Is 52, 13–53,12; Sal 30, 2.6.12-17. Hebr 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1-19.42.
Y tú, Jesús, te nos has muerto; te mataron. Ellos lo hicieron, y nuestros pecados les sostenían las manos. ¿A dónde irán ahora quienes te amaban? ¿A dónde iremos?
¿Qué asidero nos queda en la oscura noche del mundo? ¿Aún podrán florecer los rosales, los sueños o la esperanza?
Nos lo avisaba, muchos siglos antes, el profeta Isaías: “Eran nuestras dolencias las que él llevaba… él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas, con sus heridas hemos sido curados… él se humilló y no abrió la boca, era llevado como un cordero al degüello… por las rebeldías de su pueblo ha sido herido, y se puso su sepultura entre los malvados…”.
Es Viernes Santo de año 2017. Y aquí estamos tú y yo sumidos en el silencio ante este Cristo que se entregó por nosotros. ¿Quiénes somos para ser tan amados? ¿Qué haremos con tanto amor? ¡Cómo envidio al convertido Carlos de Foucould cuando nos dice: “Yo perdí el corazón por Jesús de Nazaret… Y paso mi vida tratando de imitarlo. El que ama quiere identificarse con el ser amado, ése es el secreto de mi vida”.
En los relojes del mundo iban a ser las tres de la tarde. Y tú, Jesús, agonizabas. ¿Dónde han quedado tus palabras, tus milagros, tu vida subastada? ¿No son los poderosos lo que tienen sobre ti la última palabra? Y tantos mártires de ayer y de hoy que te han seguido, ¿también pudo contra ellos la sórdida muerte? ¿Podrán nuestros pecados con tanto amor tuyo?
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, cm
0 comentarios