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Actualizar la compañía de las Hijas de la Caridad (1ª parte)

por | Feb 16, 2017 | Formación, Hijas de la Caridad | 0 comentarios

Superiores Generales

El cristianismo en un mundo en confusión

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial (1945), todo el mundo creía que no había nada que no estuviera al alcance del hombre, ni siquiera la luna, a la que llegó en el verano de 1969. Daba la sensación de que la sociedad había logrado su autonomía sin necesidad de la religión, y los creyentes debían subordinar la fe a las realidades terrenas, pues la religión es algo privado que ya no inspira el orden en la sociedad, y hasta puede ser considerada como un obstáculo para el progreso.

Este alejamiento de la religión llevó al Concilio Vaticano II a proponer modernizar el cristianismo. La secularización, en buen sentido, entró de moda y se comenzó a hablar de inculturación. En el Concilio se juzgó al mundo con optimismo y se esforzó en formular el mensaje de Cristo en un lenguaje propio de la sociedad secular, especialmente en lo referente a la justicia y a la defensa de los derechos humanos, y se formuló el aggiornamento o “puesta al día” de la Iglesia.

En diciembre de 1965 termina el Concilio Vaticano II, en mayo de 1968 explota en Paris la Revuelta de estudiantes, en octubre de 1973 aparece la crisis del petróleo, en setiembre de 1978 es elegido Papa Juan Pablo II. Para ciertas corrientes de la Iglesia, es-tos sucesos señalan el final de la modernidad, caracterizada por la emancipación de la ra-zón ante la fe. El mundo ha dejado atrás la era industrial de la máquina para entrar en una nueva época de cibernética, biogenética, informática… que ha transformado la sociedad.

 Con el Papa san Juan Pablo II la Iglesia dio un giro radical, tratando de cristianizar la modernidad y no de modernizar el cristianismo. Ya no vale el aggiornamento sino la “nueva evangelización”, porque la modernidad ha fracasado y hay que volver a los “fundamentos” de la religión para salvar la sociedad. Pero ¿qué es la nueva evangelización? Porque toda evangelización, para que sea verdadera tiene que ser nueva cada día, de lo contrario queda anquilosada y no vale. Todos los grandes pastores han hecho nueva evangelización; es lo que se llama creatividad.

San Juan Pablo II se inclinó a cristianizar la modernidad y en su apoyo han surgido movimientos religiosos, algunos de ellos considerados integristas. Ciertos grupos, como carismáticos, neocatecumenales, Comunión y Liberación, Lumen Dei y, en cierto modo para algunos, el Opus Dei, han sabido hacerse numerosos adeptos entre jóvenes y capas educadas de la clase media, graduados y técnicos, desempeñando una función de primer orden en la defensa de las orientaciones dadas por san Juan Pablo II, con una capacidad singular para sacar a la luz las anomalías y los contravalores de la sociedad. Se rebelan contra una organización social que, al echar a Dios de la vida, ha sido incapaz de crear valores sociales. Falta el fundamento religioso, falta Dios.

Son movimientos con dos objetivos. Primero, intentan desde abajo establecer comunidades de creyentes que pongan en práctica los preceptos de la fe y testimonien que es posible otra forma de vida. Segundo, intentan presionar al poder político para que cambie la organización social desde arriba. Y no es raro que muchos líderes políticos quieran apoyarse en la religión e integrarla en su sistema ideológico para gobernar.

La preocupación por que lo espiritual influya de alguna forma en la vida, lleva tiempo cuajándose en el mundo civil. Desde aquella frase que lanzó André Malraux “el tercer milenio será espiritual o no habrá milenio”, muchos intelectuales han trabajado por mantener viva la idea. En 1992, J. Delors volvió a explicitar esta inquie­tud: «Si en los diez años que vienen no hemos conseguido dar un alma, una espirituali­dad, un signifi-cado a Europa, habremos perdido la partida». Pero solo en 1997 se reconoció oficialmente -con presupuesto modesto- el programa «dar un alma a Europa, ética y espiritualidad».

Pero ¿cuál de las cuatro religiones monoteístas dará esa alma a Europa? ¿El catolicismo, el protestantismo, el judaísmo o el islamismo? El islam lleva la ventaja de practicarlo una mayoría de sus creyentes en la vida diaria, mientras que la Iglesia católica encuentra una indiferencia sin precedentes ante la fe, sobre todo entre los jóvenes. Y surge una pregunta: si la Iglesia es Pueblo de Dios y las vocaciones sacerdotales y religiosas escasean ¿cómo definir el papel y la importancia de la Compañía de las Hijas de la Caridad en la Iglesia?

La desigualdad económica y social entre personas y naciones

Para responder a esta pregunta, la Compañía debe tener en cuenta los dos grandes problemas que vive el mundo actual: uno es la crisis social causada por la globalización que pretende unificar los mercados en favor de un número pequeño y selectivo de afortunados, mientras la inmensa mayoría de personas padece sufrimiento y olvido. En el mundo actual la superabundancia escandalosa convive con la pobreza absoluta. La sociedad dual es hoy más clara que nunca, pero de otra categoría: por un lado, los que nada tienen, y por otro, el resto; aunque entre estos haya un grupo selecto de unos pocos que tienen todo y crean su mundo aparte.

Debido a esta desigualdad surge “el problema de las migraciones”, la invasión de los pueblos del tercer mundo a la conquista de occidente, donde piensan que está el bienestar, como en otros siglos lo hicieron otros pueblos en busca de tierras fértiles. Hoy día, la mayor parte de los pueblos que invaden occidente son musulmanes. Y existe un enfrentamiento profundo entre la cultura occidental y el islam. Para los musulmanes, occidente ha sido y es aún el dominador que les ha quitado la independencia y el explotador que les arrebata la fuente de la riqueza actual, el petróleo. Y el occidente que les ha subyugado vive una cultura atea sin religión, son infieles materialistas.

La Iglesia aparece ante los países pobres como sospechosa de participar de los intereses económicos y de la cultura explotadora de occi­dente. La Iglesia ha proclamado siempre los derechos humanos y ha defendido a los pobres, pero aparece unida a los pudientes y defensora de la política de los ricos. Así mismo, su voz aún es bastante débil en lo que se refie­re a la cuestión ecológica. En teoría defiende la democracia y la igualdad de hombres y mujeres, pero en su organización interna no se res­peta la democracia ni hay mucho espacio para las mujeres en la jerarquía de la Iglesia.

Ante este panorama muchos católicos vivían desilusionados, pero el Papa Francisco ha engendrado muchas esperanzas, también en la Familia Vicenciana, para intentar actualizar nuestras Instituciones y resolver los desafíos que nos depara este siglo.

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