Luisa de Marillac: atender las necesidades de los emigrantes y refugiados

por | Oct 7, 2016 | Benito Martínez, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Querida Hermana: Ya suponía yo que su bondad natural la estaría haciendo sufrir por el temor que, tanto usted como las demás Hermanas alejadas de aquí, tendrían de que estuviéramos sufriendo mucho. Alabemos a Dios, queridas Hermanas, porque hasta ahora no hemos tenido más que el miedo, pero, por su misericordia, ningún mal.

Es verdad que yo he sido tan cobarde que me he dejado convencer por las Hermanas de venirme a la ciudad, a una habitación que hemos alquilado; pero la mayoría de nuestras Hermanas se han quedado, como también todas las Hermanas y nodrizas de los niños pequeños. Nuestro Muy Honorable Padre, siempre con algún achaque, no se ha movido ni tampoco el señor Portail y los demás de la casa. Tengo mucho dolor por la enfermedad de nuestra querida Sor Felipa, por usted y por ella, y un gran disgusto en no poder enviarle a nadie para que las ayude, porque, además de la dificultad de los caminos, nunca fuimos tan pobres en Hermanas ni tan apremiadas para darlas a varios lugares; lo que no podemos hacer por el reparto de sopa que hacemos en todas partes. En casa hacemos cerca de 2.000 raciones para los pobres refugiados y lo mismo en los demás distritos [a Paris habían llegado unos 100.000 refugiados huyendo de la guerra].

Luisa de Marillac, carta a sor Juliana Loret, del 14 de julio de 1652 (c.415)

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Reflexión:

  1. La situación político social en que se sitúa esta carta es conocida en historia como la guerra de la segunda Fronda, la de los príncipes, apoyados por la municipalidad de París, contra el Rey y Mazarino. Los ejércitos de ambos lados dejaban, tras de ellos, casas arrasadas, cosechas calcinadas, cadáveres y violaciones, muerte y odios. Miles y miles de labradores abandonaban todo y huían a París, cercada por el ejército enemigo. La batalla llegó hasta la casa donde vivían santa Luisa y las Hijas de la Caridad en la Chapelle. San Vicente se lo cuenta a la Señorita de Lamoignon: “El ardor del combate que tuvo lugar a la vista de los pobres niños expósitos y los hombres que vieron muertos a la puerta de su casa asustó tanto a las nodrizas que cada una de ellas salió con un niño y con las demás Hermanas y dejaron a los otros niños acostados y dormidos” (IV, 361). A Luisa de Marillac las Hermanas la obligaron a ir dentro de París. Y ella avergonzada escribió esa carta.
  2. Es la situación que están sufriendo los sirios huyendo de su tierra, de su casa y, tal vez, de su familia. Nosotros lo vemos en televisión o lo leemos en los periódicos, y nos espanta y nos duele, pero como algo lejano; a veces, como un espectáculo en una pantalla. No es nuestro pueblo ni nuestra familia. No soy yo ni es a mí.
  3. Hay desahucios cerca de nosotros, hay emigrantes a nuestro lado que sufren a diario la penuria que haber tenido que abandonar su casa a los que, sin embargo, rompiendo el amor y la solidaridad, podemos catalogarlos como “aprovechados”.

Cuestiones para el diálogo:

  1. ¿Cuál es mi actitud ante la situación de los emigrantes de otras regiones de mi país, o del extranjero? ¿Y si fuera mi familia la que tiene que emigrar?
  2. ¿Cuál es el tono de las conversaciones que tenemos cuando hablamos de los inmigrantes?
  3. ¿Confío en mis fuerzas, en los demás, en Dios, para solucionar tantos males? ¿Qué hago yo para dar una solución?
  4. ¿Denuncio las situaciones injustas, las explotaciones, las corrupciones de los poderosos y partidos, aunque me agrade su ideología?
  5. ¿Crees que la Iglesia católica, la jerarquía, las Congregaciones y los fieles estamos al lado de los expropiados? ¿Conozco y apoyo iniciativas en mi entorno?

Benito Martínez, C.M.

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