzu.

Vivir con sencillez requiere una reflexión diaria, otro valor fundamental vicenciana. La reflexión me da tiempo para estar agradecida por todo lo que me ha sido dado y por todo lo que agrega valor a mi vida. Reflexionar diariamente sobre lo que añade valor a nuestras vidas nos permite simplificar y dar espacio a las cosas importantes en la vida. Vivir con sencillez me ha hecho más agradecida por cada cosa que traigo a mi vida.

Es por eso que mi declaración de misión es vivir intencional y deliberadamente.

Nuestras intenciones dan forma a nuestras acciones. Vivir sin intención es vivir descuidadamente. Debemos hacer que cada acción sea deliberada para que entendamos cómo nuestras acciones, o la falta de ellas, afectan a otros.

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido» — Henry David Thoreau.

Entonces, ¿cómo me trajo mi viaje aquí?

Mi fe católica siempre ha sido parte de mi identidad. Crecí yendo a la iglesia los domingos, rezando antes de cenar cada noche, y asistiendo a la la escuela católica, primaria y secundaria. Mis padres incluso se conocieron en la iglesia. Por supuesto, cuando era niña, la iglesia no era mi actividad favorita. A veces me resistía a ir, aunque la mayoría de las veces sabía que no valía la pena ni intentarlo. Iba a ir, tanto si me gustaba como si no. La advertencia «sin iglesia, no hay almuerzo» usualmente era suficiente para convencerme. A pesar de la fuerte influencia católica con la que crecí, no sentí realmente que mi viaje espiritual y religioso fuera una elección personal hasta que llegué a DePaul. Ya nadie me obligaba a ir a la iglesia. Así que cuando iba, era mi propia elección. Voy a ser la primera en admitir que no voy tan a menudo como solía antes de la universidad, pero finalmente poder elegir por mí misma fue un momento transformador en mi viaje vicenciano.

Lee el resto de esta excelente y perspicaz reflexión en medium.com (en inglés).

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