1 Cor15, 35-37. 42-49; Sal 55, 10-14; Lc 8, 4-17.
“Salió el sembrador a sembrar su semilla…”.
Salió entonces el sembrador por aldeas y ciudades. Salía a sembrar la buena semilla, la palabra de Dios. Y sale hoy por las provincias de de tu variada geografía. Y la sigue sembrado por las colinas de tu inteligencia, por los valles de tu corazón, por la llanura de tus manos, por los caminos de tus pies, por las orillas de los breves lagos de tus ojos. Y no descuida tu historia, tus heridas, tus actitudes, tus relaciones, tus esperanzas.
¿Qué suerte corre la palabra que él va poniendo en esa tierra única que eres o en esa distinta que soy yo?
¿Cuáles son nuestros caminos apisonados donde la semilla no puede echar raíces? Esas costumbres, rencores, prejuicios que nos cierran a la semilla Y esas parcelas pedregosas y sin hondura que no la deja crecer y sin humedad la sofoca, ¿a qué se deben? Nos es, acaso, más fácil comprobar los zarzales –“los afanes y riquezas y placeres”– que no dominadas ahogan la semilla que quería crecer y alegarnos la vida.
Pero también hay “tierra buena”, esos días en que “con un corazón noble y generoso” escuchamos la palabra, la guardamos y da frutos de perseverancia.
¿No podrán estos días contagiar de ánimo a los otros, a esos en que masticamos niebla, confundidos y desalentados?
El sembrador Jesús está aquí y ahora tan amoroso y persistente por ver si le abrimos los enrejados de nuestras propiedades y le dejamos que nos siembre de su Buena Noticia. Somos amados por él, ¿cómo podríamos seguir cerrándonos? ¡Hoy es el tiempo, ven que te abriremos!
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Honorio López Alfonso, C.M.
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