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7.- Adelantemos el futuro…

No es tiempo de lamentaciones estériles. En el momento actual de la Iglesia, de angustiosa carencia de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, al menos en los países desarrollados y tradicionalmente católicos, cabe pensar que es el Espíritu mismo el que está moviendo los hilos… ¿No hemos dicho muchas veces que Dios es el único que puede escribir derecho en líneas torcidas? ¿Por qué no pensar que es el mismo Espíritu el que va conduciendo a la Iglesia hacia una nueva era, en la que los seglares recuperen su protagonismo bautismal y pasen a ser protagonistas principales en la nueva evangelización? Es una hipótesis que no hay que descartar con escepticismo ni con sonrisas irónicas. En todo caso, nada se pierde con actuar al amparo de ese supuesto…

La iglesia misma, a través de la Jerarquía, ha dado ya algunos pasos que pueden ser el anticipo de un futuro no tan lejano: ha empezado a ordenar diáconos permanentes a hombres casados de probada virtud y preparación teológica. ¿Qué ha hecho hasta ahora la Familia Vicenciana para preparar seglares que puedan ser promovidos a la ordenación como diáconos permanentes? ¿Por qué no pensar en un diaconado vicenciano permanente? Seguir volando con la imaginación es gratis. A ver quién vuela más alto…

Estos signos de los tiempos constituyen una llamada para la entera Familia Vicenciana. Pocas Familias Religiosas tienen el potencial seglar que tiene la Familia Vicenciana en la iglesia actual. Seamos lúcidos y preparemos a nuestros seglares la Iglesia del futuro. Preparemos a nuestros seglares para ser auténticos evangelizadores, protagonistas en nuestros servicios pastorales; creemos escuelas de catequistas y de evangelizadores. Compartamos con ellos nuestras tareas pastorales ordinarias. No podemos abandonar nuestras parroquias y nuestras responsabilidades pastorales primarias a la buena voluntad de sacerdotes y Hermanas cargadas de años hasta la senectud avanzada. Y no va a bastar con el voluntariado ordinario… En algunos casos tendremos que contar con gente suficientemente joven como para animar y dinamizar la vida del pueblo de Dios, a tiempo completo o a tiempo parcial. Y digno es el trabajador honrado de un sueldo honrado. Algunos países menos desarrollados nos llevan la delantera en esto. Bueno sería aprender de sus experiencias positivas y traerlas a las iglesias de Occidente.

 


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