Hch 10, 34. 37-43; Sal 117, 1-2.16-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.
Cuando murió mi abuelo, nadie estaba presente. Pero todo lo que siguió probaba con claridad que estaba muerto. Era el mismo de antes, pero no era lo mismo. Cuando resucitó Jesús, nadie estaba presente, pero todo lo que siguió probó con claridad que había resucitado y estaba vivo. ¡Está vivo! Él, entero, no un fantasma o un espíritu. No abandonó su humanidad como si fuera una camisa gastada e inservible. Era el mismo, aunque no era lo mismo. No dio un paso atrás –como Lázaro– sino un infinito paso hacia adelante, a la vida inimaginablemente Vida.
Canta, corazón, alégrate, pues por muchas nubes que haya, nunca podrán apagar al Resucitado. Tienes derecho a la esperanza. “Esa virtud que fluye bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para no ahogarnos en tantas dificultades, para no perder el deseo de encontrar a Dios, de encontrar ese rostro que todos veremos un día” (Papa Francisco).
Canta, corazón, y esparce la más brava noticia de los siglos: el Jesús crucificado, muerto y sepultado, el más humilde, el más puro, el más inocente y amoroso está vivo, los poderosos de este mundo no tuvieron sobre él la última palabra. Dios la tuvo. Canta corazón, “ponte de pie / que la lucha del pobre sigue con él. / Dale tu mano / que a la casa del Padre / con él entramos!”.
Gracias, Jesús, por tu vida, tu muerte y tu resurrección. Has vuelto sin reproches para quienes te habían abandonado. Los acoges, los perdonas y los envías. Y así, sin cansarte, así lo sigues haciendo con nosotros. ¡Gracias!
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, cm
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